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Eithel
25 November 2011 @ 03:07 am

La misma noche que Thrairr y Tilion abandonaron la Posada del Camino, un ominoso signo apareció en los cielos. Un cometa de dos colas, claramente visible desde todo el continente, aterrorizó a los campesinos y llevó de cabeza a astrónomos y astrólogos durante más de una semana. Finalmente, estos últimos optaron por concluir que se trataba de una señal que anunciaba el advenimiento de tiempos funestos para los pueblos de los Tres Reinos.
 
Exactamente un año después sucedía un hecho insólito, algo no recogido en las crónicas de los elfos, ni en las dilatadas memorias de sus más ancianos: la reina de los elfos grises, soberana de todo Athraennor, dio a luz a gemelos.
 
Los elfos nunca han sido criaturas especialmente prolíficas. Sus vidas son eternas, y todos los procesos que en ellas se desarrollan lo hacen con una lentitud parsimoniosa. En varios cientos de años, una pareja élfica puede engendrar entre uno y tres hijos; un número ridículo si se compara con los diez vástagos que es capaz de tener una familia de humanos en apenas unas décadas. La posibilidad de un parto doble, por así decirlo, ni siquiera había sido contemplada entre los seres de la alta raza.
 
Sin embargo, ahí estaban, tan parecidos el uno al otro que incluso a sus padres les costaba distinguirles. ¡Y príncipes de Athraennor, ni más ni menos! El problema de la sucesión se planteó desde el primer momento. Algún día, uno de aquellos dos varones se convertiría en el rey de la más poderosa y fecunda nación del mundo. ¿Pero cuál? Las leyes élficas no decían nada al respecto. Los nobles concluyeron que, por tradición, debería ser el que había nacido primero quien heredara el trono. Pero, ¿cuál había nacido primero? Los relatos de las parteras se contradecían, y la madre, agotada por el esfuerzo de dar a luz a dos hijos, tampoco pudo aclarar la cuestión. Los gemelos crecieron y maduraron sin que ninguna decisión fuera tomada.
 
El campo estaba abonado, y cada uno de los nobles y poderes de la nación tenía la intención de que la siega le favoreciera. Ambos príncipes crecieron en una red de intrigas e intereses ocultos tejida hábilmente a su alrededor, en que cada parte procuraba hacer heredero a aquel que pudiera beneficiarle más. A la larga, sin embargo, los esfuerzos de unos y otros terminaban compensándose y el precario equilibrio de la situación se mantenía año tras año mientras los jóvenes iban madurando, ajenos a la guerra subrepticia que se desarrollaba en torno a ellos.
 
Pero todo aquello estaba muy lejos de los pensamientos, o incluso de las imaginaciones, del Encantador enano y de su joven aprendiz, aquella noche cuando, acampados al norte de Athraennor, cerca de la frontera con Arthia que suponía Yavedin, alzaron los ojos al cielo y divisaron aquel siniestro cometa. En aquel entonces, no podían ni siquiera comenzar a aventurar qué era lo que presagiaba aquel hecho singular. A pesar de ello, Thrairr observaba el cielo con preocupación, mientras fumaba de una pipa que había sacado de algún lugar de entre sus túnicas. Ajeno al mensaje que pudieran o no querer transmitirle los astros, Tilion no cesaba de acosarle con preguntas sobre su nueva vida.
 
–¿Los magos viajan mucho, maestro? En toda mi vida no me he movido de esa posada. A veces salía a explorar el bosque, pero no era muy lejos lo que podía llegar. ¿Cuándo podré tirar bolas de fuego como esa que conjuró antes? ¿Cómo era que sabía de mí? ¿Se lo contó algún otro mago? Recuerdo algunos que se hospedaron en la posada. Incluso más de uno me hizo algunas preguntas. ¿Cree que notaron algún flujo de energía o como-se-llame? –Un poco desanimado por la falta de respuestas que obtenía del hechicero, levantó sus ojos al cielo, para ver qué era eso que le tenía tan ensimismado–. ¿Sabe leer las estrellas, maestro? ¿Yo también aprenderé? ¿Maestro?
 
Por toda respuesta, Thrairr dejó escapar un gruñido, bajando la mirada hasta el muchacho y acomodándose la pipa en un costado de la boca.
 
–Sí, chico, tú también aprrenderrás –asintió, tras una prolongada pausa–. A parrtirr de ahorra, tu única función serrá aprrenderr todo cuanto puedas.
 
–¿Y cuándo empezaremos? ¿Cuándo aprenderé a lanzar mi primer hechizo?
 
Por primera vez desde que le había conocido, el mago sonrió. Tenía una sonrisa franca, abierta, benevolente y juguetona, que desapareció rápidamente tras su tupida barba.
 
–Eso son dos prreguntas diferrentes –respondió, con un cierto aire enigmático–. ¿Cuál quierres que te rresponda?
 
–Las dos.
 
–Bien, entonces. Empezarremos muy prronto. Perro no aprrenderrás a lanzarr tu prrimerr hechizo hasta dentrro de mucho tiempo. Meses, prrobablemente.
 
Tilion no hizo ningún esfuerzo por esconder una mueca de disgusto. ¿Iban a pasar meses antes de comenzar a hacer magia? ¿Y qué se suponía que haría hasta entonces? ¿Perder el tiempo?
 
–Prrimerro deberrás prreparrarr tu mente: abrrirrla, conocerrla, amueblarrla... –explicó el Encantador, respondiendo a la pregunta del chico sin necesidad de que la formulara–. Sin ese esfuerrzo, cualquierr cosa que intente enseñarrte no valdrrá nada.
 
–¿A...mueblarla? –preguntó Tilion, desconcertado. La imagen que le había venido a la cabeza carecía de toda lógica. ¿Qué tenían que ver los muebles con la mente?
 
–Tendrrás que aprrenderr a pensarr –anunció sencillamente Thrairr.
 
¿Aprender a pensar? ¿Se podía saber qué significaba aquello? ¡Él ya sabía pensar! ¡Claro que sabía pensar! Lo había hecho desde siempre, como todo el mundo. Aquello era tan absurdo como si le hubiera dicho que tenía que aprender a caminar.
 
–¿Sabes lo que es un desierrto? –preguntó el maestro. Tilion asintió. ¡Por supuesto que sabía lo que era un desierto! Que no hubiera salido nunca de Yavedin no significaba que no hubiera oído historias–. Bien. Érrase una vez un pajarrito que sobrrevolaba un desierrto, muerrto de sed. Se había alejado de su oasis y no encontrraba agua que beberr. De rrepente, vio entre las rocas algo que rresplandecía. Erra una botella, y quedaba aún algo de agua en su interrior. El ave intentó introducirr su cabeza porr el cuello de la botella, perro éste erra demasiado estrrecho y no le perrmitía alcanzarr el líquido. Tampoco podía volcarr el rrecipiente, ya que el agua se perrderría en el suelo árrido antes de que pudierra beberrla. ¿Qué harrá el pájarro parra poderr beberr?
 
Los ojos de Tilion brillaron por un instante, mientras ordenaba la información en su cabeza. Abrió la boca casi por acto reflejo, para decir algo, pero volvió a cerrarla de inmediato. No lo sabía.
 
–¿Por qué no puede volcar la botella? –preguntó, enfurruñado–. Le basta con poner el pico enfrente del agujero.
 
–Tiene un pico muy estrrecho –replicó el enano al instante–. El agua pasarría por los lados y se derramarría al suelo. Además, correrría el rriesgo de rromperr el crristal, con lo que se quedarría sin agua.
 
–¡Podría beber del charco!
 
–No, jovencito. En un desierrto, el suelo está muy seco: también tiene sed. Si le echarras un cubo de agua, se la beberría al momento, sin que tuvierras tiempo ni de ver el charrco. No: si el agua toca el suelo, desaparrece en una mancha oscurra.
 
Tilion frunció el ceño. Aquella solución no servía. Debía buscar otra.
 
–Podría usar un tubo fino para aspirar el agua. He visto a Emile hacerlo con las botas de vino.
 
–Podrría, pero los pájarros no pueden succionarr: no tienen carrillos. Y, porr otrro lado, ¿de dónde iba a sacarr el tubo?
 
Tilion no tenía ni la menor idea de qué relación había entre tener o no carrillos y poder o no succionar, pero se limitó a aceptar la palabra del sabio y buscar la solución en otro sentido.
 
–¿No puede romper el cuello de la botella?
 
–No es lo bastante fuerrte.
 
Tilion frunció el ceño. Aquello no le gustaba. El enano estaba descartando, una por una, todas las soluciones que se le ocurrían. Estuvo un rato callado, dándole vueltas, hasta que su expresión se iluminó de repente. ¡Ya lo tenía! Tenía que ser eso.
 
–¿El pájaro sabe hacer magia? –preguntó, con una sonrisa triunfal. Había encontrado la trampa.
 
–No –respondió, tajante, el Encantador, borrando al momento la sonrisa del rostro del chico y devolviéndole a su enfurruñamiento. Estuvo pensando cinco o diez minutos más, hasta que se encogió de hombros y se rindió:
 
–Pues no lo sé. ¿Cómo lo hará?
 
–Esa rrespuesta no me sirrve –sentenció Thrairr, dando una profunda calada a su pipa–. Tu prrimerr trrabajo como aprrendiz serrá encontrrarr la solución a este enigma.
 
Fueron las últimas palabras que intercambiaron aquella noche. Una media hora más tarde, el Encantador sacudió la ceniza de su pipa ya extinta y la guardó cuidadosamente de nuevo entre sus túnicas. Se acostó luego y, no mucho más tarde, ya roncaba sonoramente.
 
Tilion permaneció en vilo toda la noche.
 
Reprendieron la marcha por la mañana, todavía sin mediar palabra. Anduvieron durante varias horas en silencio, sin que Tilion tuviera la menor idea de a dónde iban, ni la menor preocupación por descubrirlo. Finalmente, a la hora de comer, cuando el enano le tendió una hogaza de pan y un trozo de carne seca, anunció:
 
–Creo que lo tengo.
 
–No lo crreas –respondió Thrairr–. ¿Lo tienes o no lo tienes?

–Habéis dicho que la botella estaba entre rocas, ¿verdad? –comenzó. El enano asintió–. Entre estas rocas, ¿también hay piedras más pequeñas?

–Correcto.
 
–El pájaro podría coger piedrecitas con su pico –siguió aventurando, ilusionándose a sí mismo con cada palabra que pronunciaba– lo suficientemente pequeñas como para que pasaran por el cuello de la botella. Podría llenarla así con ellas, haciendo subir el agua hasta que pudiera beberla.
 
–¡Brravo! –aplaudió el mago, dejando escapar una sonora carcajada–. Pasemos al siguiente...

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Eithel

Yaith arremetió contra el Padre Draucandir, blandiendo su espada en un ataque horizontal, dirigido al cuello del sacerdote. Su primer instinto fue intentar paralizarlo de nuevo, pero esta vez el cruzado se hallaba sobre aviso y se había protegido con sus propios poderes clericales. Reaccionando a tiempo, saltó atrás para esquivar el filo del guerrero.

El corte sólo hirió el aire, pero el sacerdote no tuvo tiempo de contraatacar antes de que el arma de Yaith Aenarion volviera a abalanzarse sobre él. Levantó el brazo izquierdo, con la palma vuelta hacia la hoja, y la espada del paladín chocó con una barrera invisible, rebotando hacia atrás en mitad de su trayectoria. Eithan Elannon se tomó un instante para sonreír ante la expresión de desconcierto del cruzado, tras el que respondió con un golpe ascendente, dirigido al hueco que la armadura dejaba bajo el brazo para permitir el movimiento. Con los reflejos de un luchador experto, Yaith giró sobre sí mismo, haciendo que el arma se estrellara sin consecuencias en la convexidad de su placa pectoral.

Sin darle un instante de respiro, el guerrero atacó de nuevo. Esta vez Draucandir bloqueó la espada con la suya propia, para a continuación mover rápidamente la mano izquierda, con la palma abierta, en dirección a su adversario. A pesar de que no llegó a tocarlo, Yaith Aenarion fue empujado unos dos metros atrás. Apenas había terminado de recuperar el equilibrio cuando vio la hoja del sacerdote trazar un arco en dirección a su cabeza. Tuvo el tiempo justo de dar un paso atrás e interponer su arma en la trayectoria del ataque.

El contraataque llegó casi inmediatamente, y esta vez fue el sacerdote quien se vio obligado a protegerse y retroceder. Su oponente incrementaba su velocidad, reflejos y fuerza con cada golpe, y el Padre Draucandir no pudo evitar albergar la “ligera sospecha” de que, a pesar de la instrucción expresa de no intervenir en el duelo, Ilethen estaba utilizando sus poderes sacerdotales para inclinar la balanza a su favor, probablemente sin que el cruzado se percatara de ello.

Aunque él mismo estaba intentando incrementar sus propias capacidades físicas, del poder del Sumo Sacerdote y la habilidad combativa de Aenarion resultaba una combinación temible. Pronto Elannon se encontró no haciendo otra cosa que defenderse, bloqueando lo que parecía literalmente una lluvia de espadas. Tenía que hacer algo por romper esa dinámica de combate, antes de que llegara un golpe que no consiguiera bloquear.

Sin vacilar, se lanzó directamente contra el cruzado, obligándole a dejar de atacar para poder cubrirse. Presionando su arma contra la de él, consiguió mantenerla bajo un relativo control por unos instantes, mientras adelantaba la mano libre y, con suavidad, tocaba su armadura. En apenas un instante, la coraza comenzó a disolverse como si estuviera hecha de sal y alguien hubiera echado agua sobre ella. En varias de sus partes aparecieron orificios, que comenzaron a agrandarse, hasta que no quedaron de ella más que unas pocas piezas de metal descomponiéndose en el suelo.

-¿Pero qué...? -exclamó el caballero, mirando los tristes restos de lo que había sido una impecable y carísima armadura. Montando en cólera, empujó con todo su cuerpo contra el arma del sacerdote, forzándole a retroceder y atacándole inmediatamente y con dureza. Draucandir, mucho más lento, no tuvo tiempo más que para cruzar los brazos frente a su cuerpo y crear una nueva barrera invisible contra el que se estrelló el ataque del cruzado. Llevado por la ira, Yaith continuó atacando, pero cada uno de sus golpes era detenido en mitad del aire por la barrera. Dándose cuenta de la inutilidad de sus ataques, dejó de atacarla con la espada y trató de avanzar contra ella, pero su cuerpo también fue detenido. El Padre Draucandir sacó partido de este momento para estirar el brazo derecho, rompiendo el hechizo y llevando el filo de su espada hasta el costado del cuello del cruzado, quien, al desaparecer de repente la resistencia contra la que forcejeaba, necesitó de todo su equilibrio élfico para no precipitarse hacia adelante y herirse él mismo con el arma del sacerdote.

-Os he vencido, valiente cruzado -afirmó el Padre, con menos seguridad de la que le hubiera gustado mostrar en ese momento. El filo de su arma rozaba la piel de su oponente, pero él apenas podía terminar de creerse que aquella última maniobra hubiera salido bien-. No hagáis que tenga que derramar vuestra sangre.

Yaith Aenarion abrió la mano derecha, dejando que su espada cayera al suelo. Pese a su derrota, volvió a alzar los hombros y la mirada y, con la dignidad esperada de un Caballero de Arthia, dijo:

-Acepto vuestra victoria, Padre, y me rindo ante vos. Sois temible en la lucha y los poderes que los dioses os conceden demuestran que se encuentran de vuestro lado. Os declaro ganador de este juicio divino y ratifico vuestra afirmación acerca de la inocencia de esta muchacha. Si alguno de los presentes quisiera seguir acusándola, debería enfrentarse no sólo a vos, sino también a mí.

El Padre Draucandir asintió con una sonrisa, apartando la hoja del cuello del cruzado y dándole la vuelta en su mano, de forma que la empuñadura apuntara hacia arriba, lista para ser devuelta a su propietario.

-Siento lo de vuestra armadura -dijo-. No es mucho lo que un sacerdote de pueblo puede ofreceros, pero puedo tratar de compensaros de alguna forma...

-Hacerlo sería una ofensa y una humillación, Padre -se negó el cruzado-. No aceptaré una compensación por la armadura que yo mismo decidí arriesgar llevando al combate. Me alegro de que los dioses se contentaran quitándome la armadura en lugar de la vida.

Por toda respuesta, el sacerdote se llevó el puño al pecho e inclinó levemente la cabeza, en señal de respeto. Yaith Aenarion le devolvió el gesto y ambos parecieron considerarlo una despedida, pues a continuación éste se agachó a recoger su arma del suelo, mientras Draucandir retornaba la que le había sido cedida a su legítimo dueño.

-Nos vamos, chicos -dijo el guerrero, incorporándose de nuevo y devolviendo la espada a la vaina de su cintura-. Ya no tenemos nada que hacer aquí.

Apenas habían comenzado el resto de cruzados a obedecer a su líder, una figura femenina, todavía algo infantil, emergió del interior del templo. Como es evidente, Drelliane había hecho caso omiso de la advertencia del sacerdote y había observado toda la escena a escondidas. Corriendo, se lanzó hacia él, abrazándole fuertemente y hundiendo la cabeza en sus vestiduras oscuras. Mientras los cruzados se adelantaban para ir a buscar los caballos y prepararlos para el viaje, el Sumo Sacerdote permaneció mirándolos en un siniestro silencio. Instintivamente, Draucandir levantó los ojos y, receloso, rodeó con sus brazos los hombros de Drelliane, en actitud protectora.

-Me ofendes, Elannon -pronunció Su Eminencia con una clara nota de odio en la voz-. Pensar que podía intentar hacerle algo a la chica después de que ganaras su inocencia en el juicio divino... ¿Qué clase de persona crees que soy? -Eithan Elannon no respondió, pero tampoco relajó un solo músculo de su cuerpo-. Una maniobra muy hábil -admitió Sendaril-, pero no te habría valido para nada si hubieras luchado conmigo en lugar de con ese sobrino real descerebrado e inexperto. Está bien: tú ganas esta vez. Nosotros nos iremos de este pueblo, Padre Como-te-llames-ahora, pero a ti más te vale no poder nunca un pie fuera de él. Porque, si volvemos a vernos, juro por el Monarca Divino que yo mismo me enfrentaré a ti. Y, una vez te haya derrotado, llevaré lo que quede de ti al Rey, para que haga contigo lo que más le plazca. ¿Me has entendido?

-Perfectamente, Eminencia -respondió, tan tenso como la cuerda de un arco.

-Me alegro -respondió el Sumo Sacerdote, haciendo ademán de seguir al resto del grupo-. Ah, y no te preocupes por tu pequeño secreto -se detuvo para decirle-. Mientras no te muevas de este culo de mundo, por lo que a mí respecta sigues desaparecido, muerto, o como sea que prefieras estar. Sólo cuídate de no volver a interponerte en mis asuntos una vez más, porque te aseguro que será la última.

Eithan asintió con la cabeza, pero Ilethen Sendaril no llegó a verlo, puesto que ya se había dado la vuelta y comenzado a andar para reunirse con sus hombres. En ningún momento miró atrás.

 

 
 
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Eithel
02 February 2010 @ 02:15 am

-¡Eithan!

La voz a sus espaldas hizo que el joven clérigo se detuviera como si le hubiera alcanzado un rayo. Era a la vez la que más y la que menos deseaba oír en el mundo. Era la voz de la Reina Lillian.

Eithan cerró los ojos y respiró profundamente. No se veía con fuerzas de darse la vuelta. Permaneció inmóvil, sintiendo más que oyendo la Reina acercarse a lo largo del pasillo porticado que constituía el perímetro de uno de los muchos claustros que se abrían al cielo dentro de los muros del Palacio Real de Lyand.

Pesadamente, con lentitud, se volvió hacia ella. Allí estaba, en toda su dolorosa hermosura, mirándole con unos ojos que podrían haber pertenecido a una diosa. La fina corona que la distinguía como Reina de Arthia realzaba todavía más su belleza y luminosidad. Eithan sintió algo parecido a una madeja de alambre de espino revolviéndose en el interior de su pecho.

"¿Por qué me miras?", pensó, con amargo rencor, "¿Por qué me hablas, aún?"

-No creo que sea apropiado que me llaméis por el nombre de pila, Alteza -respondió, en un tono que parecía salido de los mismos confines de la Ciudad de Hielo. La Reina se esforzó por no mostrar ninguna reacción ante su frialdad, pero él fue capaz de reconocer su turbación por un leve temblor en los párpados-. Sería mejor si me llamarais "Padre Elannon" o, aún mejor, solamente "Padre".

-Eithan... -repitió ella, ignorándole por completo. El tono afligido con el que pronunció su nombre le causó el mismo efecto que si el alambre de espino se hubiera enroscado alrededor de su corazón como una serpiente constrictora-. ¿Por cuánto tiempo más pensáis seguir evitándome?

Las mandíbulas del sacerdote se presionaron fuertemente una contra la otra. Le habría gustado negar aquello, pero no podía hacerlo sin mentirle. Se limitó a bajar la mirada y responder, con voz vacía y neutra:

-Sois mi Reina, señora. No hay forma de que pueda evitaros si me ordenáis lo contrario.

Lillian no respondió pero, cuando alzó la vista, pudo verla negando casi imperceptiblemente con la cabeza. Sus ojos brillaban, dolidos.

-No quiero ordenároslo... -murmuró, como si le costara un gran esfuerzo que la voz abandonara su garganta. Al Padre Elannon cada vez se le hacía más difícil mantener aquella mirada. Incapaz de encontrar respuesta a las palabras de la Reina, optó por desviar la conversación:

-Pronto nos iremos, miseñora, de regreso al norte -dijo-. Os agradezco profundamente, también en nombre de mi padre y de mi hermano Elran, que nos hayáis ofrecido vuestra hospitalidad en el Palacio, y os felicito una vez más por vuestra coronación. Que los dioses guarden vuestro reinado, y el de vuestro esposo.

Aquellas dos últimas palabras fueron las más difíciles de pronunciar. Habían pasado ya casi dos meses desde que Lillian había desposado al insigne Dagor Aenarion, pero aún le costaba creerlo. Aquello no parecía propio de la mujer que creía conocer, de la mujer de la que se había enamorado. Por si eso fuera poco, la violenta muerte del Rey Lindir no hacía otra cosa que oscurecer el escenario. ¿Qué había llevado a Lillian a casarse tan de repente con aquel hombre a quien había rechazado incontables veces a lo largo de tantos años? No podía entenderlo, por más que lo intentara. El pensamiento de que la mujer a quien amaba era ahora la fiel esposa del hombre que (casi sin lugar a dudas) había asesinado a su padre era algo demasiado duro y ominoso para encajar en su cerebro. ¿Tan poco había llegado a conocerla a lo largo de todos aquellos años? ¿Tanto se había equivocado con ella? ¡Hasta había llegado a creer que ella pudiera corresponderle! No podía creerlo, sencillamente. A veces incluso llegaba a preguntarse si Lillian no sería también partícipe de la muerte del Rey. ¿Cómo quería que no la evitara? Apenas si podía mirarla a los ojos y resistir el impulso de asirla por los hombros y gritarle "¿Por qué?".

La Reina Lillian no pareció hallar las fuerzas para darle las gracias, con lo que un silencio incómodo descendió entre uno y otra. Notando la tensión del ambiente, Cassandra apareció de la nada entre las piernas de la Reina, sin que ninguno de los dos la hubiera visto venir. Al agacharse Eithan para saludarla, la gata lo rehuyó, yendo a esconderse tras la Reina. Era la primera vez que le hacía algo parecido. El rechazo de la gata le dolió casi tanto como el silencio de su dueña. ¿Dónde había ido aquel tiempo en que los tres constituían un pequeño mundo en el que todo parecía estar bien? Aquellos días se habían convertido en poco más que un recuerdo doloroso. Eithan sabía que nunca volverían...

-¿Recordáis el día de vuestra investidura, Eithan? -comentó la Reina con tristeza, al parecer pensando lo mismo que él. Aquello terminó de desarmarle. Con un aire majestuoso y ausente, Lillian salió del eje del pasillo, dirigiéndose a los arcos que lo delimitaban por uno de sus lados y sentándose en el alféizar de uno de ellos. Cassandra saltó inmediatamente a su falda.

-Lo recordaré siempre, Alteza.

***

El día de la investidura de Eithan lo había sido también de otros siete sacerdotes. De ellos, el hermano pequeño de los Elannon era el único que servía a la diosa Danna. Entre los demás había un novicio del poderoso Zhel-eh’red; dos aprendices de la diosa Kyareth, a quien también se conocía como la Bondadosa; uno de la alegre Lenneth, Patrona de las Artes; una sacerdotisa de Fÿr, Dios del Conocimiento; uno de Zhar-zhaghar el Artesano y, finalmente, un discípulo del siempre inquietante Dios de la Mentira, Alothar. Pese a sus diferentes confesiones, su investidura iba a realizarse en una ceremonia común, en el grandísimo templo de Zhel-eh’red de Lyand, pues no en vano era el Rey de los Dioses.

Los ocho aspirantes formaban una solemne fila, de espaldas a la concurrencia, constituida por familiares, amigos y algunos de los que habían sido sus instructores a lo largo de los numerosos años de aprendizaje que dejaban atrás aquel mismo día. Frente a ellos, y de cara al público, se alzaban los doce miembros del Tribunal, integrado por el máximo representante de la fe de cada dios, y presidido por el Sumo Sacerdote de Zhel-eh-red, Su Eminencia Ilethen Sendaril, el segundo hombre más poderoso de Arthia, después del Rey.

Había una figura singular entre el público. Había entrado discretamente, sin la acostumbrada ceremoniosidad oficial, pero todo el mundo la había visto, acompañando al General Elannon y a su primogénito Elran. Se trataba de la princesa Lillian. Qué hacía o qué dejaba de hacer la única hija del Rey Lindir acompañando a los Elannon en aquella celebración no tardó en convertirse en abundante fuente de rumores entre el noble, distinguido y cotilla público asistente.

La ceremonia fue breve y formal. Ilethen Sendaril en persona, con la aprobación del Tribunal, escuchó los votos de cada uno de los novicios, distintos según lo que cada dios demandaba de ellos, y les hizo entrega de sus respectivas túnicas: negra y gris para los sacerdotes de guerra de Danna, roja para los ministros divinos de Zhel-eh’red, de color blanco inmaculado para los sanadores de Kyareth, verde vistoso para los trovadores de Lenneth, violeta para los discípulos de Fÿr y absolutamente negra, con capucha y el rostro cubierto para el caso de los oscuros siervos de Alothar.

Terminado el acto, los invitados abandonaron el templo, del que fueron emergiendo uno por uno los recién ordenados, habiendo abandonado al fin los sencillos hábitos de novicio por sus nuevas vestiduras sacerdotales. A nadie le pasó desapercibido que, al salir Eithan Elannon, la princesa Lillian en persona fue la primera en ir a felicitarle. Si alguno de los dos se hubiera planteado siquiera mirar hacia atrás, habría podido ver el severo rostro del Sumo Sacerdote observándolos con dureza. Elran, bastante menos atolondrado, sonrió para sí al darse cuenta de ello: Ilethen Sendaril había sido mentor y, posteriormente, amigo íntimo de Dagor Aenarion, cuyo infatigable interés por la princesa era bien sabido por todo el reino. El joven caballero sintió no poder disfrutar también de la cara del Paladín Supremo al enterarse de la simpatía que Lillian profesaba hacia su inocente hermano.

Aquella noche hubo una fiesta. "He conseguido convencer a mi padre", había explicado la princesa, "Dice que no podría negarle nada al hijo de Elannon". Ciertamente, la amistad entre el Rey Lindir y el General Elannon se remontaba mucho más atrás de lo que Eithan o ni siquiera la princesa Lillian podían imaginar. Ambos habían sido compañeros de juegos en el patio de aquel mismo palacio de Lyand en los viejos días de la Paz Élfica, hacía más de ochocientos años. Habían sobrevivido juntos a la Secesión Nigromántica y a la fragmentación del vecino Athraennor, a interminables conflictos con el reino de Kemdor y al gradual aumento del poder religioso en Arthia. A Eithan le gustaba escuchar a su padre contar historias de aquellos ancianos años: todo cuanto tenía relación con el Rey Lindir lo tenía también con su hija Lillian, y no había nada en el mundo que pudiera interesarle más.

Hubo, decíamos, una fiesta. Y fue una celebración digna del palacio del Rey de los Elfos y de sus ilustres huéspedes. Excelentes viandas fueron puestas en la mesa, regadas con el impecable vino de los mejores viñedos de Arthia. Una banda de músicos tocaba en el espacio reservado para ellos. Eithan terminó por ceder a la insistencia de Elran y reunió fuerzas para pedirle un baile a la princesa Lillian. Tras aquel baile, llegó un segundo, y luego un tercero. Siguieron bailando incluso después de que Lindir, más animado y juguetón que de costumbre a causa del vino que le enrojecía las mejillas, le guiñara el ojo al General Elannon y, asiéndolo por el brazo, le dijera: "¿Por qué no nos retiramos y dejamos que los jóvenes se diviertan?".

Estuvieron bailando toda la noche, mientras la sala se iba vaciando. Cuando los músicos depusieron sus instrumentos y pidieron permiso para retirarse, Lillian cogió de la mano al joven sacerdote y lo llevó con ella a los espectaculares jardines del palacio. La belleza de la princesa de Arthia en aquel entorno a la luz de las estrellas habría conmovido a una estatua de mármol. Pasearon largo rato, hablando de trivialidades, mientras Eithan buscaba unas palabras que se resistían a aparecer. Finalmente, se sentaron sin soltarse las manos en aquella misma fuente en la que, años atrás, él la observaba por encima del hombro de su hermano mientras éste trataba de enseñarle a combatir con la espada.

 -Alteza... -comenzó a decir el sacerdote, con apenas un hilo de voz, que los ojos de ella terminaron de ahogar.

-Eithan -dijo ella-. Nadie va a interrumpirnos, esta noche. ¿No podrías, sencillamente, llamarme "Lillian"?

Los ojos del joven elfo se abrieron de par en par por un instante. No había nada que deseara más y, al mismo tiempo, no había nada que le diera más miedo.

-¿A vos, Alteza? -preguntó, turbado-. No podría...

-Comprendo -aceptó ella, con una nota triste en la voz. Eithan sintió como el corazón se encogía sólo de pensar que él podía ser la causa de aquella tristeza.

-Lo siento... Lillian -repuso. El rostro de la princesa se iluminó de repente, como si hubiera amanecido en él. Sus labios se movieron, articulando una palabra que no llegó a oírse: "gracias". Eithan actuó sin pensar, adelantando el rostro y rozando apenas por un instante los labios de Lillian con los suyos. Cuando se separaron, fue incapaz de leer qué era lo que había en el rostro de ella. Parecía feliz por un lado y, por el otro, profundamente preocupada. Lanzó una mirada inquieta a la luna que el sacerdote no supo interpretar. Era casi redonda: faltaban sólo un par de noches para que se levantara llena. Lillian sintió como cada músculo de su cuerpo se contraía y su piel se erizaba.

-Eithan -comenzó a decir, trabajosamente-. Yo... -Se interrumpió. Nunca antes la había visto tan turbada-. Yo no soy la persona que crees que soy. -Los ojos se le llenaron de lágrimas. Volviéndose hacia el lado contrario, soltó la mano del sacerdote-. Lo siento -dijo, antes de incorporarse. Eithan se levantó a su vez, tratando de retenerla y confortarla, pero ella rechazó sus brazos y se marchó a toda prisa, sin volver a mirarle.

El mundo de repente se convirtió en un lugar solitario y extrañamente silencioso. Aquella noche, dos corazones acababan de romperse.

***

-No sois la persona que creo que sois... -repitió amargamente el Padre Elannon. La Reina asintió con lentitud.

-Eso no significa nada -añadió, con una voz tan impregnada de resentimiento que llegó a sentir su agrio sabor en cada rincón de la boca.

Aquella vez fue el sacerdote quien se marchó. Sus pasos se perdieron en el pasillo y el mundo quedó, una vez más, solitario y silencioso.

Nadie dijo que los corazones sólo puedan romperse una vez.

 
 
 
Current Location: El Palacio Real de Lyand
Current Mood: Alérgico
Current Music: Mayra Andrade - Comme s'il en pleuvait
 
 
Eithel
28 January 2010 @ 12:38 am

Dos enérgicos golpes en la puerta turbaron la monotonía de las noches en el pequeño y tranquilo templo que atendía el Padre Draucandir. Tanto él como su hija adoptiva alzaron la cabeza de sus respectivos libros, mirándose extrañados. Dos golpes se oyeron de nuevo, ahora más rápidos y ansiosos.

-¡Abrid! -gritó una voz autoritaria, desde el exterior-. ¡Abrid a los Enviados de los Dioses!

El rostro del Padre se volvió grave. Sólo la Orden de Cruzados era tan arrogante como para llamarse a sí mismos "enviados de los dioses". Un sacerdote corriente habría dicho "siervos".

-Quédate aquí -le ordenó a Drelliane, en un tono nada usual, completamente desprovisto de la habitual dulzura y cuidado con que la trataba. Acto seguido, se levantó, se acomodó la túnica, arrugada por tanto tiempo en posición sentada, y se dirigió hacia la puerta. Dos golpes más y un nuevo grito de "¡Abrid!" se oyeron antes de que llegara hasta ella y descorriera el cerrojo.

Lo que encontró al abrir la puerta le cortó el aliento.

Seis figuras con armaduras, cada una de ellas con una espada al cinto y cuatro de ellas sosteniendo antorchas. Y, en medio de las seis, vistiendo la túnica roja de los siervos de Zhel-eh’red, Su Eminencia Ilethen Sendaril, Sumo Sacerdote de Arthia, líder espiritual de la nación y principal instigador de la Caza de Brujas. Tenía también una impresionante reputación personal como Cazador. Lejos de ser un hombre de despacho, dedicaba todo el tiempo que no era requerido en las ceremonias oficiales de la capital a recorrer el país en busca de hechiceros. Su presencia allí, acompañado de hombres armados, no era un buen augurio.

-¿Qué asuntos llevan a Su Eminencia tan lejos de Lyand? -le preguntó Draucandir, pese a conocer ya la respuesta, al hombre que había oficiado el funeral de su padre, rompiendo al fin un silencio incómodo y prolongado.

-Hemos sido informados, sacerdote -respondió Ilethen, solemne-, de que alojas una jovencita en este lugar sagrado. Sobre ella pesa una acusación de practicar las artes prohibidas. ¿Estabas al corriente de ello?

Aquel "sacerdote" con que se refirió a él desconcertó profundamente a Eithan. Un elfo nunca olvida una cara, y Su Eminencia y él se habían encontrado más de una vez en el pasado. El hecho de que pretendiera no conocerle sólo podía significar que su deserción era un asunto que le traía sin cuidado. El clérigo le daba igual: Ilethen sólo quería la bruja.

-No, Eminencia -respondió, recomponiéndose rápidamente de la sorpresa-. No estaba al corriente de ninguna acusación.

-No me sorprende -ironizó Ilethen, con frialdad-. Bien. Te ordeno que te hagas a un lado y nos permitas entrar y prenderla.

-Me temo que no puedo permitir eso, Eminencia -fue la respuesta del Padre-. Dejar entrar a estos hombres armados y con intenciones hostiles en el templo sería una gran ofensa a los dioses, y particularmente a Danna.

El Sumo Sacerdote le devolvió una mirada acerada entre unos párpados peligrosamente entrecerrados. Se estaba interponiendo en su camino, y aquello no solía terminar bien para los que lo intentaban.

-Bien -replicó, en un tono tan duro que Eithan casi podía sentir un cuchillo bajo su garganta-. Entonces ve a por ella y tráenosla.

-Tampoco eso será posible, Eminencia -negó, respetuosamente pero con firmeza-. Como sacerdote a cargo de este templo, no puedo tolerar ningún acto de violencia en él, ni contra los que él se alojan. Habiéndose acogido la chica a sagrado, se hizo huésped de la hospitalidad de Danna, y se encuentra por tanto bajo su divina protección.

El rostro de Ilethen era temible y amenazador como las nubes de tormenta. Cansado de aquel juego, finalmente estalló en el primer relámpago.

-Entrad y apresadles -ordenó a los hombres que le rodeaban-. A los dos.

Seis espadas perfectamente disciplinadas abandonaron sus vainas al unísono, al comenzar a moverse los seis cruzados en dirección al sacerdote y a la puerta. Inmediatamente, el Padre Draucandir levantó una mano hacia ellos y gritó "¡Alto!". Seis hombres, sus armaduras y armas quedaron inmediatamente detenidos en mitad del movimiento. Un observador poco atento podría haberse maravillado de la autoridad del sacerdote, pero un examen cuidadoso de las posturas y expresiones de los soldados habría revelado la auténtica verdad: que sus miembros habían dejado de obedecerles.

-Admirable... -comentó Ilethen Sendaril, con voz falsamente edulcorada. Su mirada recorrió lánguidamente los seis hombres paralizados, sin ningún rastro de prisa o inquietud-. Sin duda, mereces la túnica que vistes. Ahora bien, ¿realmente crees que el poder de la Protectora puede valerte de algo contra la suprema voluntad del Rey de los Dioses? -preguntó, alzando despreocupadamente la mano derecha, devolviendo la movilidad a los cruzados. Antes de que tuvieran tiempo de recuperar del todo la compostura y seguir avanzando hacia él, el sacerdote recurrió a su último recurso:

-Como padre y tutor legal de la niña, frente a todos estos testigos, afirmo su inocencia e invoco en su nombre el derecho a ser juzgada por los dioses, en combate -dijo, sacándose uno de los guantes oscuros que formaban parte de su indumentaria de servidor de Danna y arrojándolo a los pies del Sumo Sacerdote-. Yo seré su campeón en dicho juicio.

La expresión de Ilethen Sendaril se tornó temible. Sus manos descendieron hasta los costados de su cintura, donde el Padre Draucandir notó por primera vez los pomos gemelos de dos espadas que llevaba colgando de ella. No cabía duda de que su fama como Cazador de Brujas era más que merecida. Había demostrado ya la superioridad de su poder al anular con insultante facilidad el efecto de la parálisis. ¿Tendría realmente alguna posibilidad contra él en el cuerpo a cuerpo?

-Sea así, pues -aceptó Su Eminencia, en un tono que recordaba más a un latigazo que a una voz élfica normal-. Tendrás tu juicio divino.

Sus manos se habían cerrado ya sobre los pomos de las espadas cuando el hombre situado a su derecha le asió por el codo. Era un cruzado fornido -para los estándares élficos- que vestía una armadura imponente, ricamente adornada, con el escudo de familia de los Aenarion claramente visible en el tabardo.

-Reservad vuestras fuerzas para los brujos, Eminencia -le dijo, respetuosamente, pero consciente de su autoridad como familiar del Rey de Arthia-. Yo me enfrentaré a él. Es sólo un sacerdote.

Ilethen le lanzó una mirada como si estuviera a punto de cercenarle la cabeza él mismo por su arrogancia, pero finalmente desistió. Sus brazos se relajaron y dio un paso atrás, permitiéndole recoger el guante y encararse al Padre Draucandir.

-No es sólo un sacerdote... -murmuró entre dientes, pero el cruzado no le oyó, o no quiso oírle.

-Mi nombre es Yaith Aenarion -anunció, sosteniendo el guante del sacerdote frente a él, para que éste lo viera-, y acepto tu desafío. ¿Cuáles son tus condiciones?

-Vos elegís el arma -respondió el Padre-: yo no poseo ninguna. Si vencéis, probaréis la culpabilidad de la muchacha y podréis arrestarme a mí también por complicidad. Si, por el contrario, venzo yo, habré demostrado su inocencia y retiraréis toda acusación que pese sobre ella.

-Me parece justo -aceptó Yaith, con un asentimiento de cabeza.

-Necesito también la conformidad de Su Eminencia -añadió el Padre, mirando significativamente en dirección al Sumo Sacerdote.

-Sí, sí, estoy conforme -dijo Ilethen de mala gana-. ¿Vais a empezar de una vez?

-En ese caso, elijo la espada -anunció Yaith Aenarion-. Aelin, préstale la tuya al sacerdote -ordenó a uno de los hombres que sostenían antorchas. Girándola, el cruzado se acercó a Draucandir para ofrecérsela por el pomo. Éste la cogió, la examinó y la sopesó. Había pasado más de cuarenta años sin blandir un arma, desde que había desertado de la guerra contra Kemdor. Dio un par de cortes en el aire, permitiendo que sus músculos recordaran la sensación del peso en su mano-. El resto, dejadnos espacio -siguió ordenando el cruzado, con la seguridad de quien está acostumbrado a dar instrucciones y ser obedecido-. Sois testigos de un juicio divino: nadie debe intervenir, sea el que sea el resultado.

Ilethen y el resto de cruzados tomaron una cierta distancia respecto a los dos combatientes. Yaith y Draucandir se situaron frente a frente, con las armas a punto.

-Esos movimientos no parecían los de un párroco de pueblo -comentó Yaith, con una sonrisa confiada-. No sabía que Danna enseñara a luchar a sus sirvientes...

-¿Cómo? -preguntó el Padre Draucandir, genuinamente sorprendido-. ¿No has oído hablar de los sacerdotes de guerra de Danna?

Yaith Aenarion negó con la cabeza. Ilethen Sendaril negó a su vez, pero, mientras el primero lo hizo sonriendo, en la expresión de éste se podía adivinar una frustración que casi rozaba la desesperación.

-No hay muchos sacerdotes de Danna en la Orden de Cruzados -se limitó a comentar el paladín, despreocupado-. Tendrás que demostrarme qué es lo que sabéis hacer... ¡En guardia!

  
 
 
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Eithel
13 January 2010 @ 07:26 am

Thrairr el enano permaneció sentado, ignorante de las atenciones y la preocupación de los dos ancianos, respirando pesadamente con la mirada fija en el joven Tilion. Tanto sus ojos como su expresión desquiciada parecían más los de un loco que los de un respetado hechicero. Murmuraba alguna cosa, en lengua enana, que los dos ancianos no eran capaces de entender: "No es posible... Este chico... No, no puede ser..."

Mientras tanto, Tilion parecía haber dado al mago por imposible. Se encogió de hombros y se volvió de espaldas, dispuesto a marcharse a hacer algo más productivo.

-¡Alto ahí! -ordenó Thrairr, levantándose, y sin darse cuenta de que a causa de la excitación estaba hablando de nuevo en lengua enana. Tilion le dedicó una mirada y, no comprendiendo sus palabras, ignoró la orden.

-¡¡Quieto!! -gritó el enano, todavía en su idioma, al tiempo que una bola de fuego emergía de la palma de su mano, en dirección al joven. Gillian dejó escapar un grito de angustia y cayó en brazos de su marido. Tilion apenas tuvo tiempo de volver a girarse antes de que la bola le alcanzara...

Y no sucedió nada.

No hubo deflagración, ni llamas, ni ningún efecto visible. Tal y como había surgido de la mano de Thrairr, la bola se estrelló contra el pecho de Tilion y desapareció por completo, como si se hubiera fundido con el chico. El enano palideció visiblemente.

-Erra verrdad entonces -dijo, por fin en lengua común, debatiéndose entre lo que parecía el imperioso deseo de aproximarse para estudiarlo y un cierto miedo de estar cerca de él-. Perro... perro no es posible...

Tilion le miraba como si fuera un perro verde haciendo malabares sobre un monociclo. Por su parte, Gillian parecía haber recuperado ya la compostura y, junto con Emile, se acercaron al enano para exigirle una explicación que consideraban más que necesaria.

-Cierrto, cierrto -convino Thrairr, recuperando poco a poco la calma y el color-. Deberria pedirrles disculpas porr mi comporrtamiento. Me dejé llevarr porr el calorr del momento. -Repentinamente, terminó de recobrar toda la compostura perdida y, muy seriamente, fijó sus ojos alternativamente en Emile y Gillian y dijo, con voz grave-: Señorres, su hijo es un serr extrremadamente excepcional; tanto que, hasta hace unos momentos, no crreía que pudierra existirr.

Los pobres ancianos apenas alcanzaban a comprender lo que sucedía. Para la vida apacible y sencilla que siempre habían llevado, en los últimos minutos habían tenido demasiadas emociones. ¿Y ahora qué debían hacer? ¿Cómo se suponía que debían reaccionar ante aquel enano extraño al que acababan de ver atacar a su hijo y que ahora les decía que no podía existir?

-Es un niño sano y saludable -dijo Emile, con una cierta brusquedad-. ¿Qué es lo que le hace tan especial?

-Su hijo, señorres, es una imposibilidad teórica: contrradice todas las teorrías mágicas conocidas. -Ninguno de sus tres interlocutores parecía tener la menor idea de qué quería decir, por lo que dejó escapar un largo suspiro y optó por comenzar por el principio: -La magia, señorres míos, es enerrgía. Los magos obtenemos y almacenamos esta enerrgía de distintas forrmas, según la escuela a la que pertenezcamos. La mayorría de nosotrros la obtenemos de nuestrros prropios cuerrpos, o de objetos crreados parra tal prropósito. Algunas escuelas drruídrricas incluso canalizan la enerrgía latente en la naturraleza. Sin embarrgo, su hijo es completamente diferrente: como un pozo sin fondo, absorrbe en todo momento enerrgía de sus alrrededores, tanto de las crriaturras vivas como del calorr ambiente. Incluso ha absorrbido la enerrgía del conjurro que le he lanzado. Esto, según todos nuestrros conocimientos, deberría serr imposible.

Emile y Gillian escucharon la lección respetuosamente, abrazados, apoyándose el uno en el otro. A pesar de la admiración que les inspiraba la túnica del Encantador, así como la sabiduría que se adivinaba en sus palabras, no podían evitar sentirse recelosos del hombre que acababa de atacar a su hijo, aunque éste hubiera salido ileso de ello.

-¿Está diciendo que Tilion es una especie de... bicho raro? -preguntó él al fin, no muy seguro de a dónde quería llegar el enano.

-Estoy diciendo que su hijo es un serr único y, prrobablemente, irrepetible. No sabemos cómo, ni porr qué, las leyes de la magia y la terrmodinámica no se aplican a él, perro sí puedo decirrles, casi con toda cerrteza, que, si recibierra entrrenamiento mágico, si me perrmitierran enseñarrle, podrría llegarr a convertirrse en el hechicerro más grrande de todos los tiempos.

Aquella frase, más que ninguna otra, atrajo la atención del chico. ¿El hechicero más grande de todos los tiempos? ¡Por fin algo que comprendía y que podía interesarle! También causó un notable efecto en la pareja de ancianos, desconcertándolos aún más que nunca. Perdidos en un mar de dudas, se buscaron el uno al otro.

-Emile... -susurró ella-. Deberíamos dejar que el chico hiciera lo que quisiera.

Él asintió con la cabeza, mirando alternativamente al mago y a Tilion, a quien le había faltado tiempo para ir a situarse a su lado.

-Supongo que eso implicaría que Tilion se fuera con usted... -inquirió. El enano asintió con la cabeza-. Bien, Tilion. La decisión es tuya. ¿Quieres irte con este señor o quieres quedarte con nosotros?

¿Que si quería irse? ¿Que si quería convertirse en el mayor mago de la historia? ¡Por supuesto! ¿Quién no? La vida de posadero podía satisfacer a los dos ancianos, pero era mortalmente aburrida para un chico de su edad. Y si la alternativa era ser un poderoso hechicero no había discusión posible. La decisión estaba tomada desde antes de recibir el consentimiento de sus padres.

-Me iré -se limitó a decir, con total seguridad, sin un ápice de miedo, ni de duda.

Emile y Gillian sintieron como se les rompía el corazón. A pesar de sus problemas de salud, causados, en gran parte, por su presencia, Tilion había sido para ellos toda alegría y toda razón de vivir a lo largo de la última década. Habían deseado un hijo todas sus vidas y, tras llegar una vez habían perdido toda esperanza, ahora se iba demasiado pronto. Emile se dejó caer sobre sus rodillas, lo abrazó con todas sus fuerzas y le deseó la mejor suerte que los dioses pudieran querer para él. Gillian, por su parte, estalló en lágrimas y fue incapaz de decirle nada coherente mientras se despedía de él con abundantes besos y abrazos interminables. Thrairr se limitó a guardar una distancia respetuosa. No habló hasta que el joven no se hubo separado de sus padres y llegado hasta él.

-Prrometo cuidarr de su hijo -dijo, poniendo una de sus manos sobre el hombro de Tilion. A continuación, pronunció algo en aquella lengua que parecía salida de las mismas entrañas de la tierra-. Significa "es mi palabrra, sagrrada para mi rraza" -explicó-. Es el más prrofundo jurramento que puede prronunciarr un enano. Pueden estarr segurros de que morrirría antes de perrmitirr que sufrrierra algún daño.

Emile y Gillian asintieron con la cabeza, buscando de nuevo uno el soporte del otro. Gillian aún seguía secándose un torrente de lágrimas que parecía no tener fin. Emile la estrechó con todo el cariño de una vida a su lado. Aún estaban abrazados cuando vieron las siluetas del joven y el enano perderse tras las curvas del Camino del Bosque. Y seguían estándolo cuando les encontraron, al día siguiente, muertos en su cama. Su último suspiro de vida se había apagado aquella misma noche.

 
 
 
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Eithel
28 September 2009 @ 11:18 pm

Ráfagas de aire gélido, lacerante como si estuviera formado por cientos de diminutas cuchillas de pura escarcha, azotaban literalmente la cara de Drelliane, dificultándole el avance. La gruesa capa de nieve que cubría el suelo, virtualmente virgen -puesto que ni siquiera los animales más adaptados al frío se aventuraban con mucha asiduidad tan cerca de la Ciudad de Hielo-, contribuía a incrementar lo penoso de la marcha. Inclinada hacia adelante, para ofrecer menor superficie al viento, mantenía los párpados semicerrados y, bajo sus pieles, sus labios no cesaban de moverse, en una silenciosa y constante salmodia cuyo objetivo era fortalecer los hechizos que le permitían seguir avanzando sin hundirse en la capa de nieve; por no hablar de los que, sencillamente, la mantenían con vida y a salvo de la congelación en aquellas condiciones imposibles.

No se había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que había podido relajarse durante su estancia en la Ciudad de Hielo. Cierto era que había tenido que cuidarse de mantener en todo momento activas unas pocas precauciones, que renovaba varias veces al día, pero en ningún momento había necesitado la concentración y la disciplina que aquella meteorología extrema requería de ella en esos mismos instantes. Resultaba curioso que, siendo precisamente el Príncipe el origen de todo aquel helor, fuera en sus proximidades, entre los muros de la Ciudad, donde más tolerable fuera la existencia. No pudo evitar sonreírse por un instante al pensar que, si bien era cierto que él era el foco de donde emanaba todo aquello a lo que debía su nombre el País del Frío Eterno, también lo era de una cierta calidez, desconocida para todo el mundo excepto para ella y las silenciosas figuras de cristal, cuyo alcance se limitaba al interior de los muros de la Ciudad; una calidez sobre la que ahora no le cabía ya la menor duda.

La sonrisa en sus labios se torció y desapareció. El recuerdo de esa calidez, en particular la que habían compartido la noche anterior, contribuía a lastrar su avance tanto o incluso más que el viento y la nieve. Cuando, hacía lo que parecía una eternidad, había iniciado ese viaje, nunca habría podido imaginarse que fuera a costarle tanto emprender el regreso. Siempre había sido una chica de espíritu libre, sin demasiado apego por ningún lugar o persona. Sin embargo, aquella vez sentía que un poco de ella misma se quedaba atrás, para siempre atrapada en la Ciudad de Hielo, junto al Príncipe Blanco. ¿Qué había ocurrido? ¿Tan profundamente la había marcado el tiempo que habían pasado juntos? Sacudió la cabeza con energía, casi con rabia, y redobló el paso. ¡No! No iba a caer en aquella estúpida trampa de su mente. Había sido una etapa preciosa, pero era el momento de darla por terminada. El silencio y la inmutabilidad de la Ciudad de Hielo podían ser un hogar perfecto para un ser solitario de vida eterna, pero una humana activa como ella no tardaría en ahogarse atrapada entre aquellos muros, con un ejército de sirvientes mudos y el Príncipe por toda compañía, con dejar pasar las horas por toda ocupación. No, aquel escenario no era posible... Y, tarde o temprano, tanto el Príncipe como aquella absurda parte de sí misma que todavía deseaba volver atrás terminarían comprendiéndolo.

Las piernas le dolían y comenzaba a costarle respirar, pero, lejos de bajar el ritmo, aún lo aumentó. Se mordió con fuerza el labio inferior. No podía permitirse llorar. Al menos no hasta que no estuviera a salvo de los elementos.


***

Por primera vez en milenios enteros, una puerta al exterior se abría en los muros de la Ciudad de Hielo. De pie en el umbral, el Príncipe Blanco dirigía la vista hacia el sur.

Se había ido. Hacía tiempo -¿horas? ¿tal vez días?- que sus ojos transparentes horadaban el horizonte, todavía fijos en el punto por donde había desaparecido. Sabía que tenía que pasar algún día, pero ese pensamiento no lo hacía más llevadero. Drelliane, su única compañía en seis mil años, había permanecido junto a él apenas un suspiro... Aunque, por otro lado, también era cierto que a él le habría seguido pareciendo un suspiro aún si ella se hubiera quedado junto a él hasta los últimos días de vejez de su corta vida humana. Frente a una eternidad en solitario, ¿qué diferencia hacían unos meses o unas décadas? Ambos períodos de tiempo palidecían hasta desaparecer si se los comparaba con las varias veintenas de siglos que había vivido allí, señor de un reino silencioso, sin nadie con quien conversar.

No tenía sentido seguir escrutando el exterior. Ella no iba a volver: lo sabía. Sus pasos la llevaban apresuradamente fuera del Reino, hacia latitudes menos gélidas. Dejando caer sus párpados pesadamente, el Príncipe selló aquella puerta de vida efímera. Tales eran sus habilidades que, cuando hubo terminado, la superficie del muro volvía a refulgir, impecable y perfecta, tanto por el interior como por el exterior, como si nunca se hubiera abierto una entrada en aquel lugar.


***

Tres poderosos golpes en la pesada madera de la puerta, que transmitían una cierta ansiedad, turbaron el silencio de la noche en el pequeño templo. Pocos instantes después, otros tres golpes si cabe todavía más fuertes, y todavía más ansiosos, les siguieron.

Tras lo que le pareció una eternidad, Drelliane oyó al fin el ruido de los cerrojos al descorrerse y vio abrirse levemente la puerta. Una cabeza conocida, ni un día más vieja que la última vez que la había visto, apareció en la apertura.

-¡Drelliane! -exclamó el Padre Draucandir, con una mezcla de sorpresa y alarma-. ¿Qué haces aquí? -preguntó, abriendo la puerta de par en par y gesticulándole para que entrara rápido-. No deberías haber venido... ¿Tienes idea del riesgo que corres? ¿No recuerdas lo que pasó la última vez?

La bruja cruzó el umbral con casi tanta prisa como la que parecía tener el sacerdote, quien no se demoró ni un suspiro antes de cerrar la puerta detrás de ella y volver a pasar los cerrojos.

-No corro ningún riesgo -explicó ella-. No había vigilancia, y nadie del pueblo me ha visto llegar. Sólo tú y yo sabemos que vuelvo a estar aquí. Y así seguirá siendo. -El Padre Draucandir movía negativamente la cabeza, en resignada desaprobación-. No habría venido si no necesitara tu ayuda -añadió Drelliane, en un tono tan serio que le hizo cesar en su negativa.

-¿Qué ocurre? -preguntó el elfo, sin esforzarse por esconder su sorpresa. "Necesitar" y "ayuda" no parecían palabras propias de la boca de la chica que había visto crecer.

-Necesito un lugar donde quedarme un tiempo, a salvo... -respondió ella-. Estoy embarazada.

 
 
 
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Eithel

Cuatro velas iluminaban la habitación, repartidas estratégicamente de modo que ningún objeto se interpusiera entre ellas y las páginas de los libros que estaban destinadas a alumbrar. Sobre uno de ellos se inclinaba, sentado frente a un recio escritorio, el Padre Draucandir, pasando páginas hacia adelante y hacia atrás, como si buscara una línea en concreto que no fuera capaz de ubicar con exactitud. El segundo estaba en manos de una preadolescente de rasgos delicados. Leía sentada en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes de la estancia y el canto inferior del libro apoyado en el regazo. Sus ojos almendrados parecían devorar cada palabra con un interés ferviente.

-De modo que Eithel no te cae bien... -murmuró el sacerdote, sin levantar la mirada de una página que no llegaba realmente a leer, sino a lo largo de la cual se limitaba a dejar pasar la vista, esperando encontrar algún indicio de aquello que buscaba.

La joven humana sí apartó los ojos de la página, exhalando un suspiro que denotaba su escaso entusiasmo por retomar aquella conversación.

-Es igual de estúpido que el resto de niños del pueblo: todos jugando con sus espadas de madera y creyéndose grandes héroes... La única diferencia es que él tiene una espada de verdad. Además, ¿no se supone que es mayor que yo? Parece bastante más pequeño...

El Padre Draucandir no pudo evitar una sonrisa ante el tono de sincera indignación de la chiquilla.

-Nosotros, los elfos, nos desarrollamos más lentamente -explicó-. Cuando tú ya seas una mujer hecha y derecha, él apenas será mayor de lo que es ahora.

-¿Y eso no os desespera? -preguntó ella, cerrando el libro, pero tomando la precaución de dejar el dedo índice de la mano derecha a modo de punto de lectura- .Yo me muero de ganas de terminar de crecer y de que todo el mundo deje de decirme "eres demasiado pequeña para esto" o "tú no puedes entenderlo, sólo eres una niña".

La sonrisa del clérigo se ensanchó visiblemente. No podía evitar enorgullecerse, por pequeña que fuera su responsabilidad en ello, del férreo carácter de la joven, pero a veces le preocupaba que aquel mismo carácter pudiera acarrearle dificultades. Su escasa disposición por encajar no sólo con los chicos sino también con el resto de chicas del pueblo era una buena muestra de ello.

-La impaciencia es una característica bastante mal vista entre los elfos -respondió el Padre-. Se considera impropia de seres que tienen la eternidad por delante, de modo que preferimos dejarla para las razas de vida más fugaz.

-Como yo.

-Sí, como tú, Drelliane -concedió el sacerdote, un tanto incómodo. No había conocido a un solo humano que no envidiara a los elfos por sus vidas virtualmente eternas, ni a un solo elfo que no hubiera celado alguna vez la intensidad con que los seres de vidas más cortas vivían el escaso tiempo que se les había dado. Al final, como siempre, nadie estaba contento con lo que tenía, lo que no dejaba de ser un motivo más que avivaba los conflictos que habían existido desde siempre entre las dos razas. Sin embargo, ella zanjó el asunto encogiéndose simplemente de hombros y sentenciando:

-Entonces eso me da derecho a ser todo lo impaciente que me venga en gana. ¡Quiero ser mayor!

-¿Y qué piensas hacer cuando seas mayor? -preguntó él, divertido por la aplastante lógica de la afirmación.

-¡Quiero estudiar magia! Y arqueología, como mis padres.

La expresión de él se volvió grave. Su frente se arrugó, denotando preocupación.

-Sobre eso... recuerdas lo que hablamos, ¿verdad?

-Sí, lo sé. Sólo los elfos están autorizados a practicar magia en Arthia, e incluso ellos son vistos con reticencia. Vivimos en un país que sólo sabe alzar los ojos al cielo y esperar a que los dioses le solucionen todos los problemas. Pero estudiar magia no significa practicarla. Y nadie tiene por qué saberlo.

El Padre Draucandir sacudió la cabeza, pesadamente. Aunque no estuviera de acuerdo con su forma de decirlo, reconocía que Drelliane tenía una parte importante de razón. No era muy propio de un sacerdote pensar aquello, pero Arthia se había vuelto un país demasiado dependiente de la religión. Todos los magos que no provenían de las ancianas escuelas de Athraennor hacía mucho tiempo que habían tenido que reconvertirse en clérigos de Fÿr, dios del conocimiento y, aunque algunos prefirieran olvidarlo, también de la magia, bajo la amenaza de ser calificados también como brujos, a pesar de su ascendencia élfica.

-No me gustaría tener que verte contándole eso a un Cazador de Brujas -respondió, con un cierto aire de resignación-. El conocimiento que buscas es peligroso, al menos en esta nación.

-¿Entonces por qué sigues prestándome libros como este? -preguntó, alzando la mano derecha, aún con el dedo entre las páginas-. "Principios Estructurales de la Magia, por Caledaith Terellon. Impreso en Vector en el año 5916 de la Segunda Era" -dijo, leyendo en voz alta las letras de la portada-. ¡Vaya! Nunca me había fijado en la fecha. ¡De eso hace una eternidad!

-Unos 150 años -apuntó el sacerdote, evitando deliberadamente la pregunta de la chica. ¿Por qué seguía prestándole libros que la ponían en peligro? Buena pregunta... Tal vez debería decirle que se olvidara de sus sueños, que aspirara sólo a encontrar un buen marido entre los chicos del pueblo, uno que tuviera un buen oficio, como carpintero o constructor, a darle muchos hijos y a envejecer apaciblemente a su lado hasta que sus cortas vidas humanas llegaran al fin de sus días. Tal vez aquello fuera bueno para ella... pero no había forma en el mundo de que pudiera hacerle eso a aquellos ojos que lo miraban ardientes de ilusión y de sueños. Aquellos ojos no estaban hechos para una vida segura e insulsa-. Es uno de los libros que me compró mi padre cuando estudiaba para ser sacerdote. La próxima vez que Elran y Eithel vengan a verme, les pediré si pueden traerme alguno más.

-¿De tu casa?

Los labios del Padre se apretaron tan fuertemente uno contra otro que su boca se volvió apenas una línea. Tenía que pensar bien sus palabras si no quería traicionar el engaño que llevaba más de una vida humana manteniendo.

-Elran y yo nos criamos en el mismo castillo. Nos conocemos cada uno de sus rincones a la perfección. No le costará nada encontrar mis libros.

-¿Vivíais en un castillo? -Los ojos de Drelliane se abrieron como platos, contemplando a su padre adoptivo como no lo habían hecho antes- ¿Con dragones y princesas, como los de los cuentos?.

-Mucha gente vive en castillos: nobles, siervos, chambelanes, artesanos, hombres de armas... En muy pocos castillos hay princesas. Y no conozco de ninguno en el que haya un dragón.

-No es justo -protestó ella-. Tú te criaste en un castillo y yo en un pueblo aburrido. ¿Por qué no me llevas a verlo alguna vez? Así podríamos llevarnos tus libros nosotros mismos.

Eithan Elannon sacudió la cabeza.

-No puedo volver a ese lugar. Lo prometí.

-¿Por qué? ¿Te peleaste con alguien?

-Podría decirse que sí... -respondió, en el tono de quien no quiere seguir hablando del tema. Danna no veía la mentira con buenos ojos y, si bien las respuestas que le estaba dando a Drelliane no eran exactamente mentira, tampoco eran exactamente verdad. Decidido a dar el tema por zanjado, reanudó su infructuosa búsqueda a través de las páginas del libro.

 
 
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Eithel
10 March 2009 @ 05:29 pm

Aquel día el Príncipe no abandonó sus estancias en ningún momento, que Drelliane viera. Ni tampoco el siguiente. Trató de encontrar la entrada a ellas, sin éxito. No era que no supiera dónde estaba: conocía ya, a esas alturas, lo suficiente la Ciudad de Hielo como para ser capaz de llegar un punto cualquiera a otro, vacilando únicamente para decidir cuál de las rutas alternativas prefería tomar aquel día. No pudo encontrarla, sencillamente, porque ya no estaba allí. En el mismo punto en el que días antes habría pasado a través de una estilizada puerta terminada en óvalo, ahora no había más que una pared lisa y perfectamente pulida, que se alzaba frente a ella, burlona, como si siempre hubiera  sido así. Drelliane no le veía la gracia.

Dedicó el día a pasear por la Ciudad, contemplando la elegancia con que sus vítreos habitantes se movían alrededor. Puntualmente, le sirvieron la comida y le arreglaron la habitación, sin que la ausencia de su maestro pareciera alterarles lo más mínimo. Todos parecían saber qué papel desempeñar en aquella danza sin fin que se extendía por toda la Ciudad, siempre activos, pero nunca atareados, ni preocupados, ni atribulados. Aquel lujo, igual que el de aburrirse, era algo que les estaba vetado. Nunca conocerían el hambre, ni el sueño, ni el dolor, ni la necesidad de tener cerca a otro de su misma clase. En cambio, el Príncipe sí que tenía la facultad de aburrirse... y algo le decía que debía de haberlo estado mucho para haber tenido tiempo de esculpirlos con todos aquellos detalles y diferencias entre unos y otros.

Al tercer día, el Príncipe volvió a aparecer. Contrariamente a lo que Drelliane esperaba, parecía encontrarse de un sorprendente buen humor. La bruja, que había resuelto no mencionar el incidente, terminó cediendo a la curiosidad.

-Estuve... trabajando -reconoció él, con una cierta timidez.

Drelliane ya había reparado hacía un tiempo en que el anteriormente siempre presente bloque de hielo que el Príncipe esculpía mientras hablaban había desaparecido desde una de sus primeras conversaciones. A decir verdad, se había esfumado justo después de que ella le interpelara acerca de lo que estaba haciendo y él rehuyera la cuestión. ¿Había el Príncipe trasladado su lugar de trabajo a sus estancias, buscando intimidad?

-¿Puedo preguntar en qué?

-Yo... ehm... lo cierto es que me avergüenza un poco reconocerlo... Pero supongo que no hay nada que hacerle, ahora que ya está terminada. Ven...

El Príncipe se alzó majestuosamente, indicándole que le siguiera. Drelliane así lo hizo, a pesar de que la incapacidad de su interlocutor para darle una respuesta clara le provocaba una ligera irritación.

-¿No vas a decirme qué es? -le preguntó, de camino.

-Prefiero que lo veas tú misma -respondió el Príncipe Blanco-. ¿Recuerdas, hace tiempo, que me preguntaste en qué estaba trabajando y te respondí que ya lo verías cuando estuviera terminando? -Drelliane asintió-. Pues bien, se trataba de esto. Me ha llevado más tiempo de lo normal, pero creo que no se me ha escapado nada.

Finalmente llegaron donde -ahora sí- estaba la puerta de acceso a las estancias del Príncipe. La abrió con suavidad, apenas tocándola con las puntas de los dedos, y la sujetó para que la bruja pasara. Así lo hizo Drelliane, mirando a lado y lado, preguntándose dónde estaría lo que se suponía que tenía que ver, y si lo reconocería sin que el Príncipe se lo mostrara.

Lo reconoció en el preciso instante de verlo. Se detuvo en seco, quedando plantada en mitad de la sala, tan quieta como la exacta reproducción de ella misma que le devolvía la mirada. Sus pulmones parecían, de repente, haberse quedado demasiado pequeños para proporcionarle todo el aire que necesitaba. Permaneció con los ojos fijos en la réplica de su propia cara que tenía enfrente, tan idéntica como la imagen de un espejo, excepto por que era en tres dimensiones, de hielo transparente y no tenía intercambiadas la derecha y la izquierda. Más bien era como un retrato... o, más exactamente, una escultura, a tamaño natural y elaborada por el más diestro de los artesanos.

-¿Por... Por qué? -preguntó, cuando recobró el aliento, todavía sin apartar los ojos de la figura de hielo y sin saber muy bien cómo debía sentirse al respecto.

-Eres la primera visita que he tenido en todo este tiempo -explicó el Príncipe-. Quería hacer algo que me ayudara a recordarte cuando... -tragó saliva- cuando te fueras -dijo, como si le costara trabajo pronunciar aquellas palabras-. También me hubiera gustado hacer algo para ti, pero me temo que se derretiría tan pronto como regresaras al sur.

Por primera vez desde que había entrado en la estancia, Drelliane apartó los ojos de la que, extrañamente, era su propia cara, para dirigirlos a la del Príncipe. Brillaban de una manera que aún los hacía más parecidos a los de la reproducción que tenía detrás.

-Has estado terriblemente solo, ¿verdad? Y volverás a estarlo otra vez, cuando me vaya...

Los blancos párpados del Príncipe cayeron pesadamente, ocultando sus ojos de cristal precioso.

-Te agradezco el tiempo que has pasado conmigo -pronunció, en un tono terriblemente neutro-. Sin ti, nunca hubiera sabido lo que es la compañía, ni tener una conversación. -Dejó caer la cabeza a un lado y abrió los ojos de nuevo, pero no volvió a mirar a Drelliane-. Te agradezco todo lo que me has dado, pero comprendo que no puedo retenerte aquí. Este no es lugar para ninguna criatura viva. Aquí sólo hay muerte y hielo. Puedes irte cuando quieras, pero... te echaré... de menos.

Un escalofrío recorrió la espalda de la humana. ¿Eran sus imaginaciones o el frío a su alrededor se había hecho más crudo, más salvaje, a pesar de todos los hechizos protectores? Dio un paso hacia él, alargando la mano para obligarle a volver la cara hacia la suya.

-Lo siento -le dijo, con ojos húmedos. Su mano reposaba todavía en la nívea mejilla del príncipe-. Si no hubiera venido hasta aquí, ahora no tendrías que echarme de menos. -Se mordió el labio inferior-. No se puede añorar aquello que uno no conoce.

-Prefiero pasar los siguientes mil años doliéndome de tu ausencia -respondió él, levantando la mano hasta la de ella, acariciándole el dorso con suavidad- que seguir existiendo eternamente sin saber lo que es vivir.

-¿Por qué tienes que ser así? -le recriminó Drelliane con voz ahogada-. Te odio... -fue lo último que dijo, casi en un susurro, antes de unir dulcemente sus labios a los de él.

 
 
 
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Eithel
16 January 2009 @ 10:28 pm

[Este capítulo pretende ser un pequeño homenaje a senseis y senpais, y en definitiva a todo aquel que ha estado dispuesto a perder un poco de su tiempo para enseñarme algo de kendo. どうもありがとうございました!!]

La escasa luz que se filtraba hasta la superficie del bosque podría haber hecho pensar que se trataba de las primeras horas del amanecer o de las últimas del ocaso, pero lo cierto es que era pleno mediodía. Los gigantescos árboles del corazón de Edhellion, con su espeso follaje, apenas dejaban pasar algún que otro rayo de luz osado. Sin embargo, aquella tenue penumbra era más que suficiente para los ojos de los elfos.

Allí, centenares de metros por debajo de los suntuosos edificios de la milenaria ciudad de Sylvania, la tranquilidad del bosque se hallaba turbada por dos figuras que blandían espadas de madera.

-Las armas de los humanos funcionan de forma parecida a las hachas de los enanos o los orcos, basando su efectividad en su gran masa -explicaba la mayor de las dos, admirando la fina talla que tenía entre sus manos. A pesar de ser sólo un arma destinada a los entrenamientos, había sido manufacturada por los más finos ebanistas de Sylvania y reproducía hasta el más pequeño detalle la propia espada que le colgaba del cinto-. Requieren una fuerza notable para ser levantadas y luego son dejadas caer sobre el adversario. Los daños producidos se deben más a la fuerza del impacto que a lo afilado de la hoja. Solemos referirnos con sorna a ese estilo de lucha como "dar garrotazos".

Una risilla escapó de los labios del menor. La imagen de un orgulloso guerrero humano vestido con una pesada armadura y blandiendo una porra como las que llevaban los ogros y los gigantes de las historias era poco menos que ridícula.

-Sin embargo, no debe ser tomado a la ligera, pues, aunque distinta a la nuestra, sigue siendo una forma de combatir. Y de matar. -El pequeño recuperó el rostro impasible esperado de uno de su raza-. Las espadas de los elfos, en cambio -continuó el mayor, con un gesto de aprobación-, son ligeras y afiladas, confiando en la velocidad y en la precisión del corte. En consecuencia, requieren una mayor técnica para resultar efectivas, pero son devastadoras en manos de un luchador entrenado. No puedes esperar vencer a un humano, ni mucho menos a un orco, en pura fuerza física, pero sí puedes hacerlo en velocidad y habilidad. Eso sí, para ello deberás formarte como guerrero y como persona. Y no será un camino fácil. Ni corto.

El pequeño Eithel asintió con resolución. Su padre le dedicó una sonrisa.

-En primer lugar, ¿ves qué llevo? -Golpeó con los nudillos del guantelete el pectoral de su coraza, produciendo un límpido sonido metálico que resonó por las profundidades del bosque-. Las armaduras de otras razas son pesadas e incómodas, por lo que sólo las visten cuando existe perspectiva de combate. Un caballero elfo, en cambio, lleva su armadura siempre que sale de casa, como símbolo de su rango y de su disposición a cumplir su deber en cualquier momento. Afortunadamente, nuestros artesanos saben cómo construirlas para que tal costumbre no se convierta en un suplicio. Cuando seas mayor, ten por seguro que llevarás una. Pero debes merecerla.

Eithel asintió de nuevo, decidido a cumplir con aquellas expectativas.

-Bien. Así me gusta -aprobó Elran-. Veamos cómo se te da esto de esgrimir la espada. ¡En guardia! -ordenó, señalándole con la punta de su arma.

Lleno de energía, el joven Eithel aferró la espada por delante de su cuerpo y plantó firmemente los pies en el suelo, tal y como el propio Elran le había enseñado momentos atrás. El padre sacudió la cabeza negativamente.

-¿A eso lo llamas una guardia? -preguntó, con un cierto descrédito-. ¡Relájate!

-¿Cómo voy a relajarme si se supone que mi vida está en juego? -inquirió el menor, incrédulo.

-Precisamente por eso debes relajarte -respondió Elran, con firmeza-. La tensión conlleva lentitud, entumecimiento. ¿Cómo quieres reaccionar si tienes todos los músculos agarrotados?

Aquello pareció convencer al más joven, quien movió ostensiblemente los hombros y la espalda en un intento por estirar todos aquellos músculos que tenía inconscientemente contraídos.

-Un poco mejor -aceptó el padre, basculando la cabeza a un lado y otro-. Ahora separa un poco más los pies, si no quieres perder el equilibrio en mitad del combate. -Instintivamente, Eithel bajó la vista para comprobar que, en efecto, los tenía excesivamente juntos-. ¡¡No los mires!! -exclamó Elran, dejando caer la punta de su espada de madera sobre el cráneo expuesto de su hijo, quien alzó la vista al instante, llevándose la mano al lugar del golpe con un silencioso gesto de dolor-. No quiero que apartes la vista de tu adversario por nada del mundo. Incluso desenvainarás y volverás a envainar con los ojos puestos en él, aunque ya le hayas vencido.

Eithel, todavía frotándose la cabeza, miró a su padre y maestro a través de una minúscula ranura entre los párpados. Era más que evidente que aquello de los pies lo había hecho a propósito: le había tendido una trampa y él había caído de lleno. No iba a permitir que tal cosa sucediera de nuevo.

Elran, por su parte, sonreía con descarada satisfacción. Podía oír los pensamientos de su hijo casi palabra por palabra, pues habían sido los suyos propios varias décadas atrás, cuando el que entonces era su mentor -un joven Capitán al servicio de su padre- le había hecho caer en la misma treta. La amabilidad y el cuidado que había puestos en ese golpe eran algo que no había sabido apreciar en aquel momento.

-Bien, ¿ya te has vuelto a poner en guardia? -reanudó, dejando los recuerdos para más tarde. El pequeño asintió, clavándole una mirada que parecía querer traspasarlo. Excelente. Eso era justamente lo que quería conseguir-. Perfecto: atácame.

Eithel permaneció inmóvil como una estatua, con el rostro transformado en el epítome del desconcierto. ¿Que le atacara? Y... ehm... ¿¿cómo??

-¡Tú atácame! -ordenó su padre, extendiendo los brazos a ambos lados de su cuerpo.

Los dedos del joven se cerraron con fuerza sobre el mango de su arma. Cogió aire y movió un pie adelante. Antes de que tuviera tiempo de mover el segundo, la voz de su padre lo volvió a dejar clavado en el sitio.

-¡Para! -exhortó, con la autoridad de aquel que estaba acostumbrado a mover unidades sobre el campo de batalla-. ¿Quieres hacer el favor de relajar los brazos? No se trata de estrangular la espada. -Gentilmente, pero con firmeza le puso una mano sobre el pecho y le empujó hacia atrás hasta que el pie avanzado regresó a su posición original-. Venga, inténtalo de nuevo.

Obedeciendo, Eithel inspiró profundamente, dejando salir el aire mientras se cercioraba de que sus músculos estuvieran destensados. Nunca habría imaginado que no hacer fuerza pudiera costar tanto. Avanzó de nuevo un pie y después el otro, mientras descargaba la espada de madera con todas sus fuerzas. Elran giró sobre el pie derecho, sin ningún esfuerzo, para hacerse a un lado y la punta del arma rebotó en el suelo del bosque con un "bong" bastante ridículo.

-No ha estado mal, como garrotazo -valoró el padre-. Pero lamento decirte que estarías muerto -Eithel sintió como la punta de madera del arma de Elran le pinchaba, burlona, un par de veces por debajo de las costillas-. Todavía nos falta mucho antes de convertir eso en un corte que puedas hacer con una espada. -Retiró el arma del costado de su hijo, quien volvió a ponerse en guardia con presteza, a pesar de lo mustio de su expresión-. Para empezar, así es como pelearía un granjero. [¡Qué apropiado! ¡Tú como una vaca. Perdón, no he podido resistirme XD] ¡No puedes perder el control de la espada! ¿Por qué crees que has dado con ella en el suelo?

-Porque no la controlaba -admitió Eithel entre dientes, bajando la mirada hacia el lugar que había golpeado.

Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, una ráfaga de aire frío acarició su frente. Levantó los ojos para ver la espada de su padre detenida tan cerca de la misma que incluso sentía la presión que ejercía la curva de madera pulida y roma que pretendía ser el filo sobre sus cabellos.

-Exactamente -respondió el padre, retirando el arma-. Para empezar, no tienes que partir al enemigo por la mitad. Con mucho menos también lo matas. ¿Qué crees que habría pasado antes si la espada no hubiera sido de madera?

-¿Que se habría clavado en el suelo?

-Correcto. Dime, ¿qué hace un guerrero en una batalla con la espada clavada en el suelo?

-¿Morir?

-Bien. Veo que la teoría te la sabes. Entonces, ¿por qué dejas que tu arma te controle a ti cuando está claro que debería ser al revés?

Eithel no encontró respuesta a esa última pregunta. Desvió los ojos una vez más, pero recordando lo que había ocurrido la ocasión anterior los levantó justo a tiempo para ver como una espada de madera se movía hacia su costado. Instintivamente, interpuso la suya propia para bloquear el ataque.

-Muy bien -le felicitó Elran, moviendo aprobatoriamente la cabeza-. No está mal, para ser la primera vez que coges una espada.

-Sí, ya... -desdeñó el otro, receloso.

-Claro que sí. No esperarás hacerlo todo bien desde el principio, digo yo... El camino es largo.

-¿Cómo de largo?

-Muy largo.

 
 
 
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Eithel
04 January 2009 @ 08:54 am

-¡Papá!

Una voz de niño perturbó el silencio del anciano bosque. De entre los árboles apareció la figura de un pequeño elfo, de no más de doce años, con el cabello oscuro, que cruzó corriendo el claro, bañado por la penumbra, para arrojarse en brazos de un hombre enfundado en una armadura, quien tuvo que soltar las riendas del caballo que caminaba a su lado para abrazar al niño. Centenares de metros por encima de ambos, asentada sobre las copas de los milenarios y gigantescos árboles del corazón de Edhellion, se alzaba la ciudad arborícola de Sylvania, completamente inaccesible excepto para aquellos que conocían los secretos de los elfos del bosque, o poseían la capacidad de volar.

-¡Eithel! -exclamó el hombre, con una sonrisa-. ¡Has vuelto a crecer!

-Has estado fuera mucho tiempo... -dijo el niño, hundiendo la cara en el pecho de su padre.

-Sí... Es verdad -admitió Elran Elannon, sin saber muy bien si la respuesta de su hijo había sido una explicación, una queja o un poco de las dos cosas. Se agachó un poco para permitir que los pies de Eithel llegaran al suelo. El abrazo se aflojó, permitiéndoles separarse lo suficiente como para mirarse a los ojos-. Pero no tendré que volver a irme. Al menos no en una buena temporada.

El rostro del pequeño se iluminó.

-Oí decir a mamá que la guerra ha terminado. ¿Has ganado?

-No, no he ganado. En las guerras nadie gana... ya lo entenderás con el tiempo. Hemos firmado una tregua.

Eithel frunció el ceño. ¿No había siempre un ganador y un perdedor? ¿No se hacían las guerras precisamente para ganarlas? Era difícil conciliar esas ideas con las palabras de su padre.

-¿Tregua? Eso significa que vas a poder quedarte en casa, ¿verdad?

-La mayor parte del tiempo, sí -respondió Elran-. Todavía tengo obligaciones en Arthia. Con tu abuelo muerto y tu tío desaparecido, alguien tiene que ocuparse de los asuntos de la familia hasta que seas mayor de edad.

-¿Me enseñarás a luchar con la espada? -preguntó Eithel, a quien al parecer los asuntos de la familia no importaban mucho-. Mamá siempre dice que debería aprender a tirar con el arco y convertirme en un Guardabosques, pero yo quiero ser caballero y llevar armadura y espada como tú. No me gustan los arcos...

-A mí tampoco me gustan los arcos -rió el padre, acariciándole el cabello con un orgullo mal disimulado-, ni los Guardabosques -...ni tu madre, añadió mentalmente-. No te preocupes: seguro que serás un gran caballero.

-¿Sí? -preguntó el pequeño.

-Sin duda.

-¿Otra vez metiéndole a tu hijo ideas en la cabeza? -pronunció una voz de mujer. Seren, bella y orgullosa, apareció por el mismo lugar por el que lo había hecho Eithel, andando a una velocidad considerablemente inferior, y mostrando bastante menos entusiasmo ante el regreso del padre de la familia-. No hay mayor honor para un silvano que convertirse en uno de los renombrados Guardabosques de Edhellion.

-Hola, querida -ironizó Elran, incorporándose de nuevo-. Yo también me alegro de volver a verte.

Los ojos de Seren se entrecerraron como los de un felino a punto de saltar sobre su presa. Sus labios se fruncieron en un gesto de disgusto, pero no respondió a la pulla de su marido.

-Ser Caballero de la Corte de Arthia es también un honor -prosiguió él-. Eithel es tan arthiano como silvano: le corresponde el derecho a elegir.

-Eithel todavía no tiene edad para saber lo que le conviene -replicó ella.

-Querida, llevamos demasiados años casados como para no saber, a estas alturas, que con "lo que le conviene" lo que realmente quieres decir es "lo que yo quiero que haga"

Seren le dedicó una mirada que podría haber atravesado una plancha de acero. Alzándose con dignidad, dio la vuelta, dándoles la espalda a ambos y volviendo sobre sus pasos.

-Bienvenido a casa, marido mío. Ya conoces el camino -se despidió, en un tono invernal, antes de desaparecer de nuevo entre el follaje. Eithel permaneció silencioso y cabizbajo, como lo había estado durante toda la conversación. Elran, de un sorprendente buen humor, se acercó a su montura, le acarició el morro y procedió a quitarle la silla y los arreos.

¿Bienvenido a casa? Durante muchos años se había reído de aquella expresión. ¿Qué clase de masoquista podría sentirse en casa con un matrimonio gélido como el que él tenía y rodeado de silvanos altivos que le miraban arrugando la nariz como si fuera un perro callejero que se hubiera metido en sus casas?

-Más tarde vendré a por ti -le dijo al caballo, terminando de quitarle la cabezada y acariciándole el cuello con cierto compañerismo-. Ahora vuelve con los tuyos. -Y, mirando al pequeño Eithel con una cálida sonrisa, añadió, en un susurro, como si se tratara de un secreto entre el caballo y él: -Por fin hemos vuelto a casa.

 
 
 
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Eithel
24 December 2008 @ 02:53 am

-No sabe cuánto le agradezco que haya venido, Padre -dijo el gnomo, abriendo una puerta unas tres o cuatro veces mayor que él y sosteniéndola para que Draucandir pasara-. Su nombre en la correspondencia fue el único cabo al que pudimos agarrarnos...

Entraron en lo que parecía ser una sala destinada a recibir visitantes. Varias sillas de tamaño humano y aspecto confortable se agrupaban alrededor de una mesilla baja. Todo el mobiliario se veía grotescamente enorme al lado del anfitrión.

-No hay nada que agradecer -respondió el sacerdote, con voz oscura-. Señor...

-Libhurr -respondió el gnomo, en un tono similar-. Doctor Gléwak Lihburr.

La expresión de ambos era grave, a pesar de la cortesía que mostraban el uno respecto al otro. Una vez Libhurr hubo cerrado la puerta, el Padre Draucandir no pudo retener la pregunta ni un instante más:

-¿Qué les ocurrió?

Gléwak Libhurr abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella. Tras unos instantes así, tomó aire, levantando visiblemente los hombros, y lo dejó escapar de golpe en un suspiro. Se llevó una de sus manitas arrugadas al rostro, para quitarse unos anteojos, sostenidos en precario equilibrio sobre su abultada nariz, que pasó a limpiar con un pañuelo.

-Es una triste historia... -comenzó, pareciendo de repente mucho más viejo de lo que Eithan lo había considerado en un principio. Le indicó que se sentara señalando con los anteojos, pero él mismo no tomó asiento, sino que permaneció de pie, como si estuviera dando una clase-. Se trataba de una expedición a las ruinas de una antigua fortaleza enana, cerca de aquí, en la misma Espina del Bosque. Existían túneles que la conectaban con Vector, pero fueron derribados mucho tiempo atrás, cuando cayó en manos de los orcos. Pasamos siglos buscándola, hasta que, hará unos quinientos años, dimos con ella bajo varios metros de roca. Desde entonces es un lugar corriente al que dirigir nuestras investigaciones, en especial desde que, hace relativamente poco, mi predecesor encontró en los niveles inferiores evidencias de la ocupación, en algún momento de la historia, por parte de elfos oscuros. El interés de tales hallazgos, y de los que pudieran seguir, es indudable para nuestro gremio: los elfos oscuros son una raza esquiva y cerrada, de la que apenas tenemos registros...

El Padre Draucandir escuchaba la perorata arqueológica con educación, pero con una cierta impaciencia. No había hecho, nueve años después, todo el camino de vuelta a Vector para oír hablar de fortalezas enanas y elfos oscuros. Su interlocutor pareció notarlo, porque se interrumpió, se aclaró la garganta tratando de disimular su evidente turbación y cambió radicalmente el tema de su discurso:

-Fuimos sorprendidos por una tormenta de nieve -dijo, estrujando los anteojos entre sus manitas y ensuciando de nuevo los cristales que tanto se había esmerado en limpiar. Era evidente que le resultaba mucho más fácil hablar de arqueología que del tema que les ocupaba-. Son raras en esta época y nuestros astrónomos no la habían previsto. La mayor parte del equipo se hallaba resguardada cuando comenzó, puesto que las zonas en las que trabajamos son principalmente subterráneas. Sin embargo, a un pequeño grupo lo encontró en la intemperie. James estaba entre ellos...

El Padre Draucandir sintió un profundo dolor en el pecho. Aunque no hubiera sabido ya de antemano el triste destino de su viejo conocido, el tono con el que el arqueólogo había pronunciado aquella última frase no le habría dejado ningún lugar a dudas.

-¿Y Elliane? -preguntó, con un hilo de voz.

-La mayor parte del grupo de James fue regresando poco a poco, por separado. Dijeron que se habían dispersado durante la ventisca. Pasaron los minutos y James no apareció. Elliane perdió la calma e insistió en salir a buscarle. Tratamos de disuadirla, pues la violencia de las tormentas puede fácilmente desorientar a los que se aventuran en ellas, pero no hubo nada que pudiéramos hacer. Físicamente, un humano es muy superior a un grupo de gnomos ancianos...

-Comprendo... -respondió el Padre, percibiendo la culpa y el remordimiento en el tono de su interlocutor.

-Las horas pasaron, sin que la tormenta amainara ni llegaran noticias de ellos. Fue una noche terrible. Les encontramos dos semanas después, resguardados en una cueva, abrazados, muertos por congelación. James tenía las dos piernas rotas. Creemos que se despeñó por el borde de unas rocas, tratando de encontrar el camino de regreso en condiciones de visibilidad muy limitada. Al llegar Elliane hasta él, comprendió que no podía cargarlo de vuelta hasta el campamento, así que buscaron refugio en una cavidad cercana. Podrían haber sobrevivido, si la tormenta hubiera amainado antes, o si no se les hubiera terminado el combustible...

"Y Elliane podría haber sobrevivido también, si hubiera optado por abandonar a James", comprendió Eithan, sin necesidad de que Libhurr se lo dijera. Aquello era exactamente lo que habría cabido esperar de la muchacha que conocía.

-Supongo que debemos agradecer a los dioses que, al menos, les permitieran encontrarse -dijo, manteniendo la impasibilidad propia de los elfos. Sin embargo, dejó caer los párpados, por temor a que sus ojos le traicionaran-. Siempre fueron una pareja muy unida. Es un consuelo pensar que se tendrán el uno al otro en el viaje al Reino de las Almas.

Gléwak Libhurr asintió con la cabeza, con aire melancólico. Terminó de limpiar sus anteojos por segunda vez y se los colocó de nuevo sobre su naricita bulbosa. Después se pasó la mano por el escaso cabello que todavía quedaba en su cabeza.

-La cuestión, Padre, es que no sé como abordar el tema... -admitió, juntando las manos frente a su pecho y frotándolas la una contra la otra-. Elliane y James dejaron atrás a una niña pequeña, Drelliane. Desde su triste fallecimiento, la Universidad se está ocupando de ella, pero me temo que no podemos ofrecerle el hogar que necesita. Hurgamos en su correspondencia con la esperanza de encontrar una pista que nos llevara hasta algún familiar, pero el suyo fue el único nombre que hallamos.

-Tanto uno como la otra eran hijos únicos -explicó el Padre-. Sus padres ya no se encuentran entre nosotros.

-Vaya, lo siento... -se lamentó el gnomo-. ¿Entonces no tiene parientes vivos? ¿Nadie que pueda hacerse cargo de ella?

Draucandir negó con la cabeza, pesadamente.

-Ningún pariente -corroboró, con la mirada caída-. Pero sí sé de alguien que puede cuidarla.

-¿Sí? -El rostro de Gléwak Libhurr se iluminó con un rayo esperanza-. ¿Quién?

-Yo.

 
 
 
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Eithel
21 December 2008 @ 03:33 am

Todos los esfuerzos y las buenas intenciones de Emile y Gillian no sirvieron para encontrarle una nodriza al pequeño Tilion. A pesar de que buscaron tanto en un lado como en el otro de la frontera que suponía Yavedin, no consiguieron hallar ni una sola mujer que estuviera dispuesta a darle el pecho al bebé por segunda vez. El pequeño tenía una voracidad inhumana, decían, como si, no satisfecho con la leche, quisiera beberse también sus fuerzas.

El rumor del bebé insaciable se propagó por la región y pronto los ancianos se vieron obligados a alimentarle con leche de animales. No importaba que fuera de vaca, cabra, oveja u otros animales menos corrientes: Tilion no le hacía ascos a nada. A pesar de ello, se mantenía más bien enclenque y paliducho, y, por más alimento que los humildes posaderos pudieran conseguirle, nunca pareció que tuviera suficiente.

El tiempo pasó y, no sin numerosas inquietudes por parte de Gillian y Emile, Tilion salió adelante y, lentamente, comenzó a crecer. A pesar de ser un niño delgado y de aspecto enfermizo y ojeroso, nadie le vio jamás estornudar, ni toser; ni tuvo fiebres, ni cólicos, ni dolencias de ninguna clase. Al margen de su débil apariencia, Tilion parecía gozar de una salud infalible, en contraste con la los dos ancianos, a quienes el cuidado del pequeño parecía estar envejeciendo a un ritmo mucho más rápido de lo que habían hecho hasta el momento.

Tras su décimo aniversario en la Posada del Camino, Tilion era un chiquillo sombrío y silencioso, poco dado a interactuar con nadie. La salud cada vez más frágil de sus padres adoptivos apenas les permitía atender a sus obligaciones en la posada, por lo que no había muchas horas al día que pudieran dedicarle. Además, a pesar de sus constantes esfuerzos por negar la evidencia, tuvieron que resignarse a aceptar que su estado empeoraba cada vez que se acercaban a su hijo. No parecía haber explicación posible, ni razón alguna que lo avalara. Tan sólo era como si, al aproximarse Tilion, las fuerzas les abandonaran sigilosamente. Bienintencionados como eran, no se atrevieron a comentarle nada al respecto, pero comenzaron a evitarlo sin proponérselo. Si el pequeño se percató de ello, nunca dio muestras de que le molestara. La soledad parecía ser la mejor compañía que podía desear y, a pesar de que la Posada estaba cada noche repleta de clientes, nunca pareció que despertaran en él mayor interés que las piedras del camino.

La distracción favorita de Tilion era internarse, a solas, en las profundidades del Bosque. Así lo hacía, tanto de día como, especialmente, aquellas noches en las que ni una compañía entera de hombres de armas se habría sentido cómoda vagando por la siniestra oscuridad de Yavedin. De nada valieron las advertencias y preocupaciones de sus padres adoptivos: Tilion se adentraba en la espesura las noches más tenebrosas sin la menor vacilación. Aquel comportamiento, unido a su particular aspecto, no tardó en hacer surgir una amplia colección de nuevos rumores. Decían que el niño que habitaba la Posada del Bosque tenía poder sobre los muertos, que hablaba con los espíritus y hacía tratos con ellos.

Lejos de hacer que la gente evitara parar en la posada, la leyenda del niño que hechizaba fantasmas atrajo aún más viajeros. Uno de ellos era un enano de poblada barba castaña, vestido con una fina túnica de manufactura élfica, que caminaba apoyado en una vara más alta que él. Se presento como Thrairr ben Ulnarr y aseguró que no había otro asunto que le llevara a la posada que no fuera conocer al chico.

Los ancianos se mostraron reticentes en principio, pues muchos eran los viajeros que, movidos por las habladurías y la curiosidad, preguntaban por Tilion y, por supuesto, no era una situación que al muchacho pareciera hacerle mucha gracia. Sin embargo, la túnica que vestía el enano le identificaba como uno de los célebres Encantadores de Athraennor, de la que se decía era la mayor y más poderosa escuela de magia de la historia.

A pesar de que los elfos lunares habían abierto las puertas de sus escuelas a aquellos de cualquier raza que tuvieran talento, era insólito ver a un enano vistiendo una de sus túnicas. Se trataba de una raza en pleno declive, desunida y desperdigada. Habían vivido durante incontables generaciones en continua lucha con orcos y goblins y muchos eran los que creían que la guerra formaba parte de ellos tanto como sus propias barbas o la sangre que corría por sus venas. Parecía difícil, con una filosofía así, que pudieran adaptarse a la ya bimilenaria Paz que habían traído los elfos. Y, ciertamente, no faltaban los que elegían embarcarse en cacerías de los supervivientes pielverdes, internándose a solas o en pequeños grupos en cavernas de montañas remotas, donde a menudo encontraban también su propio fin, tras haber terminado con un número suficientemente honorable de enemigos. No era extraña la creencia de que toda la raza enana tarde o temprano se extinguiría de este modo.

Sin embargo, ese no parecía el destino de Thrairr el Encantador. En oposición al cliché, no llevaba un hacha colgada al cinto, sino sólo pequeñas bolsas de cuero. Tampoco vestía un casco con cuernos y, a pesar de que hablaba la Lengua Común con un notable acento, al fin y al cabo todas las razas lo hacían.

-Dicen las habladurrías que no es hijo de ustedes dos. ¿Es eso cierrto?

Los ancianos asintieron, pasando a relatarle la historia de como apareció en sus vidas, aquella noche diez años atrás, en aquella cesta, con la palabra "Tilion" como toda explicación.

-Porr tanto tampoco fuerron ustedes quienes le pusierron el nombrre -pensó en voz alta, mesándose la barba con actitud ausente-. Me prregunto si encierra algún significado... Hijo del Cuerrno... ¿de qué cuerrno podrría serr hijo?

Los pobres hombres, que no hablaban una palabra de élfico más allá del "buenos días" y "gracias por su visita", ni se habían cuestionado jamás que el nombre del pequeño pudiera tener algún significado, se miraron desconcertados, incapaces de responder la pregunta del enano. No era que él lo esperara, tampoco, pues a continuación añadió, dirigiéndose manifiestamente a ellos:

-¿Podrría conocerrlo?

Los posaderos intercambiaron una nueva mirada, desconcertados, sin saber todavía qué interés podía tener un mago athraenoriano en su hijo. Sin embargo, la propia voz de Tilion les interrumpió.

-¿Hijo del Cuerno? -preguntó, apareciendo en el hueco de las escaleras. Las bajó más rápido de lo acostumbrado, se dirigió a Thrairr y clavó sus ojos en él-. ¿Qué significa eso?

Por toda respuesta, al enano le fallaron las piernas y se dejó caer en una silla. Su frente estaba cubierta de sudor frío y, en lo más profundo de su expresión, Emile y Gillian creyeron reconocer un brillo de claro y puro miedo.

 
 
 
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Eithel
18 December 2008 @ 07:57 am

-¿Por qué había guerra entre Arthia y Kemdor? -preguntó el Príncipe Blanco, levantando la cabeza y ladeándola un poco con un gesto que Drelliane había empezado a conocer como el de querer comprender algo a lo que había pasado un tiempo dándole vueltas y que no terminaba de encajarle. Llevaban un rato en silencio, compartiendo la misma habitación sin necesidad de decirse nada, como si se conocieran desde hacía años. A Drelliane a veces le parecía que así era-. No fue sólo por voluntad de Dagor, ¿verdad?

La muchacha asintió, con una sonrisa distante. El Príncipe también había aprendido a reconocer aquella sonrisa: significaba "es una larga historia".

-Los elfos son una raza orgullosa -comenzó, inclinándose hacia atrás para contemplar el techo de la estancia. Le recordaba vagamente al de las clases de la Universidad de Vector, donde había aprendido todo aquello. Disfrutaba de la pequeña ironía que eso representaba-. Una vez se atrevieron a abandonar sus bosques y salir al exterior, encontraron un continente absolutamente debilitado por las guerras entre las primeras razas: enanos y orcos, principalmente. No les costó mucho imponerse a lo que habían sido dos grandes imperios que habían chocado frontalmente, por lo que se expandieron con fuerza. Fue entonces cuando se fundaron las Naciones Élficas: Arthia al norte, dominada por los llamados altos elfos, Athraennor al sur, tierra de los elfos lunares, y en el centro de las dos, muy mermada por siglos de resistirse a las hachas de los enanos y los orcos, Edhellion, el bosque originario, donde todavía vive la que clama ser la única raza de la que descienden todos los elfos: la silvana.

-¿Y Kemdor?

-Kemdor no existía como tal en aquel tiempo. Parte de su territorio actual pertenecía a Arthia y otra parte a Athraennor. Incluso Edhellion era mayor entonces de lo que es ahora, así que podría decirse que estaba dividida entre las tres naciones.

-¿Cómo surgió, entonces?

La sonrisa de Drelliane adoptó un tinte cálido. Dejó caer los párpados y, sin llegar a pronunciarla, movió los labios formando la palabra "paciencia". Captándolo, el Príncipe se encogió tímidamente de hombros, a modo de disculpa.

-Como te he dicho, los elfos son una raza orgullosa. En aquel tiempo, el pensamiento mayoritario era que los humanos habían nacido para ser sirvientes y ciudadanos de segunda. -El Príncipe frunció el ceño-. No es tan extraño, si lo piensas: durante los largos siglos que duraron las guerras entre las primeras razas, los elfos habían tenido tiempo de florecer al amparo de los árboles de Edhellion, pero los humanos nunca gozaron de ese refugio. Para cuando ambos imperios empezaron a declinar, los humanos sólo existían en tribus aisladas, escondiéndose de unos y de otros, que les expoliaban y les capturaban para usarlos como esclavos.

Los ojos del Príncipe se abrieron de par en par. ¿Esclavos? Aquella palabra le sorprendía y la indignaba.

-Tendemos a ser crueles con aquellos que avanzan a menor velocidad -explicó la bruja, encogiéndose de hombros-. Los pielesverdes veían a los humanos como un zorro vería a un puñado de gallinas; y los enanos es probable que no los consideraran más que goblins de piel rosada.

-Y entonces llegaron los elfos... ¿no salisteis ganando?

-Oh, sí... el advenimiento de los elfos y la Paz que trajeron fue lo que permitió a los humanos desarrollarse y civilizarse. Fue de los elfos de quienes aprendimos a construir ciudades, a leer y escribir, incluso a usar las armas y la magia.

-¿Y no les estáis agradecidos por ello?

-Ese es precisamente el punto clave -respondió ella, levantándose de su asiento y caminando lentamente por la superficie de hielo, sin un rumbo concreto-. Los humanos nunca nos hemos puesto de acuerdo sobre eso. Hay quienes piensan que los elfos han sido unos padres generosos, que nos han enseñado todo cuanto sabemos, mientras que otros dicen que, si tan benevolentes eran, nos habrían tenido que tratar desde el principio como iguales, y que todo cuanto hayan podido aportarnos no justifican siglos de tratarnos con superioridad. Por supuesto, hay miles de variantes y de opiniones intermedias. ¿Quién tiene razón? No lo sé. Lo que sí puedo decirte es que, aprovechando el caos producido por la Secesión Nigromántica y el fin de la Paz Élfica, varias naciones humanas nacieron al escindirse del dominio de los elfos. Así se originaron Kemdor, Imdor y Aranor, junto con alguna otra más que no logró perdurar. Fueron tiempos turbulentos, en los que muchos, tanto elfos como humanos, perdieron la vida, y que casi llegaron a significar el fin de los Reinos Élficos. Finalmente, tras sofocar la rebelión de los Nigromantes, los elfos optaron por firmar acuerdos de paz con Imdor y Aranor. Sin embargo, Kemdor, la más grande y orgullosa de todas, nunca se resignó a firmar la paz.

-¿Quieres decir que Kemdor ha vivido en guerra con Arthia desde el mismo día en que se formó? ¿Cuánto hace de eso? ¿Mil años?

-Más o menos mil años, sí. Pero no sólo con Arthia, sino con todos los elfos -puntualizó la bruja-. Evidentemente, no han sido mil años de lucha continua, ni en todos los frentes. La historia de Kemdor y los Reinos Élficos está repleta de acuerdos de tregua y rupturas de los mismos, según cambiaban las manos que ostentaban el poder en uno u otro país o los intereses del momento, pero nunca llegó a pactarse una paz formal. Lo único que Dagor hizo fue forzar la situación lo suficiente como para quebrar uno de dichos acuerdos.

-¿Y eso acarreó un conflicto de más de setenta años?

-Exactamente. Y no era la primera vez que sucedía. Ni será la última. Cuando yo nací, la guerra todavía estaba en marcha. No llevamos ni quince años de renovada tregua y ya he oído acerca de tres o cuatro escaramuzas fronterizas. Ni siquiera me extrañaría que encuentre guerra otra vez, cuando vuelva.

El silencio que siguió fue incómodo como no lo había sido ninguno hasta el momento. Las últimas palabras de Drelliane resonaron en su propia mente, con un tono ominoso que nada que ver tenía con la despreocupación con que las había pronunciado. Mordiéndose el labio, lanzó una mirada furtiva al rostro del Príncipe. Una sombra emborronaba su expresión inocente habitual. Sus ojos cristalinos recorrieron la estancia, incómodos, como si buscaran evitar todo contacto con la mujer que tenía enfrente.

Fijando la mirada deliberadamente en el suelo, el Príncipe se incorporó. Sus movimientos carecían de la gracia acostumbrada, pero incluso en su turbación resultaban elegantes.

-Te ruego que me disculpes... -dijo, casi en un murmullo, antes de abandonar la estancia a toda prisa.

 
 
 
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Eithel
05 December 2008 @ 01:38 am

El Padre Draucandir se detuvo para recuperar el aliento y mirar alrededor. Hacía varios días que había salido de Lyand, pero sólo en aquella última jornada el camino se había vuelto realmente escarpado. No en vano había tomado aquella ruta que se dirigía directamente hacia el corazón de la Espina del Bosque, una extensa sierra cuyo nombre se debía a que se encontraba justo en medio de las grandes arboledas de Yavedin y Edhellion, de los que se decía que en tiempos muy remotos, antes de que los elfos se atrevieran a salir de ellos y colonizar el campo abierto, habían sido uno solo, con la Espina dividiéndolo por su justo centro.

Viajaba solo y a pie, como correspondía a un clérigo de modestos recursos con muchos secretos por ocultar como era él. Su destino no era el pequeño pueblecito en el que se había escondido a lo largo de los últimos treinta años, sino un lugar muy diferente: la gran metrópolis alpina de Vector.

Allí, en algún punto intermedio de aquel camino del que no era capaz de avistar el final, Draucandir no podía evitar preguntarse cómo demonios lo habrían hecho los gnomos para construir una ciudad de las dimensiones y la importancia de Vector en aquel lugar inhóspito y remoto. Por lo que sabía, toda ella era como un descomunal iceberg, con más de nueve de sus décimas partes excavadas bajo la roca de las ancianas montañas de la Espina del Bosque y una laberíntica red de túneles que la unía con puntos geográficos inversemblantemente distantes. Probablemente, aquella era la única explicación de que la ciudad hubiera conseguido sobrevivir a los infernales inviernos alpinos, al declive de las primeras razas y al posterior florecimiento de las naciones élficas. Una ciudad así de anciana sólo podía subsistir en una posición como aquella, virtualmente aislada del mundo exterior, de sus guerras e imperios.

Tras reponer brevemente sus fuerzas, el Padre Draucandir reemprendió el camino de ascensión.

***

El ruido familiar de una llave encajando en su cerradura hizo que la mujer encadenada levantara la cabeza. Su exuberante melena le cubría parcialmente el rostro, hermoso, aunque profundamente demacrado. Unas marcadas ojeras se perfilaban bajo unos ojos que ardían con ira contenida.

-Y bien... ¿cómo ha dormido mi Reina? -preguntó el Rey Dagor, terminando de abrir la puerta y entrando en la habitación. No llevaba escolta. Nunca entraban guardias, ni servicio, en aquella parte del castillo.

-Suéltame, malnacido -espetó la prisionera, que ciertamente era una Reina. La Reina Lillian de Arthia, para más señas-. Sabes perfectamente que no volveré a tener una crisis hasta la noche.

-¿Y arriesgarme a que todo el mundo te vea con esa cara? -replicó Dagor, jugueteando con la cadena de la que colgaba la llave-. Me temo que eso no podrá ser, Reina mía. ¿Tienes idea de lo que ocurriría si se levantara la más mínima sospecha acerca de tu... pequeño problema? ¿Crees que al pueblo de Arthia le gustaría saber que su Reina es un monstruo?

-Maldito arrogante con pretensiones de poder. He sido licántropa durante más décadas de las que tú has sido Rey y sé perfectamente que no hay ninguna necesidad de tenerme encadenada para resguardar mi secreto. Igual que tampoco la había de mandar al frente a todos aquellos médicos que tanta prisa te diste en silenciar... Te está saliendo muy a cuenta esta guerra, ¿verdad? Todos tus enemigos parecen encontrar un trágico fin en batalla...

La Reina trató de incorporarse para encarar a su marido, pero las cadenas se tensaron y los grilletes se le clavaron en las muñecas como si estuvieran cubiertos por mil agujas. El dolor la hizo retroceder.

-Duele, ¿verdad? -preguntó Dagor con sorna, agachándose junto a ella con una expresión de condescendencia-. Parece que la plata os afecta más de lo normal mientras dura la luna llena. Incluso en forma humana, la pequeña cantidad que contienen esos grilletes basta para tenerte así de dócil. No quiero ni imaginarme la tortura en la que deben de convertirse cuando te transformes...

Por toda respuesta, la prisionera le escupió en el rostro.

-Veo que sigues siendo la dulce princesa de la que me enamoré -se burló el Rey, sacando un pañuelo para limpiarse. Volviendo a guardar su pañuelo, le sonrió y se levantó, encaminándose hacia la estrecha ventana, por la que dejó caer lánguidamente la vista-. Ha sido una suerte que el General decidiera morirse en un momento tan apropiado -recomenzó-. Si hubieran tardado sólo una semana más en traer su cuerpo a Lyand, el funeral habría coincidido con la luna llena y yo hubiera tenido que inventarme que estabas enferma para que no asistieras a la ceremonia. No me gusta hacer ese tipo de cosas: alguien podría notar que sólo te pones enferma unos días muy determinados de cada mes, y no creo que tu período bastara para justificarlo.

-Acércate para que pueda escupirte de nuevo -respondió Lillian.

-Oh, no, gracias, mi Reina. Comprenderás que no esté particularmente interesado en este tipo concreto de intercambio de fluidos.

-Maldito seas, Dagor -espetó la Reina, en un tono de voz tan oscuro que costaba de creer que fuera ella y no la bestia en la que se había convertido aquella noche la que hablaba-. Ya eres Rey. Y tus hijos también lo serán, si algún día recibes la muerte que mereces. ¿Por qué me mantienes con vida? Ya no me necesitas. ¿Por qué no me matas y te casas con otra más dispuesta que yo a darte tus pequeños príncipes herederos? ¿Por qué no te deshaces de mí, como hiciste con mi padre, como haces con todos los que te estorban?

La expresión del Rey Dagor perdió todo tinte de burla y frivolidad, tornándose una máscara dura y severa. Se agachó de nuevo frente a ella, clavándole unos ojos fríos como el acero de su espada y le sostuvo el mentón con una mano que ella trató de rehuir en vano. Cuando habló, su voz sonó áspera, como si se le quedara pegada al paladar:

-¿Todavía no has comprendido, Lillian, que te quiero con todo mi ser?

***

Era ya casi media tarde cuando el Padre Draucandir alcanzó la planicie en la que se alzaban los orgullosos edificios de la ciudad de Vector. Estaba agotado por la ascensión, pero eso no le impidió disfrutar de su intrincada arquitectura, tan distinta de la de las construcciones de elfos y humanos. Costaba creer que aquellos edificios, en apariencia tan complejos y delicados, llevaran ahí desde incluso antes de la constitución de Arthia.

Ya habría tiempo más tarde para el turismo. Por el momento, tenía algo que hacer, algo que le había llevado a desviarse en el camino de vuelta.

Un gnomo apenas más alto que su propia rodilla, con un rostro barbudo y arrugado del que ni con la mejor de las intenciones habría podido decir la edad, le indicó el camino a través de las escasas calles superficiales de la ciudad. El hombre (porque era un hombre, un humano) al que buscaba vivía en una pequeña cabaña al abrigo de las montañas, en lo que parecían ser las afueras de la ciudad. Se dirigió allí sin perder un instante y, gracias a unas instrucciones particularmente precisas (mucho más de lo que podrían haber sido las de un humano o un elfo), no tardó en encontrar el lugar que buscaba.

Un hombre de mediana edad, con una poblada barba oscura, acudió a abrir la puerta. Tras unos instantes de sorpresa, exclamó:

-¡Padre Draucandir! ¿Qué hacéis aquí?

-Hola, James -respondió el sacerdote, tratando de ocultar su sorpresa ante los cambios que el tiempo había operado en el humano. Por mucho que le hubiera visto crecer, todavía lo recordaba, cuando pensaba en él, como el pequeño al que su madre enviaba al templo del pueblo una y otra vez con la esperanza de que la sensatez del Padre Draucandir le quitara de la cabeza aquellas aspiraciones de futuro que tenía y aprovechara para inculcarle algo de fe en los dioses. Supuso que, si realmente elfos y humanos se reencontraban en el Mundo Espiritual, tendría que disculparse por su fracaso ante la anciana mujer-. He tenido que ir a Lyand por un asunto de mi confesión y decidí que podía pasar a veros, a Elliane y a ti. ¿Cómo os trata la vida en Vector?

Elliane era una chica un poco más joven que James. Hacía unos quince años, ambos habían renunciado a sus vidas apacibles en mitad de la nada y habían partido rumbo a Vector con la esperanza de convertirse en grandes científicos o sabios. Por las cartas que mandaban de vez en cuando, Draucandir sabía que se habían decidido por la Arqueología.

-Bien... la verdad es que muy bien. En realidad, no podíais llegar en mejor momento, Padre.

-¿Por qué lo dices?

James le invitó a pasar. Era una cabaña con una sola estancia, que se usaba al tiempo como cocina, comedor y dormitorio. Elliane le sonrió desde lo que parecía ser la cama, con aspecto cansado pero feliz. En sus brazos una pequeña criatura, todavía levemente amoratada, parecía dormitar, intranquila, moviendo y cerrando las manos en respuesta a alguna clase de estímulo recibido durante el sueño.

-Nació hace tres noches -explicó James, con evidente orgullo paternal-. Es una niña. Se llama Drelliane.

 
 
 
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Eithel
28 November 2008 @ 02:09 am

Un entierro élfico no es algo que uno presencie cada día. El entierro de un General destacado de la corte de Arthia era, sin duda, un espectáculo capaz de conmover a toda la nación.

El féretro del General Elannon precedía la comitiva, cargado por seis de sus hombres más fieles, dos Comandantes y cuatro Capitanes. Detrás de él, su primogénito, Elran Elannon, a quien todo el mundo trataba ya como el nuevo cabeza de la familia, desfilaba, huraño y cabizbajo, junto a una hermosa elfa de tez pálida y cabellos dorados que todos reconocían como su esposa, Seren de Sylvania. En los brazos de Seren, ajeno a la ominosa ceremonia que se desarrollaba a su alrededor, dormitaba el primer hijo de ambos, un pequeñuelo a quien -siguiendo la tradición de los Elannon de que la inicial del nombre fuera la misma que la del apellido- habían llamado Eithel.

Todo el mundo lamentaba ese día la pérdida del segundo hijo del General, Eithan Elannon, desaparecido en combate largo tiempo atrás. Nadie pareció prestar atención, sin embargo, al sacerdote rural de la diosa Danna que, siempre encapuchado, seguía la comitiva mezclado entre el grupo de ciudadanos que había salido a la calle para presenciar la ceremonia y presentar sus respetos, y que desfilaban muy por detrás de los familiares, compañeros y conocidos.

Tras un intencionadamente largo recorrido por las calles principales de Lyand, el féretro finalmente se encaminó por la avenida que había de trepar hasta llegar al Templo de Zhel'eh-red, Rey de los Dioses.

Se había dispuesto un púlpito frente a la puerta del templo, en el que aguardaba Su Eminencia, Ilethen Sendaril, Sumo Sacerdote de Zhel'eh-red y líder espiritual de Arthia. Frente al mismo, cubriendo la mayor parte de la explanada en que se situaba, se extendían dos largas filas de bancos dispuestos a ofrecer asiento a los familiares y conocidos. A su lado izquierdo se había levantado una tribuna casi tan alta como el propio púlpito, custodiada por guardias, en la que se alojaron el Rey y la Reina. El populacho presenciaría la ceremonia de pie.

Un viento de cierzo hostil que llevaba días soplando sacudía las banderas, izadas a media asta, y removía los cabellos y las puntas de las ropas de los asistentes. El cielo, de un gris plúmbeo, daba a toda la escena un tono pálido, de colores mortecinos, como si el mundo fuera un tejido que se hubiera lavado demasiado.

-Nos hemos reunido en este lugar sagrado para devolver a la tierra el cuerpo de un hombre que no dudó en morir por ella -comenzó el Sumo Sacerdote-, un General que dio la vida por su Rey y por su patria...

El discurso prosiguió durante largos minutos, tan saturado de exaltaciones a la Madre Arthia, al Rey y a aquella guerra "justa y necesaria" que, de no haberse tratado de su propio padre, Elran estaba seguro de que a esas alturas ni siquiera recordaría por quién era el funeral. Varios metros por detrás, de pie entre la multitud que se acumulaba en el extremo más alejado de la explanada y a lo largo de la avenida que la conectaba con el resto de la ciudad, el Padre Draucandir escuchaba la perorata con indignación creciente y los ojos fijos en la tribuna en la que, incluso a aquella distancia, podían distinguirse claramente las figuras del Rey Dagor y la Reina Lillian.

Había que estar ciego para no darse cuenta de que Dagor estaba disfrutando de todo aquello. Detrás de su rostro templado y comedido, sus ojos brillaban con un triunfo salvaje. La Casa Elannon se había contado tradicionalmente entre los más firmes seguidores del difunto Rey Lindir. La tradición en Arthia marcaba que, si bien un hijo nunca podría tener un rango igual o superior al de su padre mientras este tuviera voluntad de ejercerlo, si el padre moría (o decidía retirarse, lo cuál era una práctica común), su primogénito pasaba a ocupar el vacío que éste había dejado. Sin embargo, a Elran Elannon no se le había ascendido a General. Paulatinamente, los poderes iban siendo reemplazados: los clanes partidarios del antiguo Rey decaían, mientras que los fieles al nuevo experimentaban un auge como no lo habían vivido en siglos. Aquello también era una tradición ancestral, no sólo en Arthia, sino en casi todas las naciones del mundo.

El Padre Draucandir se sorprendió apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la palma de la mano. Era demasiado consciente de que Elran nunca sería General, y de que él nunca podría volver a su antigua vida ni a su antiguo nombre... Al menos no mientras Dagor Aenarion siguiera siendo Rey de Arthia.

Una sensación familiar en las piernas, una que no había experimentado a lo largo de casi seis décadas, pero que recordaba con toda nitidez, le hizo olvidar su indignación. ¿Podía ser...? Apartó la vista de la tribuna para mirar hacia abajo. Allí, como si acabara de aparecer de la nada desde aquellos días pasados, se encontraba, tan elegante y serena como siempre, la gata Cassandra.

-¡Pequeña! -susurró, agachándose a recogerla. El felino saltó a sus brazos, para luego acomodarse entre ellos como si no hubiera pasado ni un sólo día desde la última vez que lo hizo-. ¿Qué haces aquí?

La gata volvió sus penetrantes ojos dorados hacia los de él, dando por un instante la impresión de que estaba a punto de comenzar a hablar. El Padre Draucandir no se habría sorprendido mucho más de lo que ya estaba si realmente lo hubiera hecho. Le devolvió la mirada, demasiado perplejo para seguir pensando en política. Siempre había tenido claro que Cassandra no era una gata corriente, pero por nada del mundo habría esperado que le encontrara en aquel lugar, sesenta años después.

¿Cuántos años debía de tener? Aquellos ojos que parecían ocultar todos los secretos del mundo le habían devuelto la mirada desde la primera vez que había visitado la Corte de Lyand, cuando apenas caminaba cogido de la mano de Elran. Todo le había maravillado entonces: la ampulosidad del palacio, sus elegantes jardines, la sonrisa benevolente del Rey Lindir... y, por supuesto, aquel dúo inseparable que eran la princesa Lillian y su pequeña gata negra. Aquel dúo le había abierto los brazos sin pensárselo. Le habían visto crecer y convertirse primero en novicio y después en sacerdote; habían sido guías y compañeras a lo largo de los primeros años de su vida... ¿Y todo para terminar así? A Eithan le costaba creer que el mundo pudiera ser tan injusto. ¿O quizás era sólo que los dioses tenían un sentido del humor profundamente retorcido?

Un maullido apenas perceptible le sacó del pozo de melancolía que se estaba cavando. Por un momento, creyó ver una cierta severidad en los ojos de Cassandra, pero sus párpados se cerraron pesadamente y su morro comenzó a restregar el brazo del clérigo, quien respondió acariciándola con una cierta nostalgia.

El discurso del Sumo Sacerdote pareció terminar. Lo siguió un profundo silencio, a lo largo del cuál cada feligrés se suponía que debía rezar a los dioses y los ángeles para que acogieran el alma del General Elannon y así su cuerpo pudiera volver a fundirse en paz con la tierra, para reincorporarse al ciclo y dar vida a una nueva alma. Cassandra se revolvió inquieta en los brazos del Padre Draucandir, quien, reconociendo sus intenciones, la dejó bajar. La gata le miró por última vez antes de internarse en aquel bosque de piernas que constituían los asistentes al acto, encontrando su camino a través sin siquiera rozar a uno de ellos.

-Que los Doce te guíen y te acojan en el Mundo de las Almas -volvió a comenzar Ilethen, con las manos extendidas en acto ritual, dirigiéndose al féretro-. Que los ángeles te lleven hasta sus puertas y el reino de Zel-eh’red sea para tu alma como Arthia ha sido en vida. Que bajo su magnificente reino reencuentres aquellos que partieron antes que tú, pues todos hemos de vernos junto a los Dioses cuando el Mundo termine.

Siguieron las invocaciones rituales a los Doce Dioses: Zhel-eh’red, el Dios Rey; Kyareth, la Bondadosa; Valya, Patrona de la Vida y la Fertilidad; Danna, la Defensora; Shaydee, también llamada la Dama Blanca, esposa de Zhel-eh’red; Zhar-zhaghar, el Artesano; Tharg, Señor de la Guerra; Alothar, el Oscuro, Dios de la Mentira; Kilrith, el Comerciante; Lenneth, la Diosa de las Artes; Fÿr, el Erudito y Zendabar el Anciano. Todos ellos fueron nombrados y apelados a acoger el alma del General. También se llamó a las valkirias, los ángeles que habían de guiarle en su camino hasta el Mundo Espiritual, para evitar que se perdiera o cayera al Gran Abismo, donde los demonios esperaban con avidez las almas de los mortales incautos. El Padre Draucandir escuchaba aquel ritual que él mismo había pronunciado cientos de veces sin poder evitar que sus ojos se movieran una y otra vez hacia la tribuna real. Un ser menudo y negro, sin ser detectado por los guardias, trepó grácilmente por ella y se acurrucó, satisfecho, en la falda de la Reina. El Rey le lanzó una mirada de reojo, con evidente disgusto, que la gata se limitó a desdeñar cuando la Reina comenzó a acariciarla detrás de las orejas. Eithan no pudo evitar sonreír para sus adentros. Era evidente que Cassandra odiaba a Dagor tanto como él la odiaba a ella.

Tras las invocaciones, Ilethen bendijo al Rey y la Reina, al hijo y al nieto del difunto, a los familiares y a todos los asistentes. Cayó de nuevo sobre la plaza un pesado silencio, durante el cual los dos Comandantes y cuatro Capitanes volvieron a acercarse al féretro para levantarlo. El ritual público había terminado y ahora llevarían el cuerpo del General a las tierras de los Elannon, donde sería enterrado junto con sus antepasados.

El Padre Draucandir sintió que la gente a su alrededor comenzaba a dispersarse. Lanzando una última mirada a la Reina y a Cassandra, se despidió de ellas para no verlas jamás.

 
 
 
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Eithel
06 September 2008 @ 02:46 pm
[Bueeeeno, por una vez, y sin que sirva de precedente, me he dedicado a ir traduciendo un relato de catalán a castellano. No os acostumbréis]

A lo largo de todos sus años como dios (y eso eran muchos años), Alothar nunca hubiera podido imaginarse que fuera tan difícil encontrar un mortal al que encargar el cumplimiento de una profecía.

Al principio, desde su cómoda posición en el plano divino, ni siquiera se le había ocurrido que aquel cometido pudiera entrañar dificultad alguna. Al fin y al cabo, todos los mortales eran iguales, ¿no? ¡Pues cualquiera serviría! Una vez estuvo en el plano físico, enfundado en su avatar (un cuerpo falso, una pequeña porción de sí mismo encerrada en una coraza de carne y materia que más bien servía para proteger al mundo del dios que no al revés), descubrió que aquello era otra cosa. Esos mortales que en principio había creído todos iguales no sólo se dividían en decenas de razas, que comprendían miembros con un cierto número de rasgos comunes (la piel de este u otro color, las orejas de una determinada forma...) que al principio no le había sido fácil distinguir, sino que, además, había un número considerable de individuos, al margen de la raza a la que pertenecieran, a los que se llamaba "crías", que eran más pequeños que los demás y, supuestamente por esta razón, mucho menos tenidos en cuenta. Alothar se había preguntado si esto no se debería a alguna clase de malformación hasta que descubrió que, a la larga -al menos en la mayoría de los casos- aquellas crías crecían hasta convertirse en miembros de pleno derecho de la raza.

Curioso... pero terriblemente mareante.

Hacía muchos millares de años -¿pero qué es el tiempo para un dios?-, Alothar había ayudado a crear esos mismos mortales, y entonces no le había parecido que fueran tan complicados. ¿No lo recordaba bien, acaso? No, eso era absurdo: los dioses no pueden olvidar. En realidad, ni siquiera se había planteado nunca el significado de esa palabra mientras estaba en el plano divino: la pérdida de memoria era un lujo exclusivamente mortal.

Era como para volverse loco, si es que una palabra tan sencilla y al mismo tiempo tan dura y absoluta como "locura" tenía algún sentido en aplicarse a algo tan vasto e incomprensible como la mente de un dios. En realidad, desde un punto de vista exclusivamente terrenal, ¿no lo estaban un poco, locos, todos los dioses? ¿O más bien eran sólo "inescrutables"?

Pero los mortales también eran incomprensibles: aquel que parecía inteligente, podía, dada la ocasión, cometer un acto de la más flagrante estupidez; aquel que se presentaba afectuoso y blando de corazón podía, en realidad, estar ocultando unas intenciones para nada benevolentes detrás de una máscara fríamente calculada; y aquel del que parecía que no se podía esperar nada tenía a menudo en las manos el poder de cambiar el rumbo de la historia... y no solía darse cuenta de ello.

¿A quién, entonces, debía encomendar aquella responsabilidad sin precedentes? ¿Tal vez al más fuerte? ¿O al más listo? ¿O quizás al más bueno o al más valiente? Tenía gracia: el propio Alothar, dios del engaño, la mentira y el asesinato, no era precisamente un modelo de virtud y valor. ¿Qué sentido tenía que fuera él quien buscara aquellas cualidades en un mortal?

¿Pero no era aquello acaso lo que contaba? Los grandes héroes cuyas hazañas eran cantadas por las valkirias eran siempre valientes y buenos -muy valientes y muy buenos... estúpidamente valientes y buenos, a menudo- y aquellos personajes con las cualidades que se atribuían a Alothar, como la astucia, el sigilo y la falta de escrúpulos, eran siempre derrotados y humillados. No merecía la pena encargar una misión a alguien que tenía todas las de perder, ¿verdad?. ¿No valía más evitar riesgos y buscar, sencillamente, un héroe clásico y típico?

No obstante, si la profecía ya se había pronunciado (y por boca de los mismos dioses, por si fuera poco), eso significaba que tenía que cumplirse, ¿no? De ser así, bien podría encargársela a una cría, un loco o un paralítico, que las cosas habrían de torcerse de tal manera que, forzosamente, acabara sucediendo lo que los dioses habían previsto. Bueno, eso al menos en teoría...

¿Pero hacía falta correr el riesgo? Si su razonamiento era incorrecto, una mala elección del recipiente bien podía desembocar en una profecía que no se cumpliera. ¿Y qué clase de dioses eran aquellos que profetizaban cosas que luego no se materializaban?

El cuerpo falso en que residía aquella pequeña porción de Alothar que podía descender al mundo material sin afectarlo en exceso se llevó la mano a la cabeza, frunciendo el ceño. Se sentía estrecho y limitado en aquella funda física: le producía una especie de claustrofobia mental que no le permitía razonar correctamente y hacía que no pudiera pensar en otra cosa que en la necesidad de terminar aquello cuanto antes mejor y así poder regresar a la relativa tranquilidad del plano divino, donde sus poderes podrían fluir libremente, y donde no se vería sometido a aquella sensación desagradable que había aprendido a llamar "tener la cabeza como un bombo".

Finalmente, tomó una decisión: buscaría el mortal más noble y valiente, uno de aquellos héroes dignos que eran capaces de dejarse matar por aquellos a quienes amaban y cuyas lealtades eran tan acérrimas que jamás podían ser puestas en duda... Vaya, todo lo contrario de lo que era él. Sí, eso era justamente lo que necesitaba: alguien que se tomara la profecía con seriedad y pusiera todos sus esfuerzos en ella. Cualidades como la fuerza, la inteligencia o el sentido común también podían ser importantes, pero lo principal era la motivación. Nadie lograba nunca nada que no deseara hacer.

Una vez resuelto, encontrar el mortal no fue difícil. Por muy limitado que estuviera su avatar, seguía manteniendo un cierto número de facultades que no estaban al alcance de un cuerpo físico normal. Rápidamente, se dirigió al ser más noble y valeroso de todos cuantos poblaban el mundo y se apareció frente a él. El mortal levantó la cabeza y lo miró, boquiabierto, pero no dijo nada. Sin revelar su identidad, el dios le anunció el cometido que le había sido encargado. El mortal escuchó en silencio y, finalmente, asintió. Alothar se dio por satisfecho con esa respuesta y, sin más ceremonias, desmanteló su avatar y regresó a su plano natural, feliz por haber dejado el futuro del mundo bajo la responsabilidad de quien más lo merecía.

El mortal siguió mirando durante unos segundos el espacio en el que Alothar había desaparecido. Dio después un par de vueltas, olfateando el aire y el suelo para asegurarse de que ya no estaba ahí e, inflamado de orgullo por la confianza que le había sido depositada, levantó los ojos al cielo y, moviendo la cola, se despidió del dios con un par de ladridos.

  
 
 
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Eithel
06 September 2008 @ 01:46 pm

-¡Padre Draucandir! ¡Padre Draucandir!

La mención de su nombre hizo que el clérigo se incorporara, justo a tiempo para ver como la puerta de madera se abría para dejar entrar a un jovencillo de abundante cabello oscuro. Conocía aquel chico. Su madre, mujer devota como ella sola, no perdía ocasión de enviarlo al templo, con la esperanza de que el Padre consiguiera contagiarle algo de su fe en los dioses.

-Dime, James, ¿qué sucede?

-Hay un hombre en la plaza que pregunta por usted... Tiene orejas de elfo, va a caballo y lleva una armadura que le cubre todo el cuerpo.

El Padre Draucandir sonrió abiertamente. Dejando de lado el libro que había estado consultando, se dirigió hacia la puerta y el chico.

-Gracias por avisarme, James -dijo, a modo de despedida, poniendo una moneda de cobre en su mano. No era una pieza de mucho valor, pero para un niño de su edad representaba una pequeña fortuna.

No se quedó a escuchar las gracias del chico. Se encaminó a la placita central del pueblo sin dudarlo un momento. Volvió a sonreír al descubrir la figura élfica agachada al lado de un caballo, acariciándolo mientras se saciaba en el abrevadero.

-Reconocería esa armadura incluso en el fin del mundo -dijo, refrenando su paso y tratando de ocultar la ansiedad que le producía la llegada del forastero a su pequeño pueblo-, Elran Elannon.

El hombre de la armadura sonrió de oreja a oreja y se volvió hacia él, diciendo:

-Ha pasado mucho tiempo, hermanito.

El rostro del Padre Draucandir se contrajo en una expresión tensa, al tiempo que gesticulaba para pedirle que bajara la voz. Sus ojos se movieron nerviosamente de un lado a otro para asegurarse de que nadie le había oído. Afortunadamente, parecía que no. La llegada del forastero a aquel pueblo en el que raramente ocurría algo que interrumpiera la rutina había causado una cierta expectación, pero, por el momento, la portentosa armadura con el escudo de los Elannon y la larga espada atada a su cinto parecían mantener a los locales prudentemente alejados.

-Hace tiempo que dejé de ser Eithan Elannon, hermano -le susurró-. Aquí soy sólo el Padre Draucandir.

El guerrero frunció el ceño con disconformidad, pero luego relajó el rostro y se limitó a asentir en silencio. Parecía a punto de replicar algo cuando Draucandir se le adelantó:

-Ven, vamos al templo. Allí podremos hablar con más libertad -indicándole a Elran que le siguiera, el párroco comenzó a andar hacia el templo-. Y no te preocupes por el caballo -añadió, al ver que se quedaba rezagado-. Después de haberte paseado por todo el pueblo con la espada al cinto, nadie se atreverá a acercársele lo más mínimo.

Aquello pareció satisfacer al mayor de los Elannon, pues con una breve carrera se puso a la altura de su hermano menor. Caminaron en silencio hasta que hubieron llegado al templo, cerrado la puerta y, excepcionalmente, corrido el cerrojo.

-¿Qué es eso de "Padre Draucandir", Eithan? -explotó el hermano mayor, incapaz de retener la pregunta por más tiempo-. ¿Es por lo que pasó hace diez años?

Eithan asintió.

-Oficialmente, me reportaron como "desaparecido en combate". Si se supiera que estoy aquí, sería tachado de desertor. Me perseguirían y el nombre de la familia sería deshonrado. Ni tú ni yo queremos que eso pase...

Fue el turno de Elran de asentir. Comprendía la postura de su hermano. Entre las familias de la Corte Élfica el honor era algo fundamental: el crimen de un individuo se convertía en el crimen de toda la familia. Una deserción era algo que podía fácilmente provocar la caída de la Casa Elannon, que no podía presumir de contarse entre las favoritas del nuevo Rey Dagor.

-¿Qué te trae por aquí, hermano? -preguntó Eithan para romper el incómodo silencio-. Te hacía en el frente...

-El General Invierno se acerca con sus ejércitos de nieve y viento -respondió el otro-. Los dos bandos se preocupan más de acuartelarse para pasar los meses de frío que de lo que haga su adversario. Después de casi cuarenta años de guerra, nos contentamos con dejar transcurrir el invierno mirándonos desde nuestras respectivas fronteras antes que tener que combatir a la vez contra el enemigo y contra el clima. Eso hace que a algunos oficiales nos sea más fácil conseguir permisos. Sobretodo a los que tenemos una mujer esperándonos en casa...

Draucandir sonrió entre dientes.

-¿Y no deberías estar con ella en lugar de aquí? -preguntó, preocupado. Desde que le habían forzado a casarse con aquella princesita de los bosques, Elran nunca parecía haberse esforzado mucho por hacer funcionar su matrimonio. La guerra había contribuido a convertirles en prácticos extraños, por supuesto, pero Eithan tenía la sensación de que eso era algo que su hermano agradecía más que lamentaba.

-Bueno... pensé que, de camino, podía pasar y hacerte una visitita. Si es así como me lo agradeces...

-Elran, no trates de engañarme. Sé lo suficiente de la guerra como para darme cuenta de que el camino que va del frente a Sylvania pasa muy lejos de este pueblo perdido.

La sonrisa despreocupada del guerrero no mostró ni siquiera el más ligero temblor. Estaba acostumbrado a contar con la perspicacia de su hermano.

-Estoy de permiso, hermanito. ¿De verdad crees que no tengo nada mejor que hacer con mi tiempo de descanso que correr en línea recta hacia las garras de esa arpía?

El Padre Draucandir sacudió la cabeza, con aire preocupado.

-Espero que no vayas diciendo ese tipo de cosas por la Corte del Bosque.

-¡Oh, no! -rió Elran-. Antes me enfrentaría a todos los ejércitos de Kemdor armado con una cuchara de madera que agraviar en público a la hija de un integrante del Consejo. Mi vida allí no vale nada frente a sus influencias.

-¿"En público"?

-Sí. En privado, Seren y yo nos entendemos a la perfección: ella comprende que soy un cínico despreciable y yo me doy cuenta de que es una víbora sin corazón.

-¡Elran! -exclamó el menor-. ¡Esto es un templo!

-¡No me digas que los dioses van a escandalizarse por esto! Como si no hubieras oído las plegarias que les dedicamos en el frente... Si todavía fueras sacerdote de guerra, recordarías que no hay dos palabras que no estén unidas por un insulto o una maldición.

Eithan sacudió la cabeza de nuevo. Lo recordaba. Lo recordaba todo, perfectamente, con muchos más detalles de los que le hubiera gustado. A veces envidiaba la capacidad de olvidar de las otras razas.

-Aquello no podía considerarse sacerdocio, hermano. Recomponer soldados con el único fin de devolverlos a la lucha es más bien una carnicería.

-Una carnicería sin la cual ya habríamos perdido la guerra -rebatió el mayor.

-Lo sé -aceptó Eithan, cabizbajo. Le habría gustado decirle algo acerca de las tiendas en las que se trataba a los heridos, de cómo debían saltar de uno al otro, recomponiéndoles lo justo como para que pudieran volver a sostener un arma, sin tener en cuenta las secuelas que pudieran quedarles. En lugar de aquello, se limitó a responder-. Pero no es algo que deba hacer un sacerdote. Estamos ahí para aliviar el sufrimiento, no para prolongarlo.

-Eso depende de a qué dios adores...

-Tal vez a los clérigos del Señor de la Guerra les guste sembrar el caos y la muerte en honor de su dios, Elran, pero deberías imaginarte que una diosa a la que llaman "la Protectora" no debe de sentir excesiva alegría ante el sufrimiento de su pueblo.

Una sonrisa sardónica, forjada a lo largo de años de batallas, se dibujó en los labios del mayor. Era el tipo de respuesta que esperaba. Hizo una pausa antes de preguntar:

-¿Cuál es el símbolo de la protección, Eithan?

El menor frunció el ceño. Estaba acostumbrado a la retorcida dialéctica de su hermano, por lo que no le sorprendió que preguntara algo que era evidente. Puso los ojos en blanco y se limitó a seguirle el juego.

-El escudo.

-¿Y qué hace el escudo sino sufrir los golpes en lugar de su portador? -Elran lanzó su pregunta retórica con una indisimulable expresión de triunfo. Sin esperar ni siquiera a que su interlocutor asintiera, añadió-. Los soldados soportamos las penurias de la batalla, hermanito, no porque seamos especialmente masoquistas, sino para que las gentes a las que protegemos puedan vivir en paz.

El Padre Draucandir enarcó lentamente una ceja.

-Me sorprende tanto idealismo viniendo de ti.

-Bueno, esa es la teoría -admitió Elran, encogiéndose de hombros-. La cruda realidad es que sufrimos y morimos para que los acomodados cortesanos de Lyand y Sylvania puedan seguir manteniendo sus gordos traseros lejos de la guerra.

Una sonrisa divertida asomó a los labios del menor.

-Eso ya se parece más a lo que diría el hermano que yo conozco. -La sonrisa se borró por completo cuando añadió-: Y, ahora que has terminado con tu arranque de idealismo fingido, supongo que comprenderás que cuando me hice sacerdote no fue con el objetivo de mandar a mis fieles a morir y sufrir mutilaciones por un capricho de nuestro querido Rey Dagor y toda su maldita corte de Lyand.

-¡Eithan! -se burló el otro-. Esto es un templo.

Los ojos de Draucandir se clavaron en su hermano, entrecerrándose como si estuviera considerando la posibilidad de lanzarse sobre él y asesinarlo con sus propias manos.

-Todavía sigues enfadado con tu princesa, ¿eh? -añadió Elran, divertido ante el efecto que sus pullas causaban en el inocente de su hermano.

-No era mi princesa, Elran. Si hubiera sido una cosa tan absurda, nunca se habría casado con ese asesino. Lindir aún sería Rey.

-Y la guerra con Kemdor no habría estallado y yo tendría que soportar a mi mujer y a toda esa Corte de elitistas silvanos cada día del año. En el fondo ese Dagor me cae bien.

-No piensas lo que dices -afirmó Draucandir con gravedad.

-Realmente, no. Pero tienes que admitir que el chico fue listo: se quedó con la princesa y con el botín, se hizo nombrar Rey de Arthia y mandó a todo aquel que podía oponérsele a librar una guerra en la frontera más alejada de la capital. No sé qué cartas tenía, pero las jugó como un maestro.

-Elran, a veces me desquicias.

-Lo sé.

 

 
 
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Eithel

Nadie viajaba nunca por Yavedin de noche. Sin embargo, el bosque era lo suficientemente extenso como para que no todos los viajeros pudieran cruzarlo en una sola jornada. Esta era la razón de que la Posada del Camino, un bucólico edificio de madera, situado, como su nombre indicaba, a orillas del camino que atravesaba el bosque, en mitad de un claro, estuviera siempre llena.

La posada era llevada por una pareja de humanos de edad madura. Sus nombres eran Emile y Gillian. Se habían casado quince años atrás, pero no habían tenido hijos. Habían construido la posada ellos mismos, en aquel claro que se decía estaba protegido de los espíritus por una serie de montículos de piedras con extrañas runas druídricas grabadas que lo rodeaban. Llevaban más de diez años atendiendo y dando cobijo a los viajeros que eran sorprendidos por la oscuridad a mitad de camino.

Aquella era una noche especialmente tétrica. La espesura del bosque, con copas tupidas que tocaban unas con otras y apenas dejaban pasar la luz, troncos retorcidos en curiosas formas y matojos y matorrales creciendo por todas partes y haciendo el paso lento y difícil incluso a poca distancia del camino despejado, contribuía a reforzar la creencia popular del embruje de la zona. Sumemos a esto la lluvia que caía, los relámpagos que iluminaban por un instante las extrañas formas de los troncos, haciendo que al viajero le parecieran sombras amenazadoras escondidas por doquier, y los truenos ensordecedores y lograremos hacernos una idea de por qué aquella noche todas las ventanas de la posada estaban cerradas a cal y canto y nadie tenía verdaderas ganas de abandonar el calor y la luz del salón común para retirarse a dormir.

Tal vez por eso cuando, bien entrada la noche, se oyó tocar en la puerta, se hizo el silencio más absoluto. Todo el mundo pareció de repente haber quedado mudo y paralizado, excepto por los ojos, que se movían nerviosos de unos a otros, buscando tal vez consuelo, tal vez complicidad o tal vez sólo alguien más asustado que uno mismo.

Fue Emile quien, finalmente, se decidió a ir hasta la puerta. Al fin y al cabo aquello era una posada y, aunque era extraño que algún viajero llegara tan tarde, y más en una noche como esa, no sería la primera vez.

Todos los ojos lo siguieron mientras cruzaba la estancia, se dirigía a la puerta, la abría... y, con una exclamación de sorpresa y una apelación a los dioses, se agachaba para recoger algo y seguidamente entraba en el salón con una canastilla rudimentaria, hecha aparentemente de hojas y ramas verdes, donde podía verse con claridad, en su interior, un recién nacido. Como toda explicación, atado al asa había un trozo de tela donde alguien había escrito una sola palabra:

Tilion.

***

Dicen que el corazón de los unicornios está hecho para amar, que aman de una forma que las otras criaturas no pueden ni siquiera imaginar y que, si se viera privado de esa capacidad, un unicornio moriría.

Sin embargo, el corazón de Yssel, desgarrado y sangrante, no tenía ya más amor que dar. Había intentado mirar a los ojos de aquella pequeña criatura llamada Tilion, de la cual era el padre, y sentir algo de ese amor que en otro tiempo le había inundado las entrañas, pero todo cuanto había sentido era dolor, un dolor terrible, que lo atravesaba de parte a parte. Todo cuanto el niño era, todo cuanto hacía, era doloroso hasta más allá de lo imaginable, pues era incapaz de olvidar que por su culpa ya nunca más podría ver los encantadores ojos de Darsheeva.

Se vio forzado a reconocer que era incapaz de amarlo. Él, un unicornio, que se suponía que existía para amar, no podía sentir ni una pizca de amor por su propio hijo, porque su sola existencia le había arrebatado la criatura a la que pertenecía todo su corazón... y no se puede amar sin corazón.

Por eso lo abandonó. Por eso caminó esa noche mucho más lejos de lo que lo había hecho nunca, hasta el camino, las tierras que ocupaban humanos y elfos. Por eso dejó al niño a la puerta de la posada y la golpeó un par de veces con la pezuña. Y por eso, todavía con los ojos repletos de lágrimas, volvió a las profundidades del bosque, donde se dejó caer al lado del estanque que había sido testigo de todo su amor por Darsheeva, se acurrucó con la espalda apoyada en la tumba que él mismo había sellado, cerró los ojos y, acunado por la incesante canción de la cascada, se libró a un profundo sueño, del que no iba a despertar nunca más.

 

 
 
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Eithel
[Bueno, hace demasiado tiempo que no actualizo (exámeneeeees >_< menos mal que han terminado), de modo que me dedicaré a reciclar material antiguo. Ahí va la primera entrega]

Nadie que haya visto alguna vez un unicornio es capaz, por muchos años que viva o muy maltratada que quede su memoria por culpa de la senectud, de olvidar esa experiencia. Se dice que el recuerdo de tan maravillosa criatura queda alojado en el corazón de aquellos que lo ven, quienes lo añorarán cada día de sus vidas, buscándolo siempre inconscientemente, deseando en lo más profundo de su alma poder verlo de nuevo.

Sin embargo, nadie llega nunca a ver dos veces un unicornio...

...O eso dicen.

Yssel era un unicornio maravilloso: alto, orgulloso, de impoluto color blanco, que resplandecía nacarado con el sol, y una crin que parecía hilada en oro brillante. Vivía en lo más profundo del Bosque de Yavedin, del que se decía que estaba encantado, por lo que nunca nadie se había aventurado lo suficiente como para toparse con él.

Yavedin estaba situado en la frontera entre dos grandes reinos élficos, Arthia y Athraennor, lo cual era la razón de que existiera un camino que lo cruzaba de lado a lado. Este camino estaba bastante transitado, aunque sólo durante el día. Nadie se atrevía a viajar por Yavedin después de la caída del sol. Y aún menos a vagar lejos del camino, ya fuera día o noche.

Tal vez por eso, Yssel había dejado un poco de lado las precauciones que los unicornios suelen tomar para moverse evitando ser vistos u oídos. ¿Para qué, si nadie iba a acercarse, ni siquiera por error, al corazón del bosque, que creían poblado de espíritus y fantasmas?

Esa es la razón de que, cuando, al dirigirse un día a su rincón favorito -un pequeño estanque que se formaba al pie de una preciosa caída de agua- a beber y descansar un rato, fuera él el sorprendido al toparse con un par de ojos verdes que le contemplaban llenos de maravilla.

Pertenecían a una joven elfa, de apariencia hermosa, aunque algo salvaje. Sus ropas, a pesar de estar fabricadas con telas finas y de apariencia noble, estaban sucias y raídas; su cabello estaba enmarañado y salpicado de hojas y brotes que parecía haber renunciado a tratar de quitarse. Le contemplaba absorta, con los ojos brillando de emoción, iluminando un rostro orgulloso, pero que parecía al borde de la extenuación física.

Tal fue la sorpresa de Yssel, demasiado acostumbrado a la paz y el sosiego que le brindaba su particular residencia, que incluso acalló el instinto del unicornio de rehuir la presencia de otros seres. Se quedó totalmente inmóvil, igual de maravillado que ella, mirándola, preguntándose qué demonios hacía en ese lugar, tratando de imaginar la odisea que habría sido llegar hasta allí para alguien que parecía tan poco acostumbrado a la espesura como un buitre a la natación sincronizada, imaginando qué razones la habrían llevado a dejar su vida aparentemente acomodada para dirigirse a un bosque encantado y lleno de peligros que le eran totalmente extraños.

Tan abstraído estaba en dichas cavilaciones que apenas fue consciente de que ella, poco a poco, con cierta timidez, fue acercándose a él, hasta quedar frente a frente, dejando que la mirada se le perdiera en los cielos estrellados que eran sus ojos de unicornio, que a su vez no podían apartarse de aquel par de írises verdes que lo contemplaban con devoción casi religiosa. Tampoco reaccionó cuando, lentamente, ella levantó una mano temblorosa, con la que le acarició la frente y la crin.

El contacto lo sacó de su ensoñamiento. Era una caricia dulce, suave, repleta de ternura y de admiración, pero al mismo tiempo le hizo sentirse invadido. La intimidad de un unicornio es sagrada y el hecho de que una desconocida le hubiera robado una caricia como aquella le hizo poner a la defensiva. Se apartó bruscamente, retrocedió unos pasos sin perderla de vista, vigilando cualquier movimiento por parte de ella, y luego se dio la vuelta y se marchó en silencioso galope.

Tardó un buen rato en pararse, y, en cuanto lo hizo, deseó no haberse marchado. Ella había invadido su intimidad, sí, pero había sido un acto impulsivo, carente de mala intención. Y, en cambio, la dulzura que había sentido en sus ojos y en sus dedos era más que suficiente para conmover el tierno corazón del unicornio. No podía evitar perdonarla: al fin y al cabo, la culpa había sido sólo suya, por confiarse cuando debería haber ido con cuidado.

Se propuso que a partir de aquel momento vigilaría sus pasos, que no volvería a ser cogido por sorpresa. Sacudió la cabeza e intentó olvidar el incidente.

Pero no pudo.

El recuerdo de la elfa, de sus ropas rasgadas, su cabello enmarañado y su expresión exhausta -y también de sus ojos con brillos de esmeralda, de la ternura de sus manos y la maravilla de su gesto-, parecía haberse alojado en su cabeza y, por mucho que intentara ahuyentarlo, siempre volvía, una y otra vez, incansablemente, a ocupar el lugar que parecía pertenecerle.

A la mañana siguiente, cuando volvió a acercarse al estanque, ella estaba allí. Aquella vez había tenido cuidado de moverse con suficiente sigilo como para que ella ni siquiera pudiera intuir su presencia. Por lo que pudo ver, parecía que había encontrado un recoveco entre las rocas que pensaba utilizar como madriguera, o casa, o como fuera que los elfos las llamaran, y estaba reuniendo ramas y hojarasca para protegerla un poco de lluvia y viento y hacerla algo más acogedora.

Al día siguiente, volvió a verla. La observó a lo largo de semanas, siempre asegurándose de que ella no se percatara de su presencia. No tardó en hacérsele obvio que pensaba instalarse a vivir allí, quizás indefinidamente, alimentándose de lo que pudiera cazar o recolectar. Yssel, conmovido por las dificultades a las que tenía que enfrentarse la doncella, no tardó en comenzar a ayudarla subrepticiamente: usaba su magia para que crecieran frutos en las ramas de los árboles que sabía que ella miraría, apartaba las bayas venenosas de los alrededores del estanque, por si, ignorante de que lo eran, ella intentaba comerlas, recogía piedras y ramas partidas con formas que suponía que le serían útiles y las dejaba cerca de su campamento... Todo sin ser visto ni oído por la dama, que, sin embargo, sospechaba que tenía que haber una mano invisible tras aquella inexplicable cadena de casualidades que hacía que todo le fuera más fácil.

Incluso algunas noches, cuando ella se dormía, él se acercaba y se acurrucaba a su lado, teniendo siempre cuidado de despertar con el primer rayo de sol y marcharse antes de que ella abriera un ojo. Podría haber seguido viviendo de aquella forma durante meses, o incluso años, pero ya hacía tiempo que se había convencido de que no tenía que esperar nada malo de ella y la curiosidad superó las últimas reservas.

Yssel usó un poder que rara vez ha usado unicornio alguno, a pesar de que todos lo poseen por naturaleza. Cambió radicalmente de apariencia, adoptando la forma de un miembro de la misma raza que la doncella: un elfo, aunque de inusitada belleza, incluso para los elevados cánones de éstos. Su piel, excepcionalmente pálida, parecía desprender una tenue luz de puro color blanco; su cabello, una melena larguísima que le alcanzaba hasta por debajo de la rodilla, tenía el mismo color dorado que su crin; y la luz que brillaba en sus ojos iluminaba sus hermosas facciones con una belleza que iba más allá de lo físico.

Con esta forma, se acercó a ella, decidido a conocer de una vez por todas la historia de la elfa.

Cuando ella lo vio, no dijo nada. No obstante, un gesto de comprensión afloró a su rostro. Permaneció largo rato contemplándolo en silencio, como si no hubiera ninguna otra cosa en el mundo que mereciera más la pena hacer, y al final bajó por un instante los párpados, como si intentara encerrar así la imagen en el interior de su mente. Cuado volvió a abrirlos, pronunció:

-Has decidido mostrarte... de nuevo.

El unicornio asintió, serenamente. Había permanecido todo aquel tiempo perfectamente inmóvil, callado, decidido a respetar el momento de ella.

-Mi nombre es Yssel, mi dama. Hace tiempo que nos conocemos...

-Nadie me habla así, ya -confesó ella, bajando la mirada, con un deje de melancolía-. Ya no soy una dama -explicó, encogiéndose de hombros, al tiempo que volvía a levantar los ojos hasta los de él-. Llámame Darsheeva.

En aquel y posteriores encuentros, Darsheeva le contó su historia. En otro tiempo había sido la única hija de una familia noble de gran peso en Arthia. Sin embargo, había cometido un crimen, un crimen que la había obligado a buscar refugio en aquellos bosques, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Se había escapado de casa, el día antes de su boda, con la intención de no volver jamás.

Al parecer, sus padres habían intentado casarla con un hombre al que odiaba, muy bien situado, eso sí, y un excelente partido. Darsheeva, de corazón fuerte y luchador, se había negado a ello con todas sus energías, pero no había podido hacer nada por evitar una boda que todos deseaban menos ella. Finalmente, había optado por escapar. Prefería tener que vivir toda su vida en aquel bosque, libre, que en un palacio lleno de lujos y maravillas, donde estaría encarcelada y sometida a un marido por el que sentía de todo menos amor.

A lo largo de su relato, muchas veces la fuerza de los recuerdos la abrumaba, haciendo que las lágrimas acudieran a sus ojos. Le contó como había cruzado el reino escondiéndose de las patrullas de soldados que la buscaban para devolverla a su casa y al que debía ser su marido, como habían estado a punto de dar con ella miles de veces, como, con ellos pisándole los talones, había comenzado a internarse en el bosque, a modo de último recurso, como alguien como ella, que jamás había abandonado la comodidad de las ciudades o los palacios ajardinados, había sufrido las inclemencias de la espesura salvaje, como había pasado hambre, sed, extenuación, como había tenido que aprender a evitar los animales peligrosos y a ignorar el dolor de sus extremidades para poder seguir adelante, siempre adelante, hasta aquel día que, habiendo encontrado un estanque donde saciar su sed, un increíble unicornio se apareció frente a ella.

Todo esto lo escuchaba Yssel con el corazón en un puño, lleno de respeto y admiración por la fortaleza de la dama que tenía enfrente. A menudo, cuando la claridad del recuerdo hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas y que su voz temblara, él la rodeaba con sus fuertes brazos de unicornio para aliviar sus penas. Con el tiempo, los sentimientos que había dentro de ambos afloraron y los abrazos dieron lugar a los besos, y los besos... a otras cosas.

No pasó mucho tiempo antes de que Yssel pudiera sentir con toda claridad la nueva vida que florecía en las entrañas de Darsheeva. Ella, con sus sentidos de madre, lo había percibido incluso antes que el unicornio. Decidieron llamarlo Tilion, que en la lengua de los elfos significa Hijo del Cuerno.

Pero algo ensombrecía su felicidad. Se trataba de un hecho apenas perceptible al principio, pero que fue aumentando gradualmente de intensidad a medida que avanzaba el tiempo, hasta hacerse abrumadoramente obvio al final: Darsheeva se quedaba sin fuerzas.

Al principio, lo consideraron normal: Darsheeva se fatigaba con facilidad, a pesar de que comía mucho más del doble de lo que acostumbraba y apenas realizaba esfuerzos. "Necesitas energía para dos", había dicho él, restándole importancia. Sin embargo, con el tiempo, la elfa palideció. Las fuerzas la abandonaron hasta el punto en que apenas podía hacer nada que requiriera más energía que permanecer de pie... y, finalmente, ni siquiera eso. Él la ayudaba, cazaba por ella, la mantenía siempre abrigada y trataba de aliviar su mal como bien podía, pero poco había que consiguiera mejorar. Darsheeva se consumía desde dentro. Y creía saber la causa de ello.

El nacimiento de Tilion señaló el punto final en la vida de Darsheeva. Su corazón la había mantenido viva, por amor maternal, hasta mucho después de que sus fuerzas se agotaran, sólo por el bien de su hijo. Cuando este nació, los ojos de ella se cerraron, su cabeza cayó lánguidamente hacia atrás y su corazón dejó de latir. Había librado al niño toda la energía que habría necesitado para vivir los cientos de años que le quedaban y, como la llama mortecina de una vela que se ha consumido enteramente, titiló por un instante y se extinguió, dejando el mundo del unicornio a oscuras.

Yssel lloró amargas lágrimas por la muerte de su amada. Siempre había oído que el amor de los unicornios hacia aquellos que no son de su propia raza es puramente platónico. Jamás le habían explicado por qué, pero el cadáver que ahora acariciaba, como si ella aún pudiera sentirlo, no dejaba lugar a dudas acerca de cuál era la razón de aquello.

Con el corazón desgarrado, cubrió de rocas la entrada del habitáculo que ella había encontrado a orillas del estanque, donde habían vivido todo aquel tiempo en un paraíso que acababa de ser arrasado por las llamas. Pronunciando unas palabras arcanas, selló aquellas piedras para que nadie jamás pudiera separarlas, envolvió al niño entre telas y, volviendo a adoptar su verdadera forma, lo sostuvo entre los dientes, dio media vuelta y se marchó de allí. Cuentan que en cada lugar donde cayó una de sus lágrimas ahora brotan preciosas flores de los más increíbles colores, que resplandecen tanto en verano como en invierno.

 
 
 
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Eithel
13 May 2008 @ 09:11 pm

5 de febrero de...

¿Recuerdas cuando éramos pequeños y jugábamos en estos prados? Todo nuestro universo éramos entonces tú y yo. Tú y yo y los adultos. Tú y yo y el mundo exterior. Tú y yo y el resto de cosas accesorias.

Éramos felices.

¿Cuántos años han pasado? ¿Ocho? ¿Diez? No recuerdo cuántos teníamos. Para mí no has cambiado nada. Es decir, has crecido, tus hombros se han ensanchado y te ha salido barba, pero cuando miro atrás te veo siempre con el rostro que tienes ahora, en lugar de con el de entonces. Es extraño. Sin embargo, lo mismo me ocurre con mi propio recuerdo: nos imagino corriendo por los pastos, años atrás, y me resulta imposible borrar de la escena mis nuevas formas de mujer. Es curioso como la mente funciona...

A los adultos siempre les parecimos muy divertidos. ¿Recuerdas cuántas veces llegaron a preguntarnos si éramos novios? Yo siempre me hacía la loca y evitaba responder la pregunta. Sabía que, si estabas cerca -y siempre lo estabas-, ibas a ser tú quien respondiera "no" con toda la seguridad del mundo.

Nunca me dolió la negativa. Lo que me dolía era aquella firmeza rotunda; que estuvieras tan seguro de que no pudiera suceder.

A menudo deseo que ese tiempo hubiera durado para siempre. Sólo tú y yo. Jugando tan pronto a ser caballeros y princesas, como piratas, como intrépidos aventureros, buscadores de tesoros o cualquier cosa que alcanzara nuestra imaginación, pero siempre tú y yo. Tú y yo compartiéndolo todo. Sólo tú y yo. ¡Suena tan bien! No me cansaré de repetirlo.

Pero no hay nada más cruel que el tiempo. Implacablemente, inexorablemente, transcurrió, silencioso, forzándonos a crecer sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo. Nadie nos preguntó si queríamos hacerlo o si preferíamos seguir siendo niños. A nadie se le ocurrió que tal vez prefiriéramos vivir en ese pequeño mundo para siempre...

Crecimos, sí. Y eso conllevó algo que había temido desde el principio: que te fueras alejando de mí. No hubo gritos, no hubo discusiones ni escenas de lágrimas. No eran necesarios. Sabía muy bien cuál era mi lugar, sin necesidad de que ninguna experiencia desagradable me pusiera en él. Era obvio que lo que sentías por mí no era lo mismo que yo sentía por ti. Lo sabía desde que éramos pequeños, desde la primera vez que escuché esa rotundidad hiriente en tu negativa. A pesar de eso, aquello no lo hacía menos doloroso; sólo ineludible e inalterable, como el Hado de una tragedia griega.

Sabía que no había nada que yo pudiera hacer para cambiar eso. Sabía que jamás llegarías a quererme como yo te quería. Pero nunca tuve la fuerza de voluntad necesaria para apartarme de tu lado. Prefería darte todo cuanto podía en los escasos ratos que aún tenías para mí e imaginar que algún día abrirías los ojos y me querrías y todo volvería a ser como en los dulces días de nuestra infancia. Sólo tú y yo. Queriéndonos, amándonos en algún lugar alejado del mundo hostil en que nos hicimos mayores. Sólo tú y yo.

Tú y yo...


17 de marzo de...

"Una amiga". Esto es lo que soy para ti. Así me has presentado hoy a la chica esa de melena espectacular y sonrisa falsa de la que no eres capaz de apartar los ojos. "Una amiga", una simple, una vulgar amiga, una más entre tantas...

¿Dónde han ido las incontables tardes que pasamos juntos? ¿Y las horas enteras que pasé escuchándote atentamente mientras tu imaginación volaba libre, muy lejos de mí? ¿Y nuestros juegos? ¿nuestras historias? ¿nuestros sueños? ¿Todo eso no merece ser llamado por algo más que por un simple "una amiga"? ¿O acaso temes que la muñeca de porcelana esta que te tiene cautivado se sienta atacada por el hecho de tener que compartirme contigo? Pues bien, ya se puede ir acostumbrando, porque me niego a ser sólo "una amiga". Soy yo, soy tu amiga, y no pienso renunciar a ti así de fácilmente.

Veremos lo que ocurre...


2 de mayo de...

¡Estoy harta de la chica de porcelana esta! ¡Harta! ¿Es que no te das cuenta de que no te valora en absoluto? ¿Es que no ves que ni siquiera te escucha? Para ella no importa lo más mínimo lo que tengas que decirle: sólo eres otro chico mono que ha caído prendado por sus encantos. Ni siquiera se ha detenido a mirar cómo eres por dentro: no tiene ninguna relevancia. Lo único que ella tiene que hacer es limitarse a asentir y poner caritas monas mientras tú hablas, reírse cuando haces una pausa y desviar el tema hacia lo guapo y listo que eres si le haces alguna pregunta que no entienda para tenerte contento. ¿Pero cómo puedes estar tan cegado por una cosa así de insulsa? No puedo entenderlo, amor mío, no puedo entenderlo...

No te estoy pidiendo que la dejes por mí. Ya sé que eso no ocurrirá y que tengo que acostumbrarme a que salgas con otras chicas, pero... ¿es necesario que sean chicas así? ¡Por Dios, cariño! Seguro que podrías encontrar algo mejor sin buscar mucho... algo más acorde con lo que te mereces. Aún recuerdo los celos que sentí la primera vez que te vi besar a otra chica -­no era la primera vez que lo hacías, por supuesto­- y no pueden ni compararse a la rabia que me invade cada vez que te veo poner esa cara de cordero muerto cuando ella baja de su pedestal en el cielo y se digna a mirarte. Es exasperante. Exasperante hasta extremos que nunca pensé que fueran posibles.


22 de junio de...

Amarga victoria. Tu querida será tonta perdida, pero de zorra también tiene un rato. Y un rato bien largo. Le ha faltado tiempo, en cuanto la he dejado en evidencia, para correr a refugiarse entre tus brazos. ¡Maldita sea! ¡Parece que lo haya hecho aposta! ¿Es que acaso se ha dado cuenta de lo que siento por ti? ¿Sabía al hacerlo el daño que me haría? Sí, estoy segura de que sí. Su única intención era devolverme el golpe, hacerme sufrir sin que tú lo notaras... ¡Maldita víbora! ¡Cómo la odio! La odio con todas mis fuerzas... ¡Si supiera cómo abrirte los ojos!


25 de agosto de...

Cada vez estoy más convencida: tengo que hacer algo por ti. Me consumo viéndote malgastar tu vida al lado de la inutilidad en persona. Al principio no me atrevía a aceptarlo, pero poco a poco me voy haciendo a la idea: soy tu amiga, debo ayudarte, debo sacarte de este encantamiento en el que te tiene atrapado semejante bruja. Aunque no quieras salir de él. Aunque te duela... Sé que debo hacer lo mejor para ti. Eso es lo que hacen las amigas, ¿no? Y yo soy "una amiga", tu amiga, en realidad... Y la más fiel que puedas encontrar.

Tengo que pensar un plan. No me da miedo hacer lo que tenga que hacer: sé que, igualmente, no lo entenderás. Incluso es bastante probable que termines enfadándote conmigo. No importa: sé cómo eres, lo acepto. Sé que nunca valorarás nada de lo que te ofrezca o haga por ti. Nunca lo has hecho. Y, aún así, te quiero. Te quiero mucho más de lo que nunca podrá quererte esa muñeca sintética de ojos de pez. Y aceptaré las consecuencias que se deriven de mis acciones, por dolorosas que sean, sabiendo que lo hice todo por tu bien, por... por amor.


3 de octubre de...

Ya está hecho. Todo ha salido como estaba planeado. Ella ya no puede hacernos daño, mi vida. Ellos -la policía, tus padres, los míos...- no lo entienden. No comprenden que tenía que hacerlo, que no podía dejar que las cosas siguieran así... Tú sí lo harás. Sé que algún día, tarde o temprano, abrirás los ojos y comprenderás que lo hice todo por ti. Entonces te dará igual lo que digan ellos, o cualquier otro que se atreva a juzgarnos, me perdonarás y me querrás. Y, ese día, volveremos a ser tú y yo de nuevo. Solos tú y yo.

Esperaré lo que haga falta, mi amor. En esta celda de aislamiento tenemos todo el tiempo del mundo. Es pequeña, lo sé, pero no necesitamos mucho más teniéndonos el uno al otro. Me siento feliz sabiendo que ya nadie puede arrebatarte, que me perdonarás y seremos tú y yo, para siempre, de nuevo, y que nada en el mundo podrá interponerse entre nosotros.

Te quiero, cariño, y no permitiré que nunca nadie nos separe.

Por eso te comí.

 
 
 
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Eithel

-El Rey Lindir murió -explicó Drelliane. Habían pasado casi tres semanas desde su llegada a la Ciudad de Hielo, pero ni el Príncipe parecía haberse cansado lo más mínimo de sus relatos sobre su propia infancia o el mundo exterior ni ella de los de él acerca de tiempos pasados-. Ocurrió menos de dos meses después de la boda de su hija. En las crónicas se escribió que fue un accidente de caza, pero lo cierto es que nadie supo explicar nunca qué clase de accidente le llevó a caerse solo del caballo, con un cuchillo clavado entre los omóplatos.

El Príncipe bajó la mirada, incómodo. Drelliane nunca terminaría de acostumbrarse a aquella particular sombra que nublaba su impecable candidez en cada ocasión en que ella le desvelaba alguna muestra de la crueldad del mundo. Aquella turbación no dejaba de divertirla, pero también le causaba un incómodo sentimiento de culpa que no conseguía ignorar por completo.

-La ley de Arthia era clara al respecto -siguió explicando-: muerto el rey sin hijos varones, la corona pasaba al hombre con quien se había casado su hija...

-Lord Dagor Aenarion -asintió el Príncipe, recordando el episodio que ella misma le había contado poco antes.

-Exactamente. El Rey Dagor, aún en el trono, no puede decirse que esté siendo uno de los más amados de la historia de Arthia. Fue él quien reabrió la guerra en el Este, dotó a los Cruzados de poder y privilegios sin precedentes y les autorizó a practicar la Caza de Brujas.

-¿No me dijiste que los Cruzados se crearon para proteger Arthia de los demonios y criaturas de la Oscuridad? ¿Qué tiene que ver eso con las brujas?

Drelliane se encogió de hombros, con una mueca de disgusto.

-Supongo que alguien decidió que nosotras también éramos criaturas de la Oscuridad...

-A mí no me pareces eso... -protestó el Príncipe, en un tono tan indignado y tan rotundo que hizo que Drelliane tuviera que contenerse para no espachurrarlo en un abrazo, como si de una muñeca de trapo se tratara. En lugar de eso, desvió la mirada y siguió relatando con una sonrisa a medio reprimir.

-Desde su nacimiento, la Orden de los Cruzados había tenido una fuerza notable, pero su influencia había sido siempre mantenida a raya por el poder de la corona. Desde el ascenso de Dagor, sin embargo, los Cruzados y la corona eran una sola cosa. Sin nadie que les controlara, se proclamaron a sí mismos los guardianes y defensores de los elfos contra cualquier peligro, incluso aquel que pudiera provenir de la propia Arthia.

-¿Por qué habían de ser las brujas un peligro? -cuestionó el Príncipe.

-A los elfos no les gusta que las otras razas usen la magia -respondió Drelliane-. Tienen demasiado presente lo que sucedió durante la Secesión Nigromántica... aunque me temo que han olvidado que algunos de sus principales instigadores fueron precisamente elfos.

-¿La Secesión Nigromántica?

-Ocurrió hace varios siglos, cuando todo el continente se dividía en sólo tres naciones: Edhellion, Arthia y Athraennor.

-¡Eso ya me lo contaste! -exclamó el Príncipe, sonriendo con la felicidad de un niño que se sabe la lección-. La Paz Élfica -anunció, satisfecho.

-Correcto -asintió ella, sonriendo con ternura. Todavía no se acostumbraba a la facilidad con que el humor de su anfitrión cambiaba por completo ante sus solas palabras-. Los tres reinos estaban gobernados por elfos de distintas razas, y los tres convivieron en armonía durante poco más de dos mil años, mientras en el resto de continentes los seres de vida más corta continuaban peleándose por la existencia. Pero la Secesión Nigromántica ocurrió al final de la Paz Élfica, y, si bien no puede achacársele la entera culpa de ello, muchos creen que contribuyó a precipitarlo.

-¿Qué ocurrió?

-Durante los dos milenios de paz, cada uno de los reinos aprovechó para florecer a su modo. Athraennor, el más grande y poderoso de los tres (en realidad, incluso más grande que los otros dos juntos), se desarrolló especialmente en el campo de la magia. A lo largo de toda su frontera se construyó un cierto número de torres dedicadas a los estudios arcanos, cuya función era desarrollar las posibilidades de esa nueva disciplina, así como formar a nuevos hechiceros. Las fundaron elfos lunares, la raza dominante en Athraennor, pero aceptaban entre sus filas a cualquiera que demostrara talento y voluntad, sin importar su raza, origen, clase o religión. Fueron las primeras escuelas de magia de las que se tiene memoria en nuestra era y también la primera vez que los elfos aceptaron compartir sus artes con el resto de razas... y desgraciadamente también la última.

El Príncipe asintió en silencio. Hacía un par de semanas le había contado que, en el tiempo anterior a la Primera Invasión, el mundo bullía de magia y casi todas las criaturas sabían beneficiarse de ella en mayor o menor medida. Ambos se habían maravillado juntos de que los dramáticos sucesos que llevaron al fin de aquella era consiguieran borrarla casi por completo de la faz del mundo y convertir lo que hasta entonces había sido una habilidad natural, como lo eran el correr o el hablar, en una ciencia difícil e intrincada, al alcance de unos pocos.

-La más importante de todas las torres -siguió explicando Drelliane- era aquella en que se reunían los estudiosos de los procesos de la vida y la muerte. Se llamaban a sí mismos los Nigromantes y entre sus mayores objetivos se hallaba la búsqueda de la inmortalidad.

Esta vez, el Príncipe frunció el ceño, confundido.

-Pero... los elfos ya eran inmortales, ¿no?

La bruja negó con la cabeza.

-Los elfos no envejecen, ni mueren por esa causa, pero sí pueden ser asesinados o sufrir muertes violentas y no hay nada a lo que teman más. Precisamente una de las razones por la que la Paz Élfica duró tanto es porque a ningún elfo le hace gracia ir a la guerra cuando tiene tanto que perder. El precio de la eternidad es tan alto que siempre terminaban prefiriendo ceder y aceptar la solución pacífica.

-¿Por qué se rebelaron entonces los Nigromantes? ¿Descubrieron la inmortalidad?

-No exactamente -respondió Drelliane, mordiéndose el labio inferior, sin saber muy bien cómo abordar el tema-. Descubrieron a los Otros Dioses.

Durante unos incómodos instantes, el Príncipe abrió la boca sin emitir sonido alguno.

-No es necesario que sigas -dijo al fin, abatido, desviando la mirada al suelo-. Puedo imaginarme el resto de la historia...

La joven bruja se mordió el labio inferior, buscando la forma de continuar. Por primera vez desde que había comenzado la narración, su voz sonó rota y velada, como si le costara trabajo expulsarla fuera de su garganta.

-Los Nigromantes alzaron un ejército de no-muertos contra los Reinos Élficos. Edhellion y Arthia resistieron más o menos bien, pero Athraennor, dividido por luchas internas, sufrió cuantiosas pérdidas antes de que la rebelión fuera contenida y se llegara a una situación de equilibrio. Sin embargo, ya no había vuelta atrás: la magia de la muerte había convertido lo que un día habían sido prados fértiles en una ciénaga maldita en la que los cadáveres no descansaban. Hasta día de hoy, no se sabe de ningún vivo que haya podido internarse en ella, y mucho menos llegar hasta la Torre de la Nigromancia. Algunos han intentado acercarse por mar, pero tampoco se sabe de nadie que haya regresado.

-Entonces, ¿qué fue de los Nigromantes?

-¿Quién sabe? Parte de ellos fueron convertidos en liches, otros en vampiros... Muchos no se resignaron a dar por terminada la guerra y siguen intentando dominar el mundo de los vivos, otros fueron exterminados por la recién nacida Orden de Cruzados o por sus antiguos compañeros magos de Athraennor... Incluso es posible que algunos continúen con sus estudios sobre la muerte como si nada hubiera pasado en el mundo exterior. Por descontado, no seré yo la que se arriesgue a ir a preguntarles...

-¿No le estás cogiendo gusto a esto de desafiar a la muerte? -preguntó el Príncipe Blanco, divertido, fijando en ella aquellos ojos suyos de cristal.

-Sólo cuando vale la pena -respondió ella, guiñándole un ojo para dedicarle, a continuación, una de sus mejores sonrisas.

 
 
 
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Eithel
04 April 2008 @ 07:24 pm

De entre todos los pretendientes rechazados por la princesa Lillian, había uno -sólo uno- que jamás se había resignado. Amaba a la princesa sin ser correspondido desde hacía décadas, y las repetidas negativas de la doncella no habían hecho más que avivar aquel fuego que ardía sin control en el interior de su pecho. Su nombre era Dagor y había sido Paladín Supremo de la Sagrada Orden de los Cruzados desde hacía cuatro siglos.

El nombre de Dagor era conocido en todo el reino con respeto y veneración, pero nunca con amor. Había entregado toda su vida a luchar contra los peligros que amenazaban Arthia, lo cual le había traído gloria y admiración, mas era orgulloso y severo, y duro de corazón. Sin embargo, amaba sinceramente, a su propia y desesperada manera, a la princesa, a la que había dedicado su entrega constante desde el primer día que sus ojos se posaron en sus delicados rasgos, sin que eso le acarreara un progreso notable hacia la consecución de su objetivo.

La devoción infatigable de Dagor hacia la princesa le había hecho correr peligro -sin que él ni siquiera fuera consciente de ello- en varias ocasiones con anterioridad, cuando insistía en verla hasta tarde y ella apenas alcanzaba a deshacerse de él antes de que el sol se pusiera y la luna llena se levantara en el cielo. En aquella ocasión, sin embargo, a punto estuvo el paladín de perder la vida.

Las estancias de la princesa se hallaban sorprendentemente apartadas del resto del castillo, sus muros eran gruesos y su puerta podría haber resistido el embate de un ariete incluso mejor que la de la entrada. Esto debía ser así, puesto que, en las noches en las que la maldición actuaba, el monstruo en el que se convertía montaba en una temible cólera gritando y rugiendo y destrozando todo cuanto hallaba a su paso con una fuerza sobrehumana.

En mala hora, a Dagor se le ocurrió la idea de trepar en secreto por la ventana de Lillian, para seducirla a solas y en mitad de la noche. No se resistiría... y, si se resistía... en fin, él era más fuerte.

Poco a poco, aquella idea fue ganando peso en su mente, hasta convertirse en una verdadera obsesión. Fue entonces cuando decidió llevarla a la práctica.

Quizás se habría salido con la suya, si hubiera elegido mejor la noche, si no hubiera habido luna llena. Su luz plateada bañaba el mundo, fría y ajena a todo cuanto se sucedía sobre su superficie. Lord Dagor levantó la cabeza, para mirarla. Tal vez habría tenido que elegir una noche sin luna, para tener el amparo de la oscuridad... De todos modos, no importaba: aquella zona del castillo siempre estaba sorprendentemente vacía... Y, además, era absolutamente incapaz de esperar otro día. Tenía que hacerlo, y tenía que hacerlo ya.

Balanceó su cuerpo para llegar a la repisa de otra ventana con la mano, tratando de no mirar abajo. No era un ascenso fácil, aunque las plantas trepadoras que crecían en toda la parte interior del castillo permitían una escalada que, en otro caso, habría sido prácticamente imposible (o, al menos, muy digna de mérito).

Sólo unos metros más lo separaban de la ventana de su princesa deseada, sólo un ligero esfuerzo...

Finalmente, consiguió llegar hasta su objetivo. Sus brazos entrenados no tuvieron ningún problema para levantar el peso de su cuerpo y, con un ágil movimiento, entró en la estancia.

La alcoba de la princesa estaba a oscuras, pero la luz que entraba por la ventana, aunque débil, era suficiente para sus ojos élficos. Cautelosamente, se acercó hasta la cama... y lo que vio lo dejó sin aliento.

Los ojos de la princesa, aquellos dos preciosos ojos verdes que no podía quitarse de la cabeza ni siquiera en el fragor de la batalla más cruenta, lo observaron por un momento, asustados y repletos de lágrimas, desde un cuerpo que no era el de Lillian, sino el de un monstruo horrible, grande y peludo, con facciones marcadamente lupinas, como si un lobo salvaje hubiera crecido hasta el tamaño de un hombre y hubiera aprendido a andar sobre dos patas. Lord Dagor ya había visto antes cuerpos como aquel: era un licántropo... y en plena transformación, además.

Lo último que cambió fueron los ojos. Durante unos pocos momentos, pudo leerse en ellos una súplica silenciosa, que sus mandíbulas transformadas ya no podían pronunciar, para luego extinguirse de su seno toda señal de humanidad: se volvieron fríos y salvajes, totalmente desprovistos de razón o piedad, o cualquier emoción que no fuera la sed de sangre.

Lo único que Lord Dagor pudo hacer fue desenvainar su espada y encomendarse a los dioses. Ya se había enfrentado a licántropos antes, pero siempre había llevado su armadura y contado con la ayuda de otros miembros de la Orden. Ahora, sin embargo, se hallaba desprovisto de ambas cosas, en la misma habitación que uno de ellos, y sin escapatoria posible, puesto que tanto intentar abrir la puerta atrancada como tratar de salir a través de la ventana implicaría ofrecer al monstruo unos momentos de vulnerabilidad que sin duda resultarían fatales.

Como esperaba, la bestia en la que se había convertido su bella se abalanzó violentamente sobre él, atacándolo con colmillos y garras. Sus ataques eran tan rápidos y tan fuertes que una compañía entera de soldados habría tenido dificultades para sobrevivir. Sin embargo, el paladín los resistió con estoica heroicidad, uno tras otro, durante horas. Aquella fue sin duda la noche más larga de su vida.

Al amanecer, los encontraron yaciendo, cada uno, en un rincón opuesto de la habitación. Lillian estaba pálida y temblaba de miedo y de injusta culpabilidad, mientras que Dagor sangraba por varias heridas de importancia y al borde estuvo de la muerte. Los médicos del rey, únicos conocedores de la enfermedad de la princesa, aparte de ella misma y el propio Rey Lindir, tuvieron que usar todas sus artes para salvarle la vida.

Lindir fue a ver a Lord Dagor hacia el final de su recuperación, cuando ya se encontraba fuera de peligro. Primero lo abofeteó y luego le hizo jurar que bajo ningún concepto desvelaría jamás aquel temible secreto.

-Por supuesto, mi rey -respondió Dagor, con la sonrisa de quien ve llegar un momento con el que ha soñado durante mucho tiempo-. Pero con una condición...

Apenas un mes más tarde, las campanas repicaban y la ciudad teñida de fiesta gritaba y aclamaba a su nuevo príncipe. Lord Dagor Aenarion, Paladín Supremo de la Sagrada Orden de los Cruzados de Arthia, acababa de desposar -al fin- a su amada princesa.

 
 
 
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Eithel
04 April 2008 @ 12:34 am

Las espadas silbaban y se entrechocaban a tanta velocidad que la batalla era más perceptible al oído que a la vista. Ambos contendientes eran marcadamente diferentes en cuanto a la silueta, pero más y más parecidos como más se centraba el examen en los detalles: uno de ellos era alto y estilizado, de porte señorial y gesto sereno, mientras que el otro era algo más bajo, atlético y juvenil, y carecía de la fría seguridad con que el primero manejaba el arma. Sus nombres eran respectivamente, Elran y Eithan, y su apellido era el mismo: Elannon.

La espada del más joven, Eithan, fue apartada con fuerza por un golpe certero. Pese a que su mano no llegó a soltar la empuñadura, el golpe fue suficiente para que el chico no pudiera responder al ataque siguiente, que concluyó con la espada de Elran a pocos milímetros de la piel de su cuello.

-Mira a los ojos de tu oponente, no a su arma -le aconsejó, sonriendo burlonamente-. Su arma nunca te mostrará sus verdaderas intenciones.

Eithan asintió, pero sus ojos, en contra de lo que éste mismo le estaba indicando, no enfocaban los de su oponente, sino que miraban lejos por encima de su hombro, a la figura femenina sentada en la fuente. Un gato -una gata, de hecho- remoloneaba dulcemente en su falda, acariciada por gráciles dedos.

Las puntas de la sonrisa de Elran se curvaron fugazmente hacia arriba. Este fue el único signo visible que dio de reconocer la dirección de la mirada del otro muchacho.

-La princesa Lillian... -comentó, divertido-. Apuntas alto, hermanito.

Nadie entendía por qué la princesa Lillian no había encontrado marido aún. Había entrado en la edad de casarse antes de que Elran o Eithan nacieran y las princesas -y aún menos las de belleza tan reconocida como la de Lillian- no solían demorar mucho tal enlace.

La razón de todo aquello era que la princesa escondía un oscuro secreto: desde su más tierna infancia, cuando recibió un mordisco de una bestia salvaje, había estado afectada de licantropía. Mientras por el día era una jovencita dulce y de buen corazón, las noches de luna llena se convertía en una máquina de matar sin freno ni razón. Los médicos de todo el reino trabajaban sin cesar para encontrar una cura para la princesa, pero, mientras tanto, ella debía rechazar con excusas cualquier pretendiente que se le presentara.

Eithan se sonrojó visiblemente, incluso a pesar de la natural habilidad élfica para ocultar los propios sentimientos. Su contendiente pareció divertido ante tal reacción y, como solía hacer desde que ambos eran niños, se burló de él:

-Siempre has sido un romántico incurable...

-Y tú un cínico sin remedio -respondió el otro, devolviéndole la atención.

-Si estuvieras prometido desde el día en que naciste con una señora de Edhellion a la que no has visto en tu vida, tú también serías un cínico, mi querido hermano. Tienes suerte de no ser el primogénito...

El menor calló ante estas palabras, no encontrando nada que decir. Lo cierto era que por nada del mundo le habría gustado cambiar el orden de nacimiento con su hermano Elran. Su prometida era bella e influyente, hija de un respetado miembro del Consejo del Bosque y, por lo que sabía, una de las más deseadas jóvenes de entre los elfos silvanos. Sin embargo, la idea de desposarse por motivos políticos, como eran el estrechar la relación entre las siempre distantes familias nobles de Arthia y Edhellion, sencillamente le repugnaba, y hacía que admirara la cínica resignación con que se lo tomaba su hermano.

-¡Otra vez! -exclamó este último, asiendo con fuerza su espada y lanzándose contra Eithan antes de que tuviera tiempo de salir de su ensimismamiento y prepararse para recibir el ataque. Su instinto tomó las riendas de la situación, eligiendo el curso de acción que más estúpido parecía: sin soltar la espada, el hermano menor cruzó las manos frente a su cuerpo y se inclinó hacia atrás.

La espada de Elran se detuvo con un ruido sordo. En contra lo que habría podido esperarse, no le había cortado un brazo, sino que había quedado bloqueada a mitad de su trayectoria por alguna clase de barrera invisible. Eithan respiró hondo.

-Veo que tus reflejos aún funcionan -rió Elran, dando unos suaves golpecitos con el arma en la barrera que se había creado entre su hermano y él. Por muchas veces que lo hubiera visto, nunca dejaría de sorprenderle-. Pero eso queda fuera de las reglas: no puedes usar tus malditos poderes de sacerdote en un duelo de espadas.

-Sabes que no soy un guerrero, Elran. Si los dioses hubieran querido que manejara las armas mejor que tú o que sucediera a papá como Caballero de la Corte, me habrían hecho nacer a mí primero...

-Y entonces estarías prometido con una damisela silvana y no habrías tenido ninguna posibilidad de llevarte a la princesa -respondió el otro, recuperando su habitual tono burlón.

-Tampoco la tengo ahora...

Elran enfundó su espada, sucedido por Eithan, a quien cogió por los hombros con fuerza y obligó a caminar hacia el edificio principal del castillo. El camino pasaba por el lado de la fuente.

-Qué iluso eres, hermanito, qué iluso... -murmuró Elran, entre dientes.

Cuando estuvieron a poca distancia de la princesa, la gata saltó espectacularmente de su falda a brazos de Eithan, obligándole a pararse.

-¡Cassandra! -exclamó Eithan, en tono de divertida reprimenda, levantando la gata frente a su cara-. Algún día no me dará tiempo de cogerte...

La gata ronroneó, como si aquella posibilidad no la preocupara mucho, y se escurrió como una sombra por los brazos de Eithan, acurrucándose entre ellos y su pecho.

Lo cierto era que no tenía mucho de lo que preocuparse. Como gata élfica que era, Cassandra poseía una agilidad inimaginable incluso para un gato corriente, además de unos pocos poderes mágicos. Aunque Eithan fallara al cogerla, se las arreglaría para terminar el salto acurrucada en su pecho con tanta elegancia que parecería que habría cambiado de dirección en mitad del mismo aire.

-Dudo que eso suceda algún día, Eithan -respondió la voz dulce de la princesa-. En el fondo, sabe que la queréis demasiado como para permitir que tal cosa ocurriera. -La gata incrementó perceptiblemente el volumen de sus ronroneos por un instante, como para apoyar sus palabras.

Sin poder disimular completamente una sonrisa maquiavélica, Elran se inclinó, pronunció "Alteza" a modo de saludo y siguió andando hacia el interior del edificio, dejando a su hermano con la gata en brazos y completamente desconcertado ante la turbadora mirada de Lillian.

-Buen combate -empezó ella, con una sonrisa que terminó de desarmarle. Eithan fingió estar muy ocupado acariciando a Cassandra.

-No mucho, Alteza -la contradijo él-. La única vez que no me venció fue porque rompí las reglas del duelo...

-¡Tonterías! -exclamó ella-. ¿De verdad creéis que cuando os encontréis en una lucha de verdad tendréis tiempo de pensar en cosas tan absurdas como las leyes de la caballería? Esas cosas se hicieron sólo para que los nobles caballeros arthianos tuvieran una forma elegante de resolver sus disputas que no fuera irse clavando puñales por la espalda. No tienen ninguna utilidad en un combate real...

-Así es, miseñora, pero la túnica que visto es la de la diosa Danna. La Defensora de lo Bueno y lo Justo nunca aprobaría que sus sirvientes rompieran unas reglas que habían aceptado acatar al principio del enfrentamiento.

-Pues no lo aceptéis -respondió sencillamente ella-. ¿Tenéis idea de cuánto tiempo pasa entrenándose hasta el más insignificante de los nobles del reino? Sí, claro que la tenéis: no en vano sois hijo de quien sois. Pues bien, al aceptar luchar en sus términos, les estáis dando toda la ventaja a ellos. Mientras el oponente sea vuestro hermano, no tiene mayor importancia, pero, ¿qué haréis si algún día os reta alguien con intención de mataros? Seguro que la Protectora no aprobaría tampoco que uno de sus sirvientes muriera por una estupidez tal como dejarse llevar a terreno enemigo.

Eithan escuchó y asintió. Al fin y al cabo, Danna era también la diosa de la estrategia militar... Y todo el mundo sabía que ningún general con dos dedos de frente iniciaría una lucha en clara desventaja, si podía evitarlo.

-Supongo que tenéis razón, Alteza... Al fin y al cabo, si la diosa me ha dado estos poderes, ¿quién soy yo para decidir no utilizarlos?

-Bien -aprobó ella, con una sonrisa-. Eso era lo que quería oír de vos. Sois un buen alumno, joven Eithan. Y un buen espadachín, también, para ser sacerdote.

-Novicio, miseñora -corrigió él. La princesa hizo una mueca y un gesto de gracioso desdén, como si hubiera exclamado de nuevo "¡Tonterías!" sin llegar a abrir los labios. Incluso Cassandra pareció molestarse por ello y paró de ronronear por unos momentos para dedicarle una mirada de reprimenda. Eithan se sintió de repente avergonzado y buscó la manera de arreglar la situación:

-Os... Os agradezco los ánimos, miseñora. Sois muy galante conmigo.

-¿Quién podría no serlo? -preguntó ella, devolviéndole una sonrisa tan encantadora como divertida. Eithan no encontró respuesta alguna, ni tuvo mucho tiempo para buscar una, porque ella añadió en seguida:- Vamos... Nos estarán esperando para comer. Y no es bueno hacer esperar al Rey de los Elfos mientras se le enfría el asado.

-Sí... -dijo él, sonriendo tímidamente-. Vamos...

Eithan hizo ademán de encaminarse hacia el castillo. Como si hubiera estado esperando esa señal, Cassandra trepó -o, más bien, se deslizó- hasta su hombro, donde se sentó con tanta gracia como si estuviera en mitad de un prado.

-Eithan... -pronunció con deliberada lentitud la voz de Lillian a sus espaldas. El joven se volvió, para encontrarla con los puños apoyados en la cintura y una expresión de completa desaprobación en un rostro, que, sin embargo, sonreía-. Os creía mejor aprendiz... ¿Es que aún no hemos conseguido enseñaros nada?

Eithan la miró por un instante, parpadeando lleno de perplejidad.

-El brazo, Eithan, el brazo... ¿Qué clase de caballero no le ofrece el brazo a una dama cuando debe acompañarla? Me da igual si sois sacerdote, novicio o sólo el hijo de vuestro padre: ¡debéis practicar esos modales si queréis ser un huésped digno del Rey de Arthia!

De modo que entraron en el castillo cogidos del brazo, ella con una sonrisa deslumbrante y él con el rostro enrojecido y la mirada fija en un punto indeterminado del suelo.

 
 
 
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Eithel
01 April 2008 @ 01:56 pm

La mañana siguiente, Drelliane remoloneó algo más de lo que habitualmente se permitía. No en vano era la primera de muchas noches en la que dormía en una cama; una cama que, pese a -como todo en esa ciudad- no ser más que un bloque de hielo esculpido hasta el más mínimo detalle, se le había antojado curiosamente cómoda, una vez cubierta con las pieles que alguen había dejado allí para ella. Si los devotos siervos del Príncipe o él mismo habían abandonado alguna vez el castillo para ir de caza o si habían pertenecido a lobos u osos muertos por causas naturales era algo que no podía ni siquiera empezar a adivinar.

Cuando, con el sol ya bastante alto en su curso, reunió por fin la voluntad necesaria para alzarse, y tras haber renovado los encantamientos que le permitían soportar el inclemente frío, se sorprendió al encontrar que la mesa -que recordaba claramente vacía la noche anterior- había sido puesta por una mano fantasmal, tan discreta como silenciosa.

De todas las maravillas de las que había sido partícipe, aquella no era en absoluto la menor: a pesar de todo su escepticismo, descubrió que la fruta servida (que semejaba un montonicito de bolas de nieve modeladas hasta formar algo parecido a una manzana puestas sobre una bandeja de gélido cristal) era suave al tacto y menos fría de lo que habría cabido esperar. Cuando, no muy convencida de lo que estaba haciendo, la mordió, comprobó que cedía fácilmente a la presión de sus incisivos, pero sin perder la coherencia ni desgranarse. Por añadidura, su sabor no era ni remotamente el de la nieve, sino algo desconocido, extraño, pero no por ello desagradable. Al segundo bocado, cambió de opinión y lo calificó de "dulce e interesante" y no necesitó llegar al cuarto para dejarlo en "verdaderamente exquisito". No se lo pensó dos veces antes de acometer la segunda fruta, tan pronto como la primera se esfumó en un último bocado, sin dejar atrás corazón, ni semillas, ni nada que no fuera comestible. Descubrió, no muy sorprendida ya a esas alturas, que tenía un sabor completamente distinto, pero no por ello menos encantador.

No tardó en vaciar completamente la delicada bandeja, sin haber logrado encontrar en el proceso dos frutas que tuvieran el mismo sabor, ni tampoco alguno que no se le antojara agradable o curioso de algún modo. Tampoco le sorprendió sentirse saciada y a gusto, recuperada del largo viaje. ¿Tendrían todas las leyendas realmente alguna base de realidad?

Salió de su habitación de particular buen humor y dejó que fueran sus pies los que la guiaran. Eso supuso dar un enorme rodeo que le llevó a descubrir nuevos rincones de la Ciudad y también, en más de una ocasión, lugares que ya había visitado el día antes. Sin embargo, eso no pareció importarle mucho, ya que, cada vez que eso sucedía, descubría en él nuevos detalles que le habían pasado desapercibidos la primera vez, como si su vista estuviera tan ocupada que no pudiera asimilarlos todos de una sola vez.

Encontró al Príncipe en la misma estancia que el día anterior, ocupado en un bloque que apenas parecía comenzado a moldear.

-¿Que pasó con el otro? -preguntó, a modo de saludo, acercándose a observar la obra con los ojos brillando de curiosidad.

El Príncipe levantó la vista, desorientado, mirándola por unos instantes sin saber a qué se refería. Finalmente, una expresión de entendimiento asomó a su rostro.

-Oh, te refieres a Lia. -No era una pregunta. Drelliane tuvo que suponer que ese era el nombre de la figura en la que estaba trabajando cuando lo vio por primera vez-. Estará jugando en los jardines...

-¿La terminaste?

Él asintió: -Esta mañana le di aliento. Ahora es una habitante más del Reino...

-¿Y estás creando otro?

Los ojos del Príncipe fueron de los de ella al bloque de hielo. Sonrió con una torpeza bastante infantil.

-Oh, no... Esto es... No es nada -se contradijo. Drelliane le contempló con una ceja arqueada y los puños en la cintura-. Ya lo verás cuando esté terminado -añadió rápidamente, sin que eso sirviera para alterar lo más mínimo la expresión inquisitiva de la mujer, que se mantuvo incluso cuando él abandonó lo que estaba haciendo y se acercó a ella como para distraer su atención del tema.

-¿Has dormido bien? -preguntó, fijando en ella aquel par de ojos transparentes. Le odió por aquellos ojos. Le habría gustado decirle muy seriamente que se dejara de jueguecitos, que con ella no funcionaba lo de salirse por la tangente y que no se lo iba a poner tan fácil, pero en lugar de eso se encontró respondiendo:

-Muy bien, gracias. -Abandonando su pose y volviéndose de espaldas, maldijo de todas las formas que sabía. ¿Cómo se había dejado torear de aquella forma? Aquello no era justo... Nada justo. Se apartó un poco y fingió estar muy interesada en las evoluciones de los habitantes de la Ciudad.

-Me dijiste que tus padres murieron siendo niña... -volvió a cambiar de tema él, acercándose de nuevo para ponerse a su lado-. ¿Te criaste tú sola?

Drelliane lo miró, frustrada. ¿Siempre tenía que parecer tan asquerosamente inocente? Viéndole allí, como un pasmarote, devolviéndole la mirada sin alterarse, casi parecía que hubiera pasado toda la noche pensando en aquello. Suspiró, resignándose a la idea de que tal vez fuera así.

-Me crió un sacerdote que vivía en el pueblo de mis padres, un elfo... Se hacía llamar Draucandir: una especie de nombre recibido al convertirse en clérigo, pero que siempre me pareció horrendo. Realmente se llamaba Eithan, pero sólo me dejaba llamarle así cuando estábamos a solas. Era un buen hombre, con un corazoncillo fácil de ablandar: siempre terminaba dejándome hacer lo que quería... Incluso aceptó mi interés por la magia y mis deseos de ir a estudiar a Vector cuando la mayoría de los de su clase me habrían tildado de bruja o hereje y tal vez incluso me habrían condenado por ello. Supongo que fue... lo más parecido a un padre que pude encontrar.

El Príncipe asintió, lentamente, como si considerara cada palabra y las hiciera encajar, una a una, en su esquema mental, como nuevas piezas que se le fueran dando de un puzzle gigantesco e intrincado. Drelliane no supo qué más añadir. ¿Qué se suponía que le decía una a un ser salido de las leyendas de su infancia cuando se le terminaba la conversación? Tras unos minutos de silencio y para su sorpresa, fue él quien habló de nuevo:

-Ya es casi mediodía... -dijo, mirando hacia arriba, hacia el sol que se aproximaba a la cima de su trayectoria diaria en el cenit.

¿Qué clase de conversación patética era aquella? ¿Qué esperaba que le respondiera? ¿"Oh, sí, igual que cada día a esta misma hora"? Le pareció tan tristemente absurdo que tuvo que contenerse para no dejar escapar una sonrisilla amarga. Sin embargo, no pasaron más que unos instantes hasta que se dio cuenta de que, realmente, no esperaba que dijera nada...

Lo supo en el preciso momento en que un rayo de sol alcanzó verticalmente la torre más alta de la ciudad, situada en su mismo centro. En apenas un parpadeo, la propia configuración del hielo que formaba su parte superior recogió, reflejó y descompuso esta luz en decenas de nuevos rayos, que fueron enviados cada uno hacia una de las torres situadas más hacia el exterior, donde fueron a su vez reflejados y descompuestos en una miríada de haces de colores desconocidos, dirigidos con magistral precisión a cada uno de los tejados, cúpulas, torrecillas y recovecos de la ciudad entera, convirtiéndola en un encantador palacio de luces y reflejos. Drelliane no pudo más que contemplar alrededor, azorada ante la nueva maravilla que había yacido hasta el momento escondida en el hielo, girando sobre sí misma y deseando tener también ojos en la nuca para no perderse los juegos de luces que se formaban a su espalda.

Sintiéndose flotar en aquel mar de luz, Drelliane supo sin mirarlo que, pese a que llevaba miles de años presenciando diariamente aquel mismo espectáculo y que esa era la primera vez que podía mostrárselo a alguien, allí estaba el Príncipe Blanco, a su lado, igual de maravillado y contemplativo que ella, observando atentamente cada matiz y cada mezcolanza, sin duda con los injustamente críticos ojos del artesano, dispuesto a pulir cualquier minúsculo defecto que solamente él fuera capaz de encontrar en la armonía del conjunto.

-¿Sabes una cosa? -dijo al fin Drelliane, con un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada del maravilloso firmamento estrellado en que se habían convertido, en mitad del día, las paredes y el techo de la Ciudad-. Te odio...

 
 
 
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Eithel
[Y, como lo prometido es deuda, ahí va la tercera parte de la historia que os estaba contando antes de que los exámenes me arrebataran de aquí. Espero que os guste tanto como a mí ^^]

-¿Y qué hay de ti? -La voz del Príncipe la tomó por sorpresa, sacándola del ensimismamiento en que se había ido sumiendo poco a poco.

-¿De mí? -preguntó Drelliane.

-Sí, de ti -repitió él-. No recibo muchas visitas... Ni tampoco es un lugar por el que la gente se suela perder. Si has venido hasta aquí, debe de ser por alguna razón... Una buena razón, me parece a mí.

-Bueno... Tenía curiosidad. -Las cejas de él se enarcaron, dando a su rostro marmóreo una expresión de perplejidad que, por alguna razón que no habría podido explicar, Drelliane encontró vagamente cómica-. ¿Nunca has hecho algo sólo para ver si podías hacerlo? -preguntó, a modo de explicación, sin poder evitar que una sonrisa traviesa asomara a sus labios.

Aún con las cejas enarcadas, el Príncipe presionó con fuerza un labio contra el otro, como si aquello pudiera ayudarle de algún modo incomprensible a pensar con mayor intensidad. Pasó unos segundos así, en silencio, considerando la pregunta y, finalmente, muy despacio, negó con la cabeza. Ella comprendió: por muy anciano que fuera, el Príncipe nunca había sido niño. No sabía lo que era subirse a un árbol sólo para sentir la emoción de la altura, ni había tenido nunca la oportunidad de retar a una lucha al matón del pueblo, típicamente unos cinco años mayor que el resto de niños. Aquel pensamiento le produjo una cierta tristeza... ¿Qué sentido tenía disponer de todo el tiempo del mundo si uno se limitaba, simplemente, a dejarlo pasar sin pena ni gloria?

-Bueno... -se encontró confesando, en contra de su intención inicial de no revelar aquella parte. ¿Se podía saber qué clase de influjo ejercían sobre ella aquellos ojos transparentes con que la miraba como un perrito apaleado? Algo dentro de sí los maldijo en silencio, aunque ni siquiera entonces pudo evitar que una traza de ternura se mezclara con el disgusto-. Cuando era pequeña, mi madre solía pasar largos ratos contándome historias... Muchas de ellas hablaban sobre el pasado... Y muchas otras sobre ti. Mis padres eran arqueólogos, ¿sabes? Habrían dado sus vidas enteras por poder estar aquí, ver todo esto y hablar contigo. Habrían dado incluso un brazo o un ojo por escuchar la historia que acabas de contarme. Pero también estaban convencidos de que era imposible lograrlo, de que no había modo posible de internarse en el País del Frío Eterno, y nada de lo que pudiera llegar a decirles consiguió nunca hacerlos cambiar de opinión. En cierta manera, tenía que demostrarles que se equivocaban.

-Parece ser que lo has conseguido -apuntó el Príncipe, con una sonrisa tan discreta como fugaz, de la que no quedaba ningún rastro cuando añadió-: Pero hablas de ellos en pasado... Disculpa si soy indiscreto, pero ¿significa eso que están...?

-Sí, están muertos -cortó ella, sin mirarle-. Murieron siendo yo aún niña, convencidos de que su mayor sueño era irrealizable, cuando yo sabía que no lo era. Ellos nunca confiaron en la magia, ¿sabes? Al fin y al cabo, se educaron en Vector... -Una expresión de claro desconcierto, que ella captó por el rabillo del ojo, cruzó el rostro del Príncipe-. No sabes qué es Vector, ¿cierto? -preguntó, encarándolo de nuevo.

-Lo único que conozco del mundo fuera de los muros de la Ciudad -respondió el Príncipe- es lo que se susurran los lobos por la noche. Y me temo que no conocen los nombres de vuestras ciudades... No les culpes: para ellos son todas iguales. Lo único que saben de ellas es que lo mejor es no acercarse.

-Vector es la capital mundial de la ciencia, la filosofía y la técnica -explicó Drelliane-. Se trata de una vieja ciudad gnoma edificada entre montañas en la que se reúnen las mayores escuelas del conocimiento analítico, racional y empírico, abiertas a todas las razas y culturas.

-¿A excepción de los magos?

-Teóricamente, no -respondió ella, con una mueca-. En realidad, yo también estudié ahí, en la misma escuela que mis padres. Lo que pasa es que la magia se contempla con suspicacia, no sólo en Vector, sino en toda la nación: Arthia es un país fuertemente religioso y no especialmente abierto de miras. Incluso la propia ciencia es vista con recelo por muchos, fuera de Vector.

Ahora era el turno del Príncipe de escuchar con toda atención. Nunca había podido plantearse lo fragmentado y distorsionado que podía ser su conocimiento del mundo exterior, pues nunca se le había presentado nada con lo que compararlo. El frío era una barrera perfecta y, a excepción de los más grandes rasgos, lo único que conocía casi con detalle eran las rencillas de los gigantes del hielo y otros seres que habitaban en las fronteras más lejanas de su propio reino.

-Mujer, bruja y arqueóloga -prosiguió Drelliane-: soy todo lo que las mentes cerradas no comprenden. Hay personas en Arthia que me consideran una encarnación de los Otros Dioses o algo parecido... Mis padres eran buenas personas y me querían, pero al mismo tiempo temían esa vertiente mágica de mí, en parte porque no encajaba con su forma de ver el mundo y en parte por mi propio bien.

-¿Te temían por tu propio bien? -preguntó el Príncipe, descolocado por la afirmación.

-No me temían a mí, sino a la magia que llevaba en las venas. Ellos habrían querido que fuera una chica normal, capaz de integrarme en la sociedad corriente, aún a pesar del relativamente débil estigma de ser hija de un par de estudiosos de Vector. Supongo que al final me he convertido en todo lo contrario a lo que deseaban que fuera... -sentenció, encogiéndose de hombros.

Ambos permanecieron unos instantes más en silencio, intercambiando breves miradas, para luego desviarlas hacia otros puntos de la estancia. El sol había recorrido ya la mayor parte de su trecho en el cielo y una curiosa luz anaranjada se filtraba por las paredes de hielo, dando a la construcción un aspecto extraño a la vez que hermoso.

-Se hace tarde -anunció él, al fin, rompiendo el silencio-. Ven... te acompañaré a una estancia en la que espero que te sientas cómoda...

El Príncipe se puso en pie y Drelliane abrió la boca para protestar, pero se dio cuenta de que, en efecto, sus miembros agotados por la travesía y la escalada reclamaban a gritos un poco de descanso, y de que sus párpados se habían vuelto de repente pesados y con tendencia a engancharse el uno con el otro.

-No te preocupes por mí -dijo, en lugar de eso-. Puedo acurrucarme en cualquier lugar...

-Claro que me preocupo por ti -rebatió el Príncipe-. Considérate mi más preciada huésped: eres la única visita que he recibido en varios centenares de años. ¿Qué clase de anfitrión sería si no te ofreciera lo mejor que tengo?

Dicho eso, empezó a andar, indicándole que le siguiera. Recorrieron salones y pasillos por los que Drelliane había pasado de camino, pero también otros que no recordaba haber visto. Finalmente, el Príncipe se paró ante una doble puerta, custodiada por dos figuras de hielo, a lado y lado de ella.

-Siéntete libre para ir y venir por cualquier parte de la ciudad. Si necesitas algo, manda a uno de ellos a buscarme y acudiré enseguida. Si te pierdes, sencillamente pídeles que te guíen hasta tu habitación y te traerán aquí. -Dicho esto, le dedicó una elegante reverencia y se despidió-: Buenas noches, Drelliane.

Drelliane sonrió, un tanto aturdida por las atenciones y el sueño. Se acercó a él y, poniéndose de puntillas, le dio un beso en la mejilla. Paradójicamente, no estaba tan fría cómo habría esperado.

-Buenas noches, mi Príncipe.

 

 
 
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Eithel
05 January 2008 @ 10:50 am
[Bien, pues: esto es lo último que me queda escrito en castellano. (Tenemos un problema: o bien me dedico yo a traducir todo lo que tengo escrito en catalán o bien os ponéis todos a aprender lenguas nuevas... Supongo que será más fácil lo primero XD). Disfrutadlooo]

Una vez pensé "si vas a contar una memez, no hace falta que escribas".

Ese fue el día en que dejé de escribir.

Si ahora he vuelto, de nuevo, tras tres años de sequía a sentarme enfrente del conjunto de puntitos de luz que el procesador de textos (queda feo decir marcas) me presenta en la tan poca agraciada forma de página en blanco no es, ni por asomo, porque piense que ya tengo algo por decir que no sea, ni remotamente, una memez, sino más bien porque he cambiado de idea.

¿A santo de qué no voy a poder yo plasmar las memeces que desee en papel si todo el mundo lo hace? No hay más que echar una mirada al mundo para descubrir que las susodichas campan a sus anchas por doquier: tenemos suficiente con encender el televisor, elegir un anuncio al azar de uno de esos interminables cortes publicitarios en los que terminas olvidándote incluso de qué canal estabas viendo e intentar encontrarle alguna lógica; o bien, si aún nos queda alguna duda, podemos salir de ella con facilidad sólo con escuchar atentamente la letra de una canción de reggaeton.

¿Por qué entonces esa gente (que no es poca) puede publicar -e incluso cobrar por- sus memeces y yo no? ¿Es que son más listos que yo? ¿Más altos? ¿Más guapos? Probablemente la respuesta a una o más de estas preguntas sea "sí"... Pero... ¿y qué? Me he pasado tres años sin escribir porque quería ofrecer algo de calidad al mundo... ¿y qué me devuelve él? Basura y más basura, a todas horas, en cualquier lugar al que mire. Bien, pues. ¿Puede alguien retraerme que decida pagarle con la misma moneda? Si es así, me da igual. ¿Por qué habría de aceptar el juicio de un mundo que prefiere una película mala a un buen libro? ¿Por qué dejarme amedrentar por un público que se sabe la mitad de la letra del Aserejé, pero no tiene, mayoritariamente, ni la más remota idea de quién fue Espronceda?

¡No! Ya estoy harto. Como diría alguien en un anuncio -de esos que antes mencionaba- de pomada contra las hemorroides, ya está bien de sufrir en silencio. Si he de seguir sufriendo, tengo todo el derecho de quejarme, al menos. Y quejarme es precisamente lo que estoy haciendo, por si alguien no lo ha notado todavía.

Que nadie me malinterprete. No quiero cambiar el mundo. No sueño con una realidad alternativa en la que todos vayamos con el cuello estirado, peleándonos para ver cuántos párrafos de Shakespeare somos capaces de citar sin equivocarnos en una sola coma. Es más, creo que incluso lo prefiero tal y como está. Lo único que yo quiero es escribir lo que me salga de las mismísimas... narices sin dejarme acomplejar por qué pensará la gente, o si lo encontrarán interesante, o si pensarán que es una chusta, o si se aburrirán a media página... ¿Que por qué estoy escribiendo esto, entonces? Bueno, ¿no es obvio? Es exactamente lo que deseo escribir ahora mismo y nadie va a venir a quitarme ese placer.

Durante un período bastante considerable de mi vida, quise escribir la historia perfecta, aquella que lo tuviera todo. Ah, ¡qué arrogantemente iluso! Tardé más tiempo del que estoy dispuesto a reconocer en llegar a la conclusión de que una obra no puede ser perfecta de ninguna manera, sencillamente porque no somos iguales y lo que nos conmueve a unos puede dejar completamente fríos a los otros y viceversa. Por otra parte, si alguien hubiera escrito -o dibujado, o esculpido, o compuesto- una obra perfecta, ¿qué sentido tendría seguir intentando crear algo si a lo máximo que podríamos aspirar es a acercarnos a la misma? Tal vez, en este último caso, el yo de tres años atrás habría abandonado la escritura y se habría volcado por completo a los números y las ecuaciones, que son más sencillos y, sin duda, mucho más previsibles. Sin embargo, el yo de ahora, el que está tecleando estas mismas palabras tal y como brotan a su mente, no lo dudaría ni un momento: ¿Qué más da que ya esté todo dicho? ¿Qué importa que otros ya hayan expresado antes lo mismo que quiero transmitir yo, seguramente con palabras más adecuadas? No escribo para hacerme rico, ni para hacerme famoso (aunque no pienso engañar a nadie: no sería yo quien se quejara si alguna de esas dos cosas ocurriera; preferiblemente la primera): escribo por la simple y poderosa razón de que me da la gana. Escribo por y para mí, porque es algo que me sienta bien, que me relaja, que me permite sacar cosas que, si se quedaran dentro, se pudrirían y terminarían agriándome el carácter. Escribo porque eso me hace sentir bien, al margen de que vaya a leerlo alguien o no. Si no eres yo y has sido capaz de mantener tu atención hasta aquí, no me queda más que agradecerte tu interés y el pequeño honor que me haces al permitir que estas letras lleguen hasta tus ojos y -¿quién sabe?- tal vez incluso algo más hondo. En otro caso, si nadie más que yo llega nunca a leer estas líneas, ¿qué más da? Tampoco será mucho lo que se ha perdido. La Humanidad no será menos buena, ni menos sabia, ni menos feliz, por no haber oído nunca lo que yo tenía por decirle. Al fin y al cabo, el poder de cambiar a la Humanidad no se esconde en pobres personitas como yo, que son felices con salir de vez en cuando o llenar de negro una pantallita blanca en las escasas ocasiones en que tienen un rato libre entre clase y clase, o entre examen y examen. El poder de cambiar a la Humanidad reside en aquellos que son capaces de vender sus memeces desde un púlpito o un escenario y conseguir que los demás crean en ellas.

No lo olvidéis, amigos míos: el poder de la Humanidad reside en su memez.

  
 
 
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Eithel
04 January 2008 @ 03:51 pm

[Y, después de pasarme todas las fiestas aislado del mundo por culpa de un asqueroso camión de basura (ya os contaré), vuelvo aún sin tiempo para ponerme a escribir en serio, de modo que seguiré tirando de rendas y colgaré otra de esas reliquias de la antigüedad]

Esto es un cuento. Pero no es un cuento como todos los demás. Para empezar, en él no hay ninguna hada madrina, ni ninguna bruja malvada envidiosa de la belleza de la princesa, ni ningún príncipe azul. Lo más cercano a un héroe que hay en este cuento dista mucho de la imagen del alto caballero con caballo blanco y reluciente armadura: este cuento trata de un orco; una criatura fea y desgarbada, con la piel de un color a medio camino entre el verde y el marrón y un serio problema de ortodoncia, que causa que sus enormes y amarillentos colmillos salgan prominentemente de su boca, de un modo bastante parecido a los de un jabalí.

De todas formas, Jarda (pues ese es el nombre de nuestro héroe) tampoco es un orco como todos los demás. De hecho, es una verdadera rareza entre los orcos, que ya se han preocupado sobradamente de hacérselo notar a lo largo de su vida.

Jarda era más pequeño que la media de los orcos. De hecho, comparado con los jefes de su clan enormes y robustos orcos con la fuerza de un oso y menos de la mitad de su capacidad mental, Jarda era completamente raquítico. Apenas era más alto que un niño, pese a que su propia infancia ya había quedado atrás hacía mucho, y no mucho más fuerte. Por contra, Jarda poseía una extraña cualidad, algo que, entre orcos, era considerado un defecto mortal, propio sólo de otras razas inferiores, como podían ser los humanos: la compasión.

Mientras el resto de su clan estaba formado por seres belicosos y bravucones, que sobrevivían asolando pequeños poblados humanos y llevándose de ellos todo lo que podían, peleándose luego por el botín y llegando incluso a matarse entre ellos por cualquier tontería, Jarda apenas si podía sobrevivir, teniendo que comer de los restos de los otros, soportando las humillaciones y las risas del resto y escondiéndose cada vez que cosa bastante frecuente algún orco decidía que llevaba demasiado tiempo sin pelearse con nadie.

La vida de Jarda, hasta donde él la recordaba, jamás había sido sencilla. Ni siquiera durante su infancia había conseguido comer nada que no fueran migas de sus hermanos. Sus padres alentaban la lucha por la comida, pues creían que ello les haría fuertes y feroces, como debían ser los orcos. No hace falta decir que no se sentían muy orgullosos de que Jarda fuera hijo suyo.

Quizá lo que debería extrañarnos es que Jarda hubiera conseguido mantenerse con vida tanto tiempo. Y quizás las cosas habrían ido de otro modo si no hubiera vivido en una época de comida abundante y la lucha por ella hubiera sido más cruda. En una época de hambre, de hecho, no habría sido nada extraño que cualquier orco hambriento le eligiera a él como su próxima cena.

Pero, afortunadamente para él, Jarda consiguió abandonar el clan antes de que ninguna época de hambre sobreviniera. Este hecho consistía, también, en sí mismo, una grandísima rareza entre los orcos, pues se trata de seres gregarios, siempre unidos al clan comandado por el más grande y bruto de ellos. Uno de los aspectos que más valoran los orcos a la hora de ofrecer su respeto es la cantidad y el tamaño de los aliados (o esclavos) poseídos.

Jarda, por contra, eligió una vida solitaria, alejada de todos los de su raza. Algo que, considerando su caso de cerca, quizás no es del todo extraño. Al menos estando solo no debía temer por su integridad física. Una noche, cuando todos estaban durmiendo, descansando después de un día particularmente violento, Jarda se escurrió sigilosamente fuera de la cueva en la que se cobijaban y, cuando ya estuvo seguro de que no podían oírle, corrió hasta que, agotadas sus fuerzas, se arrojó sobre una piedra y se quedó dormido sobre ella. Jamás volvió a ver a nadie de su clan.

Al día siguiente, le despertó un ruido de pasos y de voces que conversaban animadamente. A pesar de que no pudo entender lo que decían, Jarda reconoció el habla de los hombres.

Buscando rápidamente cobijo tras un árbol, el orco aguantó la respiración hasta que hubieron pasado los humanos. Caminaban con grandes trancos y no tardaron en perderse de vista. Sólo entonces se atrevió a proseguir su camino.

Así vivió Jarda durante los siguientes meses, vagando sin rumbo por tierras desconocidas y escondiéndose de los humanos que, estaba seguro, no dudarían en matarle como a un animal salvaje si le encontraban.

Ocurrió un día que, habiendo llegado Jarda a un bosque de bellos e imponentes árboles que jamás antes había visto, el ruido de cascos de varios caballos lo forzó a apartarse del camino.

Sin dudarlo, se subió a un árbol próximo, entre el follaje del cual el color de su piel contribuiría a camuflarlo. Encontró una rama en la cual podía sentarse y, además, contemplar a los humanos mientras pasaban sin excesivo riesgo de ser visto.

Y lo que vio lo marcó por el resto de su vida.

Pese a que esto no es un cuento como todos los demás, no deja de ser un cuento. Por lo tanto, no debería sorprenderos si ahora os digo que lo que vio Jarda no fue otra cosa que... ¡una bellísima princesa!

Ciertamente, era la más bella de cuantas humanas han poblado jamás el mundo. Su fina piel y su rostro cautivador brillaban con serenidad y gozo por la contemplación de la naturaleza. Sus preciosos ojos reflejaban el bosque, pero al mismo tiempo lo llenaban de luz y alegría. Jarda sintió que su corazón volaba lejos de su cuerpo mientras la contemplaba, para marchar aleteando tras la visión de aquella criatura a la que ahora pertenecía, en vez de a él. Se llevó una mano al pecho, donde ahora sentía un gran vacío, mientras luchaba por no caer de la rama.

Mucho más rápido de lo que a él le habría gustado, la princesa pasó, dejando el bosque triste y oscuro de nuevo. Varios metros tras ella, pasaron cinco o seis hombres armados, pero Jarda casi ni los vio. De hecho, no vio prácticamente nada el resto del día, aparte de la vaga imagen que su imperfecta memoria había logrado plasmar de la princesa. Aquella noche, también la vio en sus sueños, esplendorosa y radiante, pese a que cuando despertó no pudo recordar mucho de ellos.

Para su alegría, aquella mañana la princesa volvió a pasar por aquel lugar. Y también lo hizo al día siguiente, y al otro, y al otro... Jarda no tardó en deducir que el paseo por el bosque era un hábito muy arraigado en la rutina diaria de la princesa. Poco a poco, fue encontrando mejores escondites y, varios meses después, ya podía acompañar a la comitiva, sin ser visto, desde unos pocos metros de distancia de la misma salida de la ciudad hasta que, de nuevo, volvían a entrar en ella.

El paseo matinal de la princesa por el bosque acabó por ser un hábito también para él y ya no volvió a pensar en recorrer tierras desconocidas, sino que vivía cada día sólo esperando a la siguiente mañana, cuando podría volver a espiar a la princesa, robando nuevas imágenes de ella para atesorarlas en su mente.

No sólo fueron imágenes lo que consiguió robar Jarda. A menudo, también conseguía que sus oídos captaran la voz de la princesa. Frecuentemente, ella mantenía discusiones con los hombres armados que la acompañaban para que la dejaran sola. Estos se encontraban atrapados entre el deseo de la princesa y, según trataron de hacerle entender varios de ellos a lo largo de innumerables días, las tajantes órdenes del rey, que consistían en protegerla de cerca y no dejarla ni un momento sola. Pero la princesa no se daba fácilmente por vencida y, de vez en cuando, los hombres del rey accedían a sus ruegos, cabalgando una gran distancia detrás de ella, de modo que no pudiera verlos ni oírlos hasta que, al final del paseo, pero aún ocultos en el bosque, se reencontraran para aparentar que habían ido juntos todo el tiempo.

Fue, desgraciadamente, en uno de esos días cuando algo fue realmente mal.

Jarda se sentía muy contento cada vez que la princesa ganaba la discusión y los caballeros le permitían cabalgar alejada de ellos, pues eso significaba que no tenía que preocuparse por mantenerse oculto también a sus ojos, y que podía ver a la princesa más de cerca.

Todo parecía ir como siempre. Pero, en una de las veces que Jarda dejó fugazmente de contemplar a la princesa para evitar tropezar con un árbol o una roca mientras se movía de un escondrijo a otro, lo que vio lo dejó paralizado de terror.

Cuatro orcos de dos metros de altura se dirigían a toda prisa hacia la princesa. Todavía sin poder reaccionar, vio como la princesa volvía la cabeza al oírlos llegar, como abría la boca para gritar, pero sin conseguir emitir ningún sonido y como trataba de obligar al caballo a dar media vuelta, para acudir en busca de sus protectores. Pero ya era demasiado tarde.

Los orcos se abalanzaron brutalmente contra el caballo, arrojándolo a él y a su dueña al suelo. La princesa trató entonces de escapar corriendo, pero uno de los orcos la cogió por la cintura y se la echó al hombro.

La sangre corría a toda velocidad por las venas de Jarda cada vez que su corazón la bombeaba al latir. Tardó unos pocos segundos en darse cuenta de que podía moverse. Y, entonces, su reacción fue frenética.

La princesa gritaba ahora pidiendo socorro, pero Jarda no estaba seguro de si los caballeros podrían oírla. Desconocía la capacidad auditiva de los seres humanos. Y, en todo caso, aunque pudieran oír sus gritos, tardarían demasiado en llegar allí.

Los cuatro orcos que habían atacado a la princesa corrían ahora a toda velocidad para alejarse del lugar. Jarda corría tras suyo. Correr siempre se le había dado bien, aunque esta era la primera vez que lo hacía tras otros orcos, en vez de a la inversa. El odio y la rabia brillaban en sus ojos de orco, dándole una apariencia mucho más acorde con su físico que la que tenía normalmente.

El orco que cargaba la princesa corría enfrente de todos, sin preocuparse por sus compañeros, de modo que pudo dejarlos fuera de combate sin alertarle. Sin dejar de correr, recogió tres piedras duras y redondas del suelo, arrojándolas luego a las cabezas de los otros tres orcos. Su puntería era digna de admiración y los tres objetivos cayeron sin sentido al suelo.

No quiso arriesgarse a arrojar una cuarta piedra a la cabeza del orco que cargaba a la princesa por temor de golpearla a ella. En vez de eso, apretó el paso. Se estaba acercando al orco a una gran velocidad y, pese a sus reticencias por temor a dañar más la princesa, finalmente se arrojó sobre las piernas del orco, abrazándolas y haciéndolo caer de bruces.

El orco soltó a la princesa para volverse y encontrarse cara a cara con otro de su raza que apenas le llegaba a la cintura y que estaba atacándolo con una furia insospechada. Pese a que cualquiera de sus puños podrían haber hecho volar a Jarda fácilmente contra el árbol más cercano, el estado de semilocura en el que se encontraba el pequeño orco sorprendió al mayor, dándole a Jarda el tiempo suficiente para noquearlo antes de que pudiera contraatacar.

Tan pronto como el otro orco dejó de luchar, la calma pareció volver a adueñarse del pequeño Jarda. Sus ojos habían dejado de brillar a causa de la furia y habían recobrado su aspecto normal.

Saltando por encima del orco tendido en el suelo, Jarda se dirigió a la princesa. Estaba muy magullada, pues había sufrido dos caídas fuertes en unos pocos instantes y, además, estaba presa por el pánico. Se alejó de Jarda en cuanto lo vio, a pesar de las intenciones pacíficas del orco. Sin poder levantarse, trató de gatear para alejarse de él, pero quedó arrinconada contra unas rocas que afloraban del suelo y, incapaz de ir más lejos, se volvió, con la expresión transfigurada por el miedo.

Pero, para su sorpresa, Jarda no la atacó. Todo lo contrario, le tendió una mano y, con unos modos dignos de un caballero de la corte, la ayudó a ponerse en pie. Creyendo casi que se trataba de una ilusión provocada por el miedo y mientras él la sujetaba por los brazos para asegurarse de que no caería de nuevo, la princesa escrutó los ojos del orco y entonces lo comprendió todo.

Jamás unos ojos han transmitido tanta información como la que le transmitieron los de Jarda a la princesa. Viéndolos, pudo hacerse una idea de lo que diferenciaba a Jarda del resto de su raza y de como había sido su vida a causa de ello. Vio las ofensas, la tristeza, la soledad... y también entonces comprendió lo que sentía el orco por ella.

Repentinamente, los ojos que estaba escrutando, se abrieron por completo y perdieron todo su brillo, como un lago en el que repentinamente dejara de reflejarse la luz. Una expresión de sorpresa cruzaba la cara del orco, pero sus ojos seguían fijos en su faz, como si buscara grabarla en su memoria para siempre.

Jarda se deslizó de sus brazos y cayó, primero sobre sus rodillas y después quedando tendido bocabajo en el suelo, revelando entonces una flecha clavada en la espalda. Horrorizada por la visión, la princesa alzó los ojos y vio a los hombres del rey galopando a toda prisa hacia ella. Uno de ellos llevaba un arco en la mano.

Así termina la historia de Jarda, muerto por haber salvado a su amada, creído culpable del crimen que él mismo acababa de evitar. Siento que esperárais un final feliz, pero ya os avisé que este no era un cuento como todos los demás.

 
 
 
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Eithel
18 December 2007 @ 09:39 pm

[Dado que ando de exámenes y no tengo mucho tiempo para escribir, pero me sentía mal teniendo esto tanto tiempo abandonado, he decidido que pondré unos relatillos que tengo escritos por ahí. Es posible que algunos ya los hayáis leído, pero... os jodéis ^^. Cuando acabe exámenes prometo seguir poniendo material nuevo]

Tenía 34 años la noche en que maté a mi mujer. Fue a finales de 1852, después de 15 años de matrimonio.

No sé cuándo, ni cómo, ni por qué crucé la línea entre amor y odio. O quizás no lo hice nunca y el amor que creí sentir por ella al principio no era más que una macabra ilusión. Lo cierto es que, paulatinamente, a partir del segundo año, la vida de matrimonio comenzó a hacérseme pesada. Al principio no era más que una leve molestia, una carga que podía llevar sin mucho esfuerzo. Pero, a medida que pasaban los días, el peso de esta carga aumentaba más y más, hasta que me ancló contra el suelo y comenzó a asfixiarme sin piedad.

Del mismo modo que el crecimiento de una planta, el aumento de la carga que me suponía mi vida con ella era tan gradual que resultaba absolutamente imperceptible. Sólo de vez en cuando mis ojos topaban con una rama que antes no estaba o con una yema que comenzaba a despuntar y sólo entonces reparaba en el cambio que se había operado y que no había sabido ver mientras se producía.

Es por esta razón que me siento incapaz de decidir en qué momento aquella expresión dejó de parecerme dulce para volvérseme empalagosa; o cuándo lo que acostumbraba a llamar "inocente ingenuidad" se convirtió, simplemente, en "estupidez". Tampoco podría decir cuándo comencé a encontrar repugnante el tacto de aquellas manos, siempre frías y -de algun modo que nunca alcancé a comprender- siempre húmedas. Lo cierto es que, poco a poco, todo lo que tenía alguna relación con ella se me iba haciendo más y más molesto, hasta que terminó por volverse insoportable.

A menudo me pregunto cómo pude vivir de este modo durante 15 años.

No intento justificarme. Sé que nada me daba derecho a matarla. Sin embargo, tampoco podía continuar viviendo de aquella forma. Nuestra casa me ahogaba. Las habitaciones me parecían repentinamente demasiado estrechas y con el techo demasiado bajo. Trataba de evitarla tanto como podía, pero ella no parecía darse cuenta de la mueca de desagrado que desfiguraba mi cara cada vez que la veía, e invariablemente me trataba con una ternura que me mortificaba. Si había algo verdaderamente insufrible era aquella ceguera absoluta ante mis continuas muestras de asco y desprecio.

Con el tiempo, comencé a alimentar fantasías de asesinato. En mi desquiciada imaginación, terminé con su vida de mil formas, día tras día. Lo consideraba una válvula de escape para mi odio y, en realidad, no tenía ninguna intención de llevar ninguna de ellas a cabo.

Sin embargo, lo hice. No fue algo planeado, en absoluto; simplemente, sucedió. Lo recuerdo con toda claridad. Ella estaba durmiendo, con aquella expresión en el rostro de inocencia angelical que tanto me había atraído al principio y que con tantas fuerzas detestaba ahora. Permanecí unos minutos sin poder apartar la vista de ella, como me había sucedido frecuentemente al comenzar nuestro noviazgo. Lo curioso era que, en aquel tiempo, tal comportamiento estaba causado por el amor que inflamaba mi corazón, mientras que esa vez lo estaba por el odio que lo helaba. No deja de ser una triste ironía que dos sentimientos tan radicalmente contradictorios puedan provocar un mismo efecto.

Pero, mientras la contemplaba, sentí como algo se desencadenaba en mi interior. Fue como un mecanismo que, una vez disparado, no tenía ya modo de pararse. No recuerdo haber pensado absolutamente nada durante todo aquel tiempo, como si lo que hice no hubiera sido por obra de mi mente consciente, sino de algo mucho más profundo y oscuro, que había ganado el control de mis actos.

Cogí una almohada y la presioné contra su cara con todas mis fuerzas. Quizás a causa de la repentina falta de aire, quizás a causa del golpe o quizás por ambas cosas, despertó y comenzó a forcejear. Fue en vano. Seguí presionando la almohada contra ella varios minutos después de que dejara de moverse, incapaz todavía de articular un solo pensamiento coherente.

Lentamente, noté como aquel manto oscuro que había ocupado mi mente se retiraba, permitiéndome volver en mí. Despertando de aquel extraño trance, aparté la almohada y, aunque sabía lo que iba a encontrar debajo de ella, nada podía haberme preparado para tal visión. ¡Era ella! ¡Y la había matado! Aquella expresión angelical, aquella misma que unos minutos antes había contemplado con creciente odio, me atravesó el corazón de dolor. Los 15 años de insoportable matrimonio parecían haberse borrado de mi recuerdo cuando me acosté a su lado, la abracé y derramé las más amargas lágrimas sobre su pecho inerte.

Permanecí de aquel modo hasta altas horas de la madrugada, momento en que, del mismo modo que los ojos se ciegan ante demasiada luz, mi corazón dejó de sentir emoción alguna a causa de tan excesivo dolor. Me levanté entonces con el pecho vacío y helado como las regiones polares y un rostro ceniciento incapaz de llorar o reir. Con calculadora frialdad, decidí que tenía que librarme del cadáver antes de que amaneciera. Mi mente, liberada de la carga que suponían las emociones, trabajaba con sorprendente eficacia. No tuve ninguna duda acerca de la mejor alternativa: era la misma que había elegido en la mayoría de mis anteriores fantasías.

Limítrofe a nuestro terreno, discurría un pequeño río. Se trataba de un cauce profundo con aguas siempre turbias a causa de la gran cantidad de tierra que arrastraban desde las montañas donde nacía su curso. Nadie encontraría nunca un cuerpo sumergido en él a menos que supiera exactamente dónde buscarlo.

Protegido por la oscuridad de la noche, arrastré el cuerpo hasta la orilla. La tarea era penosa, pero mi corazón era ciego a todo cuánto suponía, como si fuera otra persona quien la estuviera realizando. Una vez llegué al lado del agua, busqué una roca tan pesada como pude encontrar y la até al cadáver para evitar que reflotara. La arrojé al agua todavía sin sentir la menor emoción, como si de otra piedra se tratara.

Evidentemente, la policía hizo preguntas e incluso abrió una investigación por desaparición, pero jamás encontraron el cuerpo. Podría creerse que a partir de ese momento viví tranquilo, pero no fue así.

En realidad, a partir de aquel momento no viví un solo instante de sosiego. Aquella apatía que se había apoderado de mí no sólo me abandonó, sino que, de algún modo extraño, me estaba volviendo loco. Fuera donde fuera, me parecía verla por el rabillo del ojo. Lo más exasperante era que, siempre que trataba de mirar en aquella dirección, no encontraba más que un espacio vacío. Comencé también a oír su voz, aunque me llegaba amortiguada, como si hablara desde otra habitación o -pensé, con un escalofrío- desde detrás de una almohada, y no podía comprender sus palabras.

Cada vez que me acercaba al río creía ver su silueta emergiendo de las aguas y su voz que me llamaba. Comenzó a atormentarme el pensamiento de que su cuerpo no había recibido sepultura y que, por tanto, su alma estaría por siempre atrapada en este mundo.

La casa en la que vivía se había hecho todavía más insoportable que con ella en vida. Cada mueble, cada rincón me recordaban a ella. Seguía oyendo su voz allá donde fuera y, por las noches, ya no era capaz más que de dormir intranquilamente unos pocos minutos, de los que siempre despertaba sobresaltado por pesadillas acerca de ella.

Fue una de esas noches cuando decidí huir. Si me quedaba entre aquellas cuatro paredes que me oprimían tan sólo un día más, era posible que perdiera definitivamente la escasa cordura que me quedaba.

Cargué todo cuanto podía llevar en las alforjas del caballo que usaba para ir a la ciudad, lo ensillé y marché de allí sin ni siquiera esperar a que amaneciera.

Nadie con la cabeza clara habría salido aquella noche. Una lluvia intensa desdibujaba los alrededores tras una cortina impenetrable, mientras que un viento endiablado soplaba, azotándome los miembros y obligándome a inclinarme sobre mi animal. Pese a todo, la desesperación me empujó a escapar por el camino más directo: cruzando el río.

Había un vado a pocos metros de nuestro terreno. Era un paso que no ofrecía el menor riesgo en los días de calma, pero aquella noche el agua bramaba sobre las rocas, obligando a mi caballo a esforzarse para no ser arrastrado por la corriente.

A pesar de todo, podíamos haber llegado a la otra orilla. Pero, cuando estábamos en mitad del río, un rayo iluminó súbitamente la escena. Durante tan sólo un instante, a la luz repentina que precedió al trueno, pude verla, con total claridad. No era más que una silueta fantasmagórica, pero pude reconocer en aquella figura mortecina y marcadamente antinatural a la que había sido mi mujer durante 15 años, a la que yo mismo había matado y había arrojado en aquel maldito río. Estaba allí, frente a mí, mirándome.

Mi caballo también la vio. Al tiempo que el trueno ensordecía nuestros oídos, montó en pánico, se encabritó y, hallándome yo aturdido por la visión, me descabalgó. Antes de que pudiera reaccionar y ponerme en pie, la furiosa corriente me había arrastrado lejos del vado, hacia aguas más profundas.

No sabía nadar.

Lo siguiente que recuerdo es la extraña sensación de estar de pie en la orilla, contemplando como mi cuerpo anegado se hundía más y más en las oscuras aguas, hasta finalmente perderse de vista. Nadie volvería a verlo jamás.

Y, mientras permanecía allí en pie, aturdido por la súbita conciencia de que había muerto, apareció ella.

Jamás olvidaré la sonrisa lupina que deformó su rostro de ángel en una expresión de la más pura crueldad demoníaca cuando me dijo, con la voz más dulce que he oído nunca:

-¿No te parece precioso, amor? ¡Juntos! ¡Juntos por toda la eternidad!

 

 
 
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Eithel
21 November 2007 @ 07:23 pm

Mayúscula fue la sorpresa del Príncipe cuando aquel nuevo sonido llegó a sus oídos, aún mayor cuando se descompuso en su mente, formando palabras inteligibles, y completamente desbordante cuando se dio cuenta de que era capaz de comprenderlas y darles sentido. Sus ojos, abiertos de par en par, contemplaron desconcertados al ser que las había pronunciado, el primero que conocía con esa capacidad, aparte de sí mismo.

-¿Quién eres? -fue la pregunta obvia que acudió a sus labios.

Aquel ser movió los ojos de manera extraña, como si quisiera mirarse las cejas, apoyó uno de sus puños en su cintura, deformando las abultadas ropas que lo cubrían y, cambiando el peso de pierna, dejó escapar un soplido. El Príncipe observaba, curioso.

-Debería haberme esperado un recibimiento así... -respondió, sin mirarle. Su voz sonaba extrañamente comprensiva-. Supongo que varios miles de años sin nadie con quien hablar no le convierten a uno en un prodigio de cortesía... En fin, ¿qué más da? No soy más que una simple hechicera, o bruja, como me llaman algunos. Mi nombre es Drelliane. Saludos... -dijo, tendiéndole una mano enfundada en un guante que él se quedó mirando, sin comprender-. Oh... no importa -sentenció, encogiéndose de hombros y retirando la mano para cruzarlas sobre el pecho, en un vano intento por retener el calor dentro de sus ropas. Era evidente que estaba usando su magia para protegerse del frío (lo llevaba haciendo desde hacía varios días, en realidad), pero aún así sus labios estaban amoratados, sus mejillas pálidas y no daba muestras de sentirse especialmente bien.

-Drelliane... -repitió él. Luego se encogió de hombros-. Yo no tengo nombre... -anunció, simplemente.

-Allí de donde vengo -matizó ella- te llaman el Príncipe Blanco.

-No soy príncipe de nada -replicó él.

-¿Cómo que no? ¿No es este tu reino? ¿No es esta tu ciudad?

-No es mía -negó-. Sólo vivo en ella... Es mi cárcel.

-Una cárcel preciosa... -comentó Drelliane, sin poder evitar recorrer con la mirada las refinadas vueltas ogivales ojivales que cubrían el techo, ramificándose y entrelazándose.

-Gracias -fue la sorprendente respuesta. La hechicera lo miró, suspicaz, pero en su rostro, aún más pálido que el de ella (no cabía duda de por qué le llamaban el Príncipe Blanco: parecía enteramente hecho de nieve, a excepción de sus luminosos ojos, que se asemejaban a un par de cristales transparentes), había una sonrisa sincera, desprovista de sarcasmo o malicia-. Celebro que te guste... Eres el primer ser viviente que la contempla, aparte de yo mismo. Ellos -señaló vagamente hacia un lugar donde varias figuras de hielo se movían con fría elegancia- no son capaces de apreciarlo mucho... No son capaces de apreciar muchas cosas, en realidad -corrigió, con un deje de lamento.

-Todo esto... -exclamó, impresionada- ¿es obra tuya?

-Tengo mucho tiempo libre... -respondió él, con una sonrisa despreocupada-. Hasta hace unos instantes pensaba que sólo yo llegaría a verla nunca.

Hubo un breve lapso de silencio, durante el cual los ojos de ambos recorrieron la enorme estancia, cada par en direcciones distintas. Drelliane se fijó en cada objeto, cada detalle ornamental tallado en hielo, cada figura animada -todas ellas diferentes-, intentando imaginar al Príncipe esculpiéndolos, dándoles forma hasta que quedaba completamente satisfecho de ellos.

-Hay una cosa que me intriga... -comenzó de nuevo. La atención del Príncipe volvió a ella, junto con aquellos ojos del más claro cristal-. Si eres capaz de trabajar el hielo, de darle forma y excavar en él pasillos y salones, ¿por qué no tallas, simplemente, una puerta en el muro y sales de aquí?

Una musiquilla clara y alegre resonó por toda la estancia. Drelliane comprendió que el Príncipe se estaba riendo y nuevamente fijó en él una mirada severa, pero por segunda vez fue incapaz de encontrar ni la menor traza de burla ni de malicia en la expresión inocente de aquel rostro de color blanco.

-Seguro que se te ha ocurrido que, si eso fuera posible, ya lo habría hecho hace mucho tiempo, ¿verdad? -preguntó él, divertido.

-Exactamente -afirmó ella-. Por eso no me lo explico...

-Es más sencillo de lo que parece -empezó a decir él-: el hielo que ves a tu alrededor no es mi prisión. No es más que su aspecto visible. -Por la cara que ponía ella, no parecía estar entendiéndolo mucho-. La verdadera cárcel está dentro de mí: es la muerte que llevo en mi interior, el frío que emana de mi ser, congelándolo todo alrededor. -Drelliane se estremeció bajo sus abrigos. Sabía en lo más profundo de su conciencia que era cierto. Podía sentir ese mismo frío envolviéndola, presionando contra su capa de protección espiritual, esperando la menor flaqueza de ésta para quebrarla y oprimirla con su abrumadora intensidad-. Efectivamente, podría tallar una puerta y salir tranquilamente por ella, pero... ¿a dónde iría? Me dirigiera donde me dirigiera, por muy lejos que llegara, no encontraría más que hielo y desierto... Y tal vez las ruinas de las civilizaciones que fuera destruyendo a mi paso, a medida que el infierno gélido que me precede fuera extendiéndose por el mundo. No tiene sentido causar esa destrucción: prefiero quedarme aquí y hacer de esta ciudad el lugar más bonito que ojos mortales puedan contemplar... Aunque tú seas la primera que lo hace en mucho tiempo. Y seguramente mucho más pasará antes de que otro vuelva.

Los labios de ella habían comenzado a temblar. Tal vez fueran sólo imaginaciones suyas, o la impresión que le provocaban las palabras de él, pero el frío que sentía iba en aumento. Se acurrucó tanto como pudo en su envoltorio protector, intentando encontrar una fuente de calor en el chisporroteante poder espiritual que bullía en el fondo de su alma de hechicera.

-¿Por qué? -preguntó al fin, sobreponiéndose-. ¿Por qué ha de ser así?

Los ojos del Príncipe Blanco relucieron de modo extraño, cambiando de tono antes de ser ocultados por sendos párpados de una candidez marmórea. Cuando estos se retiraron de nuevo, las pupilas del Príncipe escrutaban un punto indeterminado, como si pudiera ver un lugar muy lejano a través de los muros y las interminables llanuras. Su voz sonó vaga y entrecortada, y parecía llegar a ella a través de siglos de historia del mundo.

-Hubo hace mucho tiempo, mucho más del que ningún mortal puede imaginarse, un rey de gran poder y ambición. Ese hombre no era yo, pero vivía en este mismo cuerpo. Era un ser cruel y despiadado, que usaba la fuerza para conquistar y someter a todos los pueblos que entonces habitaban el mundo, que era muy diferente de como es ahora. De él se decía que había firmado un pacto con un diablo del Abismo, y que por ello no había reino ni ejército que pudiera detenerlo. También dicen que su codicia era tal que llegó a sacrificar a cientos, e incluso a miles de inocentes sólo por un miserable palmo más de terreno, hasta el extremo de provocar la total aniquilación de algunas razas que se negaron a inclinarse ante su desmesurado poder. Fue en esos tiempos cuando los ángeles abandonaron el mundo, incapaces de resistir tanto dolor y maldad, y buscaron refugio en sus Reinos Celestes. Desgraciadamente, esa era la oportunidad que había estado esperando el diablo, a quien le faltó tiempo para traicionar al rey y abrir los portales que permitieron la llegada de ingentes hordas de demonios a este mundo que, ya de por sí devastado por los interminables años de guerra que ese mismo rey había traído, no tuvo la menor posibilidad contra ellos. Conocemos ese hecho como la Primera Invasión.

Drelliane escuchaba con los ojos abiertos de par en par. Los relatos sobre la creación del mundo hablaban de la Marcha de los Ángeles y de la Primera Invasión de los seres del Abismo, que coincidía con la llegada de los Otros Dioses, mucho antes del nacimiento de los hombres o de los elfos, e incluso de los ancianos enanos, pero nunca había oído ni leído nada acerca de las razas que habían poblado el mundo cuando los ángeles aún vivían en él. Se suponía que todos, a excepción de los propios ángeles y de los grandes dragones, habían sido arrasados por las incontables legiones de demonios.

-Los dioses intervinieron en el curso de la historia para librar el mundo de tan aciago destino. Por primera vez desde las épocas de la Creación, los propios Doce Divinos descendieron al plano material en sus verdaderas formas, usando sus desmesurados poderes para hacer retroceder a los demonios hasta los portales y sellarlos de nuevo. Unas pocas entidades del Abismo (entre los que, se dice, se encontraba el mismo diablo que traicionó al iluso rey), sin embargo, fueron lo suficientemente poderosas como para escapar de la purga de los dioses y esconderse en distintos rincones del mundo, en el que aún habitan. Se dio a estos seres el nombre de Otros Dioses.

La joven bruja escuchaba a pies juntillas. Conocía y había estudiado múltiples versiones de la cronología de aquellos tiempos, pero la seguridad con la que hablaba aquel ser cuya apariencia no concordaba con la de ningún otro pueblo que habitara en el mundo sugería una certeza mucho mayor de la que podía conseguirse leyendo relatos fragmentados en grandes libros escritos en lengua enana.

-Pero la tierra había quedado devastada, tanto por la destrucción que trajeron los demonios como por las fuerzas desbocadas que los Doce usaron contra ellos. Por ello decidieron reconstruir el planeta, sembrándolo con nuevas semillas, que crecieron y se desarrollaron hasta conformar las razas que viven en la actualidad. Los pocos supervivientes de las antiguas razas recibieron la misión de convertirse en los guardianes del Nuevo Mundo y, para que pudieran llevarla a cabo, cada uno de ellos recibió un honor que jamás antes había sido dado a ningún mortal: un diminuto fragmento del Fuego Eterno. El Fuego, en contacto con sus cuerpos, los transformó y los convirtió en los seres que hoy conocemos como dragones. Ese honor les fue dado a todos... excepto a uno.

-El rey ambicioso... -aventuró ella. Lo cierto era que no había sido una elección muy arriesgada.

-Exactamente... -asintió el Príncipe Blanco-. A él, en cambio, se le castigó por su codicia. Dado que habían sido su soberbia y su sed de muerte las que habían permitido a los demonios llegar al mundo mortal, los dioses cumplieron sus deseos: nunca más nadie se alzaría contra su voluntad, pues aquellos que pudieran hacerlo no vivirían en su reino, y aquellos que vivieran en su reino no tendrían la posibilidad de hacerlo... -añadió, señalando a las figuras sin alma que iban y venían, manteniendo siempre una respetuosa distancia con respecto a ellos. Drelliane bajó la mirada-. No te apenes -dijo él-. Conozco la historia, sin saber muy bien cómo, pero no tengo recuerdos de ella: ya te he dicho que yo no soy ese hombre. Yo no soy rey, ni príncipe. Yo soy sólo este lugar. Soy el arquitecto de mi propio encarcelamiento...

 
 
 
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Eithel
19 November 2007 @ 02:41 am

Había una vez, en un mundo muy muy lejano, un reino en el que siempre era invierno.  Lo llamaban el País del Frío Eterno y tan duro era su clima que ningún hombre ni elfo había podido adentrarse nunca más allá de sus fronteras. En lo más profundo y gélido de ese reino se alzaba, imponente y majestuosa, la maravillosa Ciudad de Hielo, en cuyas grandiosas salas moraba el único ciudadano del reino, el llamado Príncipe Blanco.

Nadie sabía quién era ni de dónde venía el Príncipe Blanco, pues nunca ojos mortales habían paseado sus miradas por las filigranadas salas, ni por las esplendorosas torres de la Ciudad de Hielo. Lo único que se conocía con certeza era que llevaba habitando aquel reino desierto desde hacía más tiempo del que nadie podía recordar. Cómo era capaz de vivir en un lugar al que el resto del mundo no podía ni siquiera acercarse era también una incógnita.

Cuentan que el Príncipe Blanco era amo y señor de toda la ciudad, de la que conocía cada diminuto rincón, hasta el punto de poder recorrerla incluso con los ojos cerrados. Allí reinaba sobre su corte de estatuas y figuras de hielo, moldeándolas a su antojo, para luego exhalar su aliento sobre ellas y hacerles cobrar vida. Así había siempre movimiento en cualquier parte del lugar: figuras de la talla más exquisita yendo y viniendo, con lentitud y sigilosa parsimonia, de un lugar a otro, animando las cristalinas salas y los relucientes pasillos, encontrándose en magníficos bailes y tocando dulces melodías con instrumentos que, a su vez, estaban hechos del más puro hielo. Sin embargo, ninguna de estas figuras poseía verdadera vida en sí misma: podían oír y comprender todo lo que el Príncipe les decía, pero no eran capaces de hablar con palabras, ni de crear nada que no les hubiera sido enseñado, ni de tener pensamientos originales, ni tampoco más voluntad que aquella que había podido infundirles su creador. Así, el Príncipe, aún rodeado por cientos de súbditos fieles dedicados a obedecerle y complacerle, estaba solo.

Llegó un día al pie de la ciudad una figura que se inclinaba contra las despiadadas ráfagas de viento. Iba envuelta en abrigos y pieles, mas los ojos que asomaban por entre las abultadas ropas para contemplar, atónitos, la ignota magnificencia de una ciudad a la que nunca antes nadie había llegado eran bellos, almendrados y curiosamente femeninos.

No había en todo el perímetro de la Ciudad de Hielo una sola puerta de entrada, ni salida, ni forma alguna de acceso que no fuera escalando las sólidas murallas que se alzaban, lisas y resbaladizas, hasta lo que parecía la misma vuelta del cielo. La figura resopló e incluso a través de la ropa que le cubría la cara una espesa nube de vaho se formó frente a lo que debían de ser sus labios, para ser inmediatamente dispersada por una ráfaga de viento gélido. Sin embargo, aquello no iba a detenerla. Después de haber hecho todo aquel camino a través de vastísimas llanuras que no habían conocido otras pisadas que las de los lobos no pensaba permitir que un simple obstáculo la detuviera.

Se acercó lentamente al muro, posando sus dos manos enguantadas sobre la superficie pulida como un espejo. Sus párpados descendieron grácilmente, al tiempo que sus labios comenzaban a murmurar una leve letanía ahogada por el viento. Apenas pasaron unos segundos antes de que sus ojos se abrieran de nuevo, reluciendo por un instante con una luz extraña, antes de elevarse lentamente por la pared vertical, buscando el borde en que el muro se recortaba contra el cielo. Fue a separar la mano derecha de la superficie del muro y encontró, complacida, que le costaba un cierto esfuerzo hacerlo.

Una sonrisa que nadie vería floreció en su rostro cuando alzó la mano por encima de su cabeza y la volvió a pegar a la pared, haciendo fuerza para levantar su cuerpo y enganchar así las cuatro extremidades a la superficie gélida. La magia es una gran cosa, se encontró pensando, mientras, lentamente, comenzaba a ascender por la muralla imposible de escalar de otra forma. No puedo creer que haya gente que la tema y la odie...

La subida fue tediosa y difícil. Los muros aún se veían más altos desde medio camino de lo que habían parecido desde abajo. El viento soplaba más frío y con mayor fuerza a medida que el suelo se iba alejando bajo sus pies, convirtiendo la tarea de permanecer pegada al muro en un verdadero suplicio. Jadeaba y resoplaba por el esfuerzo, y a cada bocanada los pulmones se le llenaban de un aire gélido que parecía clavársele por dentro como si arrastrara un millón de espinas. De brazos y piernas le llegaba un dolor agudo, al que apenas podía prestar atención si no quería que le hiciera perder la concentración y, con ella, el hechizo que impedía que se precipitara al vacío.

Un estremecimiento de alivio recorrió todo su cuerpo cuando levantó la mano para encontrar el borde del muro, coronado por majestuosas y afiladas almenas puntiagudas, que afortunadamente eran lo suficientemente grandes como para colarse entre sus bases, manteniendo así alejado el peligro de ensartarse en alguna de aquellas mortíferas puntas. Una vez arriba, andando casi agachada, en un intento por presentar la menor superficie posible a la cruel ventisca que la azotaba, amenazando con arrojarla desde lo alto, localizó una puerta tallada en una de las torres (que aún se elevaban por encima de los muros, hasta alturas casi inconcebibles) y se dirigió directamente a ella, usando toda su voluntad para resistirse a seguir contemplando la belleza de la ciudad desde lo alto de las almenas.

Los gruesos muros de la torre la protegieron del viento y también, curiosamente, de parte del frío, lo que le permitió descubrirse la cabeza y la cara, revelando así un rostro joven y agradable, de proporciones finas y mirada intensa. Descendió por la escalera de caracol para llegar al hermoso entramado de pasillos y salones que formaba, bajo un único techo helado, un enorme edificio que sólo a causa de sus descomunales dimensiones podía recibir el nombre de ciudad. Pasó por entre las figuras de cristal que lo habitaban, maravillándose ante ellas, quienes ni siquiera parecieron percatarse de su presencia, para irse internando, observándolo todo con ojos azorados, hacia el corazón del complejo. Cruzó curiosos pasillos que giraban y serpenteaban en una y otra dirección y arriba y abajo sin que pareciera haber razón para ello, como si su constructor hubiera querido divertirse haciendo sentir a los que lo recorrían como en un laberinto; pasó grandes salas repletas de objetos cuya función a menudo no podía identificar, con las paredes recubiertas de innumerables puertas, de las que tuvo que decidirse por una, sin que en muchas ocasiones pudiera explicar exactamente qué le había llevado a pasar por aquella y no por otra; recorrió patios cuyo techo era tan alto que bien parecían estar al aire libre, en los que piaban pájaros transparentes que más que de hielo parecían estar hechos de cristal, y en los de que las fuentes salía un agua blanquecina que sólo fijando mucho la vista podía descubrirse que se trataba de nieve finamente pulverizada. Cientos de fabulosas maravillas encontró en su camino hasta que, finalmente, allí lo encontró, en el mismo centro de todo aquel verdadero mundo gélido: el Príncipe Blanco, sentado sobre un austero bloque de hielo, dando forma a lo que sin duda sería un nuevo habitante de la Ciudad: una estatua con los contornos aún no muy definidos, pero en la que podía adivinarse un cierto aspecto infantil. Levantó los ojos, perplejo, cuando la oyó acercarse. Ninguna de sus construcciones había hecho nunca semejante ruido al moverse por las estancias de la ciudad. Ni que decir que su sorpresa y su turbación fueron mayúsculas cuando encontró aquellos ojos de un color que no había visto jamás fijos en él y unos labios que, a través de una sonrisa de triunfo, se curvaron para dar lugar a las primeras palabras que recordaba haber oído en todos sus años de existencia:

-Al fin te encuentro...

 
 
 
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Eithel
15 November 2007 @ 05:01 pm

Nacimiento. Principio. Todo lo que existe, incluso este Journal, debe haber comenzado algún día. Aún así... ¿es alguien capaz de recordar el momento en el que llegó a la vida y tomó conciencia de sí mismo? Es evidente que no. Sin duda, el nacimiento es el día más importante de la vida de una persona (tanto que lo celebramos cada año que pasa)... y aún así no guardamos ninguna impresión de él, a pesar de que (obviamente) allí estábamos: arrugaditos, amoratados y feos, como todos los bebés del mundo, por mucho que a los padres y a los abuelos siempre les parezcan preciosos.

Hemos visto montones de recién nacidos a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, ninguno de nosotros puede recordar serlo. ¿Y qué más da?, pensarán algunos. Al fin y al cabo los bebés no hacen otra cosa que dormir, llorar y comer...

Discrepo.

Desde el momento en que se nos puso a vivir en este mundo extraño -Porque ¿hay alguien que recuerde haber decidido nacer? Yo no- estábamos condenados a irlo descubriendo y adaptándonos a él. Cada uno de nosotros va realizando este proceso a su manera, pero todos terminamos consiguiéndolo más o menos bien. Tan bien, a decir verdad, que al cabo de poco ni siquiera nos sorprendemos de la rareza que supone tener dos brazos y dos piernas, que se mueven a tu antojo; ni de que el sol salga cada mañana y se ponga cada noche, tiñendo a su paso el cielo de colores que esconden unas estrellas traviesas que sólo se dejan ver por las noches. Esto es lo que llamamos "crecer": acostumbrarnos al mundo, hasta el punto en que deja de sorprendernos y ya ni siquiera podemos recordar aquel tiempo en que nuestra habitación no eran cuatro paredes, sino todo un mundo maravilloso sembrado de magia y novedades.

Por supuesto, está bien crecer. Eso nos abre nuevos horizontes, nos da nuevas posibilidades, nos permite dejar de depender de aquellos seres que nos trajeron al mundo... No pretendo ser un imitador barato de Peter Pan: estoy muy contento de haber crecido, de estar creciendo, de tener la posibilidad de cambiar y evolucionar, e incluso (aunque preferiría que fuera dentro de unos cuantos miles de años) de algún día envejecer y marcharme por dónde he venido. Lo que me repatea es que, para ello, debamos olvidar aquel tiempo en que aún no éramos tan megaenrollados y chupimolones como ahora. Sí, sólo éramos una cosita pequeña, blandita, llorona e indefensa... ¿y qué? Desde un cierto punto de vista, tampoco hemos cambiado tanto...

Pero no nos vayamos más por las ramas (de momento... XD): todo esto venía al nacimiento, en día de hoy, de la cosa esta que estás leyendo, llamada Livejournal. ¿Con qué propósito? Pues, la verdad, ninguno. ¿Le preguntó alguien al Universo qué propósito tenía el Big Bang? ¿Necesita un dios solo y asustado una razón para crear un mundo sobre el que reinar a su antojo? No, ¿verdad? Pues hala... que se haga la luz.

Y la luz se hizo...

 
 
 
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