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Bueno, hace demasiado tiempo que no actualizo (exámeneeeees >_< menos mal que han terminado), de modo que me dedicaré a reciclar material antiguo. Ahí va la primera entrega]
Nadie que haya visto alguna vez un unicornio es capaz, por muchos años que viva o muy maltratada que quede su memoria por culpa de la senectud, de olvidar esa experiencia. Se dice que el recuerdo de tan maravillosa criatura queda alojado en el corazón de aquellos que lo ven, quienes lo añorarán cada día de sus vidas, buscándolo siempre inconscientemente, deseando en lo más profundo de su alma poder verlo de nuevo.
Sin embargo, nadie llega nunca a ver dos veces un unicornio...
...O eso dicen.
Yssel era un unicornio maravilloso: alto, orgulloso, de impoluto color blanco, que resplandecía nacarado con el sol, y una crin que parecía hilada en oro brillante. Vivía en lo más profundo del Bosque de Yavedin, del que se decía que estaba encantado, por lo que nunca nadie se había aventurado lo suficiente como para toparse con él.
Yavedin estaba situado en la frontera entre dos grandes reinos élficos, Arthia y Athraennor, lo cual era la razón de que existiera un camino que lo cruzaba de lado a lado. Este camino estaba bastante transitado, aunque sólo durante el día. Nadie se atrevía a viajar por Yavedin después de la caída del sol. Y aún menos a vagar lejos del camino, ya fuera día o noche.
Tal vez por eso, Yssel había dejado un poco de lado las precauciones que los unicornios suelen tomar para moverse evitando ser vistos u oídos. ¿Para qué, si nadie iba a acercarse, ni siquiera por error, al corazón del bosque, que creían poblado de espíritus y fantasmas?
Esa es la razón de que, cuando, al dirigirse un día a su rincón favorito -un pequeño estanque que se formaba al pie de una preciosa caída de agua- a beber y descansar un rato, fuera él el sorprendido al toparse con un par de ojos verdes que le contemplaban llenos de maravilla.
Pertenecían a una joven elfa, de apariencia hermosa, aunque algo salvaje. Sus ropas, a pesar de estar fabricadas con telas finas y de apariencia noble, estaban sucias y raídas; su cabello estaba enmarañado y salpicado de hojas y brotes que parecía haber renunciado a tratar de quitarse. Le contemplaba absorta, con los ojos brillando de emoción, iluminando un rostro orgulloso, pero que parecía al borde de la extenuación física.
Tal fue la sorpresa de Yssel, demasiado acostumbrado a la paz y el sosiego que le brindaba su particular residencia, que incluso acalló el instinto del unicornio de rehuir la presencia de otros seres. Se quedó totalmente inmóvil, igual de maravillado que ella, mirándola, preguntándose qué demonios hacía en ese lugar, tratando de imaginar la odisea que habría sido llegar hasta allí para alguien que parecía tan poco acostumbrado a la espesura como un buitre a la natación sincronizada, imaginando qué razones la habrían llevado a dejar su vida aparentemente acomodada para dirigirse a un bosque encantado y lleno de peligros que le eran totalmente extraños.
Tan abstraído estaba en dichas cavilaciones que apenas fue consciente de que ella, poco a poco, con cierta timidez, fue acercándose a él, hasta quedar frente a frente, dejando que la mirada se le perdiera en los cielos estrellados que eran sus ojos de unicornio, que a su vez no podían apartarse de aquel par de írises verdes que lo contemplaban con devoción casi religiosa. Tampoco reaccionó cuando, lentamente, ella levantó una mano temblorosa, con la que le acarició la frente y la crin.
El contacto lo sacó de su ensoñamiento. Era una caricia dulce, suave, repleta de ternura y de admiración, pero al mismo tiempo le hizo sentirse invadido. La intimidad de un unicornio es sagrada y el hecho de que una desconocida le hubiera robado una caricia como aquella le hizo poner a la defensiva. Se apartó bruscamente, retrocedió unos pasos sin perderla de vista, vigilando cualquier movimiento por parte de ella, y luego se dio la vuelta y se marchó en silencioso galope.
Tardó un buen rato en pararse, y, en cuanto lo hizo, deseó no haberse marchado. Ella había invadido su intimidad, sí, pero había sido un acto impulsivo, carente de mala intención. Y, en cambio, la dulzura que había sentido en sus ojos y en sus dedos era más que suficiente para conmover el tierno corazón del unicornio. No podía evitar perdonarla: al fin y al cabo, la culpa había sido sólo suya, por confiarse cuando debería haber ido con cuidado.
Se propuso que a partir de aquel momento vigilaría sus pasos, que no volvería a ser cogido por sorpresa. Sacudió la cabeza e intentó olvidar el incidente.
Pero no pudo.
El recuerdo de la elfa, de sus ropas rasgadas, su cabello enmarañado y su expresión exhausta -y también de sus ojos con brillos de esmeralda, de la ternura de sus manos y la maravilla de su gesto-, parecía haberse alojado en su cabeza y, por mucho que intentara ahuyentarlo, siempre volvía, una y otra vez, incansablemente, a ocupar el lugar que parecía pertenecerle.
A la mañana siguiente, cuando volvió a acercarse al estanque, ella estaba allí. Aquella vez había tenido cuidado de moverse con suficiente sigilo como para que ella ni siquiera pudiera intuir su presencia. Por lo que pudo ver, parecía que había encontrado un recoveco entre las rocas que pensaba utilizar como madriguera, o casa, o como fuera que los elfos las llamaran, y estaba reuniendo ramas y hojarasca para protegerla un poco de lluvia y viento y hacerla algo más acogedora.
Al día siguiente, volvió a verla. La observó a lo largo de semanas, siempre asegurándose de que ella no se percatara de su presencia. No tardó en hacérsele obvio que pensaba instalarse a vivir allí, quizás indefinidamente, alimentándose de lo que pudiera cazar o recolectar. Yssel, conmovido por las dificultades a las que tenía que enfrentarse la doncella, no tardó en comenzar a ayudarla subrepticiamente: usaba su magia para que crecieran frutos en las ramas de los árboles que sabía que ella miraría, apartaba las bayas venenosas de los alrededores del estanque, por si, ignorante de que lo eran, ella intentaba comerlas, recogía piedras y ramas partidas con formas que suponía que le serían útiles y las dejaba cerca de su campamento... Todo sin ser visto ni oído por la dama, que, sin embargo, sospechaba que tenía que haber una mano invisible tras aquella inexplicable cadena de casualidades que hacía que todo le fuera más fácil.
Incluso algunas noches, cuando ella se dormía, él se acercaba y se acurrucaba a su lado, teniendo siempre cuidado de despertar con el primer rayo de sol y marcharse antes de que ella abriera un ojo. Podría haber seguido viviendo de aquella forma durante meses, o incluso años, pero ya hacía tiempo que se había convencido de que no tenía que esperar nada malo de ella y la curiosidad superó las últimas reservas.
Yssel usó un poder que rara vez ha usado unicornio alguno, a pesar de que todos lo poseen por naturaleza. Cambió radicalmente de apariencia, adoptando la forma de un miembro de la misma raza que la doncella: un elfo, aunque de inusitada belleza, incluso para los elevados cánones de éstos. Su piel, excepcionalmente pálida, parecía desprender una tenue luz de puro color blanco; su cabello, una melena larguísima que le alcanzaba hasta por debajo de la rodilla, tenía el mismo color dorado que su crin; y la luz que brillaba en sus ojos iluminaba sus hermosas facciones con una belleza que iba más allá de lo físico.
Con esta forma, se acercó a ella, decidido a conocer de una vez por todas la historia de la elfa.
Cuando ella lo vio, no dijo nada. No obstante, un gesto de comprensión afloró a su rostro. Permaneció largo rato contemplándolo en silencio, como si no hubiera ninguna otra cosa en el mundo que mereciera más la pena hacer, y al final bajó por un instante los párpados, como si intentara encerrar así la imagen en el interior de su mente. Cuado volvió a abrirlos, pronunció:
-Has decidido mostrarte... de nuevo.
El unicornio asintió, serenamente. Había permanecido todo aquel tiempo perfectamente inmóvil, callado, decidido a respetar el momento de ella.
-Mi nombre es Yssel, mi dama. Hace tiempo que nos conocemos...
-Nadie me habla así, ya -confesó ella, bajando la mirada, con un deje de melancolía-. Ya no soy una dama -explicó, encogiéndose de hombros, al tiempo que volvía a levantar los ojos hasta los de él-. Llámame Darsheeva.
En aquel y posteriores encuentros, Darsheeva le contó su historia. En otro tiempo había sido la única hija de una familia noble de gran peso en Arthia. Sin embargo, había cometido un crimen, un crimen que la había obligado a buscar refugio en aquellos bosques, donde sabía que nadie iría a buscarla.
Se había escapado de casa, el día antes de su boda, con la intención de no volver jamás.
Al parecer, sus padres habían intentado casarla con un hombre al que odiaba, muy bien situado, eso sí, y un excelente partido. Darsheeva, de corazón fuerte y luchador, se había negado a ello con todas sus energías, pero no había podido hacer nada por evitar una boda que todos deseaban menos ella. Finalmente, había optado por escapar. Prefería tener que vivir toda su vida en aquel bosque, libre, que en un palacio lleno de lujos y maravillas, donde estaría encarcelada y sometida a un marido por el que sentía de todo menos amor.
A lo largo de su relato, muchas veces la fuerza de los recuerdos la abrumaba, haciendo que las lágrimas acudieran a sus ojos. Le contó como había cruzado el reino escondiéndose de las patrullas de soldados que la buscaban para devolverla a su casa y al que debía ser su marido, como habían estado a punto de dar con ella miles de veces, como, con ellos pisándole los talones, había comenzado a internarse en el bosque, a modo de último recurso, como alguien como ella, que jamás había abandonado la comodidad de las ciudades o los palacios ajardinados, había sufrido las inclemencias de la espesura salvaje, como había pasado hambre, sed, extenuación, como había tenido que aprender a evitar los animales peligrosos y a ignorar el dolor de sus extremidades para poder seguir adelante, siempre adelante, hasta aquel día que, habiendo encontrado un estanque donde saciar su sed, un increíble unicornio se apareció frente a ella.
Todo esto lo escuchaba Yssel con el corazón en un puño, lleno de respeto y admiración por la fortaleza de la dama que tenía enfrente. A menudo, cuando la claridad del recuerdo hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas y que su voz temblara, él la rodeaba con sus fuertes brazos de unicornio para aliviar sus penas. Con el tiempo, los sentimientos que había dentro de ambos afloraron y los abrazos dieron lugar a los besos, y los besos... a otras cosas.
No pasó mucho tiempo antes de que Yssel pudiera sentir con toda claridad la nueva vida que florecía en las entrañas de Darsheeva. Ella, con sus sentidos de madre, lo había percibido incluso antes que el unicornio. Decidieron llamarlo Tilion, que en la lengua de los elfos significa Hijo del Cuerno.
Pero algo ensombrecía su felicidad. Se trataba de un hecho apenas perceptible al principio, pero que fue aumentando gradualmente de intensidad a medida que avanzaba el tiempo, hasta hacerse abrumadoramente obvio al final: Darsheeva se quedaba sin fuerzas.
Al principio, lo consideraron normal: Darsheeva se fatigaba con facilidad, a pesar de que comía mucho más del doble de lo que acostumbraba y apenas realizaba esfuerzos. "Necesitas energía para dos", había dicho él, restándole importancia. Sin embargo, con el tiempo, la elfa palideció. Las fuerzas la abandonaron hasta el punto en que apenas podía hacer nada que requiriera más energía que permanecer de pie... y, finalmente, ni siquiera eso. Él la ayudaba, cazaba por ella, la mantenía siempre abrigada y trataba de aliviar su mal como bien podía, pero poco había que consiguiera mejorar. Darsheeva se consumía desde dentro. Y creía saber la causa de ello.
El nacimiento de Tilion señaló el punto final en la vida de Darsheeva. Su corazón la había mantenido viva, por amor maternal, hasta mucho después de que sus fuerzas se agotaran, sólo por el bien de su hijo. Cuando este nació, los ojos de ella se cerraron, su cabeza cayó lánguidamente hacia atrás y su corazón dejó de latir. Había librado al niño toda la energía que habría necesitado para vivir los cientos de años que le quedaban y, como la llama mortecina de una vela que se ha consumido enteramente, titiló por un instante y se extinguió, dejando el mundo del unicornio a oscuras.
Yssel lloró amargas lágrimas por la muerte de su amada. Siempre había oído que el amor de los unicornios hacia aquellos que no son de su propia raza es puramente platónico. Jamás le habían explicado por qué, pero el cadáver que ahora acariciaba, como si ella aún pudiera sentirlo, no dejaba lugar a dudas acerca de cuál era la razón de aquello.
Con el corazón desgarrado, cubrió de rocas la entrada del habitáculo que ella había encontrado a orillas del estanque, donde habían vivido todo aquel tiempo en un paraíso que acababa de ser arrasado por las llamas. Pronunciando unas palabras arcanas, selló aquellas piedras para que nadie jamás pudiera separarlas, envolvió al niño entre telas y, volviendo a adoptar su verdadera forma, lo sostuvo entre los dientes, dio media vuelta y se marchó de allí. Cuentan que en cada lugar donde cayó una de sus lágrimas ahora brotan preciosas flores de los más increíbles colores, que resplandecen tanto en verano como en invierno.